—¿Qué quieres decir con que ya no vas a hacerlo?
La primera en reaccionar fue mi suegra.
Estaba sentada en su silla especial junto a la ventana. Hacía apenas veinte minutos yo le había limpiado el cuerpo, cambiado la ropa y acomodado cuidadosamente las almohadas detrás de su espalda.
Ahora me miraba como si fuera una empleada que acababa de abandonar su puesto sin permiso.
—Jiang Yue —dijo con el ceño fruncido—. Kai acaba de regresar después de tres años. ¿No puedes dejar de hacer una escena precisamente hoy?
Mi cuñada también se levantó.
—Exacto. Si sales ahora, ¿quién va a preparar la cena?
La miré.
Eso fue todo.
Ni una sola persona preguntó dónde iba.
Nadie preguntó si estaba bien después de recibir tres bofetadas.
Su primera preocupación era quién iba a cocinar.
Finalmente entendí cuál había sido mi lugar en aquella familia durante esos años.
No esposa.
No nuera.
Mucho menos familia.
Servicio doméstico gratuito.
Cheng Kai apretó mi muñeca.
—Vuelve al dormitorio.
Lo miré.
—Suéltame.
—Deja de hacerte la importante.
—He dicho que me sueltes.
Quizá fue mi tono.
Quizá fue la ausencia total de miedo en mis ojos.
Pero su mano se aflojó.
Me liberé.
Entonces saqué del bolsillo el llavero barato que me había entregado.
Lo puse encima de su cuaderno negro.
—Tu regalo.
Después señalé las páginas llenas de cifras.
—Y guarda también tus cuentas.
Cheng Kai soltó una carcajada.
—¿Crees que puedes marcharte y ya está? Primero paga los ochenta y tres mil seiscientos yuanes.
Esta vez sí sonreí.
—Perfecto.
Toda la familia se quedó en silencio.
Saqué mi teléfono.
—Como quieres ajustar cuentas, las ajustaremos correctamente.
Abrí una carpeta que llevaba años guardando.
Cheng Kai frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Mis registros bancarios.
Durante los tres años que él estuvo fuera, yo había pagado cada gasto familiar desde una cuenta de ahorros abierta mucho antes de nuestro matrimonio.
No porque él me lo hubiera pedido.
Sino porque al principio pensé que estaba atravesando dificultades económicas.
Después, cuando dejó de responder mis mensajes, ya era demasiado tarde para abandonar a dos ancianos dependientes y a un niño pequeño.
Leí las cifras lentamente.
—Tratamientos médicos de tu madre: ciento cuarenta y seis mil yuanes.
El rostro de mi suegra cambió.
—¿Qué?
Continué.
—Rehabilitación, medicamentos y equipamiento especial: setenta y ocho mil.
—Comida y gastos domésticos durante tres años: ciento doce mil.
—Matrícula, clases extracurriculares, ropa y gastos de nuestro hijo: ciento treinta y nueve mil.
Mi cuñada dejó de sonreír.
—Eso no puede ser tanto.
Le enseñé la pantalla.
—Tengo cada recibo.
Seguí desplazándome.
—También pagué veinticuatro mil de la deuda de tarjeta de tu hermana cuando vino llorando diciendo que iban a demandarla.
Ella palideció.
Cheng Kai se volvió hacia ella.
—¿Qué deuda?
Mi cuñada tartamudeó.
—Yo… pensaba devolvérselo.
—Nunca devolviste nada —respondí.
Entonces miré al padre de Cheng Kai.
—Y treinta y seis mil para su cirugía de cataratas.
El anciano bajó lentamente la cabeza.
En menos de cinco minutos, la cifra total superó quinientos treinta mil yuanes.
Cerré la aplicación.
—Tú dices que te debo ochenta y tres mil seiscientos.
Señalé mi teléfono.
—Yo he gastado más de medio millón manteniendo a tu familia.
Cheng Kai quedó inmóvil.
—Ese dinero también era para tu propia vida.
—Entonces descontémoslo.
Su rostro cambió.
No esperaba que aceptara.
—¿Qué?
—Quitamos mis gastos personales.
Abrí otra hoja.
—He calculado generosamente treinta mil yuanes en tres años.
Lo miré.
—Todavía me debes más de cuatrocientos mil.
Mi cuñada gritó:
—¡Pero cuidar a tus suegros es obligación de una nuera!
La observé con calma.
—Entonces a partir de hoy hazlo tú.
Su boca se cerró.
Mi suegra empezó a ponerse nerviosa.
—Yue, estás enfadada. Cuando te tranquilices hablaremos.
—Estoy completamente tranquila.
—¿Y quién va a cambiarme por la noche?
—Tu hija está aquí.
Mi cuñada retrocedió.
—¡Yo mañana tengo planes!
—Yo también.
Aquella respuesta provocó un silencio casi ridículo.
Porque durante tres años nadie había considerado que yo pudiera tener planes.
Cheng Kai volvió a endurecerse.
—Aunque hayas gastado dinero, no puedes abandonar a nuestro hijo.
Aquello fue lo único que todavía podía herirme.
Miré hacia el pasillo.
Mi hijo, Cheng Rui, estaba de pie junto a la puerta de su habitación.
Había escuchado todo.
Tenía nueve años.
Sus ojos estaban rojos.
Me acerqué.
—Rui, mamá tiene que salir unos días.
Antes de que pudiera continuar, Cheng Kai intervino.
—Tu madre nos está abandonando porque está enfadada por un regalo.

Me giré bruscamente.
—No metas al niño.
Pero Rui habló.
—Papá.
Cheng Kai calló.
Mi hijo lo miró con una expresión que jamás olvidaré.
—Mamá no está enfadada por el regalo.
Señaló mi mejilla.
—Está enfadada porque le pegaste.
El rostro de Cheng Kai se puso rígido.
—Los adultos tenemos asuntos que tú no entiendes.
—Entiendo que mamá siempre estuvo aquí.
La voz de Rui comenzó a temblar.
—Tú no.
Mi corazón se quebró.
Me agaché y lo abracé.
—Te llamaré esta noche.
Él se aferró a mí.
—Quiero ir contigo.
Todos hablaron al mismo tiempo.
—¡Ni hablar! —gritó Cheng Kai.
Mi suegra empezó a llorar.
—¡Es el único nieto de nuestra familia!
Yo no discutí.
Besé la frente de Rui.
—Mamá va a arreglar algunas cosas primero.
Entonces salí.
Aquella noche dormí por primera vez en años sin levantarme tres veces para ayudar a mi suegra.
A las siete de la mañana tenía diecisiete llamadas perdidas.
A las siete y cinco llegó la primera llamada de mi cuñada.
—¡Jiang Yue! Mamá se ensució toda la cama. ¿Dónde guardas las cosas?
Colgué.
Media hora después llamó Cheng Kai.
—Vuelve inmediatamente.
—No.
—Mi madre necesita cuidados.
—Contrata a alguien.
—¿Sabes cuánto cuesta una cuidadora?
Me reí.
Por fin había llegado a la pregunta correcta.
—Sí. Perfectamente.
Una cuidadora especializada para una paciente paralizada costaba casi nueve mil yuanes al mes.
Una empleada doméstica interna costaba otros seis mil.
Una persona para llevar y recoger a Rui, cocinar, limpiar y encargarse de los recados costaría todavía más.
Durante tres años yo había hecho todos esos trabajos gratuitamente.
A las diez de la mañana, Cheng Kai volvió a llamar.
Esta vez su voz era diferente.
—Yue… podemos hablar.
—Habla.
—Quizá ayer fui demasiado lejos.
—Me golpeaste tres veces.
Silencio.
—Estaba enfadado.
—Eso no es una disculpa.
—¿Qué quieres?
Miré los documentos que tenía delante.
—Divorciarme.
La línea quedó completamente muda.
—No digas tonterías.
—Ya tengo abogado.
Entonces escuché algo caer al otro lado.
—¿Qué abogado?
—El que está preparando la división patrimonial y la solicitud de custodia.
Su voz se volvió aguda.
—¡Tú no tienes ingresos! ¡Has sido ama de casa durante tres años! ¿Con qué derecho vas a luchar por Rui?
Me quedé mirando aquella frase en la pantalla de mi ordenador.
Era exactamente lo que necesitaba escuchar.
—Cheng Kai, ¿de verdad creíste que porque dejé de trabajar públicamente durante tres años me quedé sin ingresos?
—¿Qué significa eso?
Sonreí.
Antes de casarme había sido socia minoritaria de una pequeña empresa de software financiero.
Durante años mis dividendos habían llegado a una cuenta que Cheng Kai desconocía.
Mis ahorros no eran lo único que él jamás se había molestado en preguntar.
—Lo descubrirás.
Colgué.
Dos días después presenté formalmente la solicitud de divorcio.
Y fue entonces cuando apareció la verdadera sorpresa.
Mi abogado puso sobre la mesa una copia del historial financiero de Cheng Kai.
—Jiang Yue, hay algo que necesitas ver.
—¿Qué?
Señaló varias transferencias internacionales.
Cantidades enormes.
Durante los tres años en los que afirmaba no poder enviar dinero a su propia familia, Cheng Kai había movido cientos de miles de yuanes.
Todos iban a la misma persona.
Tian Xiaoyu.
Xiao Tian.
Su secretaria.
La mujer del perfume de seis mil yuanes.
Sentí una calma aterradora.
—¿Cuánto?
Mi abogado pasó a la última página.
—Más de ochocientos mil yuanes.
Después colocó otro documento delante de mí.
—Y encontramos esto.
Era el contrato de compra de un apartamento.
Dos habitaciones.
Zona céntrica.
La fecha era de ocho meses atrás.
El propietario registrado era Xiao Tian.
Pero el dinero había salido de una cuenta de Cheng Kai.
Mi abogado respiró lentamente.
—Hay algo más.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
Deslizó hacia mí una fotografía obtenida del expediente de propiedad.
Xiao Tian aparecía frente al apartamento.
A su lado estaba Cheng Kai.
Y entre ambos había una niña pequeña de aproximadamente dos años.
En la parte posterior alguien había escrito una fecha y cuatro palabras.
“Nuestro primer hogar familiar.”
Miré aquella imagen durante mucho tiempo.
Entonces mi abogado habló.
—Jiang Yue, creemos que tu marido no estuvo simplemente “trabajando lejos de casa” durante esos tres años.
Levanté los ojos.
—¿Qué estás diciendo?
Su expresión se volvió seria.
—Creemos que llevaba una segunda vida completa.