—¡Emma!
El grito de mi madre atravesó el pasillo.
Sofía apareció corriendo con el uniforme de servicio todavía puesto y el rostro completamente blanco.
Cuando vio el inyector vacío junto a mi rodilla, comprendió inmediatamente lo que había hecho.
—Dios mío…
Se arrodilló y me abrazó.
—Emma, ese era tu último…
—Él no podía respirar, mamá.
No consiguió responder.
Detrás de nosotras, Alejandro Moretti empezaba a recuperar el aire, aunque seguía débil. Uno de sus hombres ya había llamado a emergencias.
Entonces Alejandro levantó una mano.
Todos callaron.
Señaló hacia la estantería.
—Cámara.
Su voz apenas era audible.
Pero bastó.
El guardia que había mirado aquella pequeña luz roja retrocedió.
—Señor Moretti, quizá deberíamos esperar…
Alejandro volvió lentamente la cabeza.
Incluso al borde del colapso, su mirada hizo que aquel hombre guardara silencio.
—Ábrela.
Otro hombre llamado Marco sacó un panel oculto detrás del escritorio.
Había un pequeño sistema de seguridad independiente.
—Esta cámara no aparece en la red principal —explicó—. Nadie sabía que existía excepto usted.
Alejandro cerró los ojos.
—Exacto.
Los médicos llegaron pocos minutos después y comenzaron a estabilizarlo.
Mi madre intentó llevarme fuera.
—Nos vamos.
—No.
La palabra no fue mía.
Fue de Alejandro.
Sofía se quedó inmóvil.
—Señor Moretti…
Él miró mi mochila rosa.
Después el EpiPen vacío.
—La niña se queda contigo.
Hizo una pausa para respirar.
—Nadie las toca.
Aquella frase cambió el ambiente.
Mi madre me apretó contra ella.
Marco comenzó a revisar la grabación.
La pantalla mostró el estudio vacío.
Después apareció Alejandro entrando.
Luego otro hombre.
Llevaba guantes.
Colocó una botella sobre la mesa, miró hacia la puerta y manipuló la copa antes de desaparecer.
Marco detuvo el vídeo.
Nadie habló.
Yo no conocía al hombre.
Pero todos los adultos de la habitación sí.
Alejandro abrió lentamente los ojos.
—Retrocede.
Marco reprodujo nuevamente la escena.
El rostro del traidor apareció de perfil.
Uno de los guardias murmuró:
—No puede ser.
Mi madre dejó escapar un pequeño jadeo.
Alejandro no mostró sorpresa.
Eso fue lo más inquietante.
—¿Quién es? —pregunté.
Sofía intentó taparme los oídos.
Demasiado tarde.
Marco respondió:
—El hermano del señor Moretti.
Alejandro permaneció inmóvil.
Lorenzo Moretti.
El hombre que administraba buena parte de sus negocios mientras Alejandro estaba fuera.
El hombre que había cenado con él aquella misma noche.
Y, según Marco, la única persona dentro de la familia que habría podido acercarse a aquella botella sin despertar sospechas.
—Encuéntrenlo —ordenó Alejandro.
Marco tomó el teléfono.
Pero entonces otro guardia entró corriendo.
—Lorenzo ya no está en la propiedad.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Cierren las puertas.
—Hay otro problema.
—Habla.
El hombre miró hacia mi madre.
—Alguien utilizó una credencial de servicio para abrir la salida norte hace dieciocho minutos.
Mi madre palideció.
—¿Qué credencial?
El guardia bajó los ojos.
—La de Sofía.
Sentí cómo sus brazos se tensaban alrededor de mí.
—Eso es imposible —dijo ella—. Mi tarjeta está…
Buscó en el bolsillo de su delantal.
Vacío.
Todos la miraron.
Mi madre retrocedió.
—Yo no se la di a nadie.
Marco se acercó.
—¿Cuándo la viste por última vez?
—Esta tarde.
Entonces recordé algo.

—Mamá.
Ella bajó la vista.
—¿Qué?
—El señor que estaba en la cocina.
—¿Qué señor?
—El que chocó contigo.
Su rostro cambió.
Horas antes, mientras ella llevaba una bandeja, un hombre había tropezado deliberadamente contra su hombro.
Yo lo había visto.
Él la había ayudado a recoger las cosas.
Y durante unos segundos había tocado su delantal.
Marco se agachó frente a mí.
—Emma, ¿podrías reconocerlo?
Asentí.
Me mostró varias fotografías.
Señalé una.
—Ese.
Marco se quedó quieto.
No era Lorenzo.
Era el guardia que minutos antes había intentado impedirme utilizar el EpiPen.
El mismo que había amenazado con despedir a mamá.
Todos giraron.
Pero él ya no estaba junto a la puerta.
—¡Cierren la casa! —gritó Marco.
Las puertas automáticas se bloquearon.
Los hombres comenzaron a recorrer los pasillos.
Alejandro intentó incorporarse.
Uno de los médicos lo detuvo.
—Necesita ir al hospital.
—Después.
—Señor Moretti…
—Mi hermano intentó matarme y alguien de mi seguridad lo ayudó.
Su mirada llegó hasta mí.
—Y una niña de cuatro años acaba de identificar al cómplice.
Sofía palideció.
Porque comprendió lo mismo que yo todavía era demasiado pequeña para entender completamente.
Ahora aquel hombre sabía que yo podía reconocerlo.
Alejandro también lo sabía.
—Marco.
—Sí.
—Sofía y Emma quedan bajo protección.
Mi madre negó inmediatamente.
—No queremos formar parte de esto. Solo quiero llevarme a mi hija.
—Si salen ahora, estarán más expuestas.
—¿Está diciendo que alguien podría perseguirla?
Alejandro no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Entonces se escuchó un golpe en el piso inferior.
Después se apagaron las luces.
La mansión quedó sumida en oscuridad.
Yo agarré el conejo de peluche.
Las luces de emergencia se encendieron segundos después.
Marco miró su teléfono.
—Han cortado el sistema principal.
—¿Desde fuera? —preguntó Alejandro.
Marco negó.
—Desde dentro.
Mi madre me levantó inmediatamente en brazos.
Entonces mi mochila vibró.
Me quedé quieta.
—Mamá…
—¿Qué pasa?
—Hay algo dentro.
Sofía abrió la mochila.
Sacó mi conejo, una caja de lápices y una chaqueta.
Después encontró un teléfono negro.
No era nuestro.
Marco lo tomó.
La pantalla estaba encendida.
Había un único mensaje.
«LA NIÑA NO DEBIÓ VERME.»
Mi madre soltó un grito ahogado.
Alejandro se levantó pese a las protestas del médico.
—¿Cuándo pusieron eso ahí?
No lo sabíamos.
Marco revisó el aparato.
Entonces frunció el ceño.
—Señor…
—¿Qué?
—Está transmitiendo ubicación.
Todos miraron hacia mí.
No estaban utilizando aquel teléfono para enviarnos una amenaza.
Lo habían colocado en mi mochila para saber exactamente dónde estaba.
Marco arrancó la batería.
En ese instante sonó una alarma en su propio teléfono.
Miró la pantalla.
—Movimiento en el ala oeste.
Alejandro se volvió.
—¿Quién está allí?
Marco tardó demasiado en contestar.
—La habitación de Emma y Sofía.
Mi madre me abrazó con más fuerza.
En la pantalla de seguridad apareció una figura entrando en nuestra pequeña habitación del sótano.
El rostro estaba parcialmente oculto.
Pero reconocí inmediatamente su chaqueta.
—Mamá.
Señalé.
—Es él.
El hombre abrió mi armario.
Miró debajo de la cama.
Después levantó el colchón.
Me estaba buscando.
Marco llamó a sus hombres.
Pero Alejandro señaló la pantalla.
—Esperen.
La figura se detuvo.
Alguien más acababa de entrar en la habitación.
No podíamos verle la cara.
Solo una mano.
El primer hombre se giró inmediatamente.
Y entonces hizo algo que nadie esperaba.
Bajó la cabeza.
No como un compañero.
Como un subordinado.
Alejandro se acercó a la pantalla.
—Amplía la imagen.
Marco obedeció.
La segunda persona avanzó un paso.
Vi unos zapatos elegantes.
Después un bastón con empuñadura plateada.
Sofía dejó de respirar.
—No…
Alejandro la miró.
—¿Lo reconoces?
Mi madre comenzó a temblar.
Yo nunca había visto aquel bastón.
Pero ella sí.
—Sofía —repitió Alejandro—. ¿Quién es?
Mi madre me cubrió instintivamente con su cuerpo.
Y cuando finalmente habló, su voz apenas salió.
—Ese bastón pertenecía al padre de Emma.
Alejandro se quedó inmóvil.
Yo levanté la cabeza.
—Mamá, dijiste que papá estaba muerto.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Eso creía.
En la pantalla, el hombre del bastón levantó lentamente el rostro hacia la cámara.
Y antes de que pudiéramos verlo con claridad, sonrió directamente al objetivo, como si supiera que Alejandro Moretti estaba observándolo.