PARTE 2: CUANDO MI PROMETIDO CREYÓ QUE SOLO ESTABA HACIENDO LAS MALETAS POR CELOS, TODAVÍA NO SABÍA QUE HABÍA CANCELADO NUESTRA BODA, RETIRADO MI DINERO Y DESCUBIERTO LA VERDADERA CASA QUE HABÍA COMPRADO CON SERENA.

Adrian tardó varios segundos en soltarme la muñeca.

—Estás exagerando.

Seguí guardando mis herramientas.

—Puede ser.

—¿Vas a tirar seis años por un departamento?

Cerré el estuche de brocado.

—No me voy por un departamento.

—Entonces es por Serena.

Por fin levanté la mirada.

Me voy porque durante seis años me enseñaste que cada vez que Serena necesitara algo, yo tendría que perder algo para dárselo.

Su expresión se endureció.

—Le hice una promesa a su hermano.

—Y a mí me prometiste una boda.

Adrian calló.

—Me prometiste una casa.

Otro silencio.

—Me prometiste una familia donde yo no tendría que competir con nadie.

Cogí el baúl.

—Curioso. La única promesa que siempre parece negociable es la que me haces a mí.

Su teléfono comenzó a sonar.

En la pantalla apareció un nombre.

Serena.

Adrian rechazó la llamada inmediatamente.

Demasiado tarde.

Sonreí.

—Contesta.

—No hace falta.

—Claro que hace falta. Está sola, es delicada y no tiene a nadie.

Él reconoció sus propias palabras.

—Elena…

—Contesta.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez respondió y se alejó unos pasos.

—Serena, ahora no.

No pude escuchar todo lo que ella decía.

Pero sí una frase.

—…el agente dice que necesitan tu firma mañana.

Mis dedos se detuvieron sobre el cierre del baúl.

Adrian bajó inmediatamente el volumen.

—Te llamaré luego.

Colgó.

—¿Qué firma? —pregunté.

—Nada relacionado contigo.

—Eso ya lo sé.

Tomé mi abrigo.

—Buenas noches.

Se interpuso delante de la puerta.

—No vas a salir así.

—Apártate.

—Primero tenemos que calmarnos.

—Yo estoy perfectamente tranquila.

Y eso era precisamente lo que lo asustaba.

Durante años, Adrian había sabido manejar mis lágrimas.

Sabía abrazarme después de decepcionarme.

Sabía comprarme antigüedades cuando una disculpa no bastaba.

Sabía esperar hasta que mi enfado se convirtiera en culpa.

Lo único que nunca había aprendido a manejar era mi indiferencia.

—¿Dónde vas a dormir?

—Marta tiene una habitación.

—Mañana hablaremos.

—Mañana tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

Lo miré.

—Cancelar nuestra boda.

Adrian se quedó inmóvil.

—No bromees con eso.

—No estoy bromeando.

Aparté su brazo y salí.

A las nueve de la mañana siguiente llamé al hotel donde celebraríamos la recepción.

Cancelé el salón.

Después llamé a la florista.

Al fotógrafo.

Al diseñador que estaba terminando mi vestido.

A cada invitado importante le envié un mensaje sencillo:

«La boda entre Adrian Whitmore y Elena Moore ha sido cancelada. Gracias por respetar mi decisión.»

No expliqué nada.

A las diez y veinte Adrian empezó a llamarme.

A las diez y treinta tenía veintisiete llamadas perdidas.

A las once apareció en el taller de restauración de Marta.

Entró furioso.

—¿Has perdido la cabeza?

Marta se levantó.

—Baja la voz.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

—Cuando haces llorar a mi mejor amiga durante seis años, empieza a tener bastante que ver conmigo.

Adrian me miró.

—Diles que ha sido un malentendido.

—No.

—Mi madre acaba de enterarse por otra persona.

—Entonces ya no tengo que llamarla.

—¡Elena!

Dejó el teléfono sobre mi mesa.

Había mensajes de familiares, amigos y compañeros.

—Nos estás humillando.

Aquella frase me hizo sonreír.

—Qué interesante.

—¿Qué?

—Que perder la casa que yo quería no era importante. Pedirme que financiara indirectamente la vida de Serena tampoco. Pero que la gente descubra que ya no quiero casarme contigo sí es una tragedia.

—Nunca te pedí que pagaras el apartamento de Serena.

Saqué mi teléfono.

Abrí el mensaje de Marta.

—¿Quieres repetirlo?

Le mostré la fotografía que ella había tomado desde fuera de la inmobiliaria.

Adrian y Serena estaban sentados frente a un agente.

Sobre la mesa había planos.

Y una carpeta azul.

Su rostro cambió.

—Nos viste.

—Marta os vio.

—Puedo explicarlo.

—Perfecto.

Amplié la fotografía.

—Empieza por esto.

En uno de los documentos podía distinguirse una cifra.

Ochenta mil dólares.

—¿Eso era la reserva?

Adrian respiró hondo.

—Serena encontró un departamento que le gustaba.

—¿Y tú pagaste?

—Solo temporalmente.

—¿Con qué dinero?

No respondió.

Y aquel silencio fue peor que cualquier confesión.

Yo había transferido meses antes una cantidad importante a una cuenta conjunta destinada exclusivamente a nuestra futura vivienda.

Abrí la aplicación bancaria.

La cuenta estaba casi vacía.

Sentí un frío profundo.

—¿Dónde está mi dinero?

—Elena…

—¿Dónde está?

Marta se acercó.

Adrian bajó la voz.

—Hice una transferencia provisional.

—¿Cuánto?

—Ciento cincuenta mil.

Me quedé mirándolo.

—¿Le diste ciento cincuenta mil dólares de nuestra casa?

—No se los di. Es una garantía.

—¿A nombre de quién está el contrato?

Adrian volvió a callar.

Marta soltó una risa incrédula.

—No puede ser.

Lo entendí.

—A nombre de Serena.

—Hay circunstancias que no conoces.

—Ya no me interesan.

Abrí mi portátil.

—Esta mañana hablé con el banco.

Adrian palideció.

—¿Para qué?

—La mayor parte de aquella cuenta provenía de mi dinero. El resto todavía estaba sujeto a condiciones que tú incumpliste al utilizarlo para una operación ajena al propósito declarado.

—¿Qué hiciste?

—Impugné la transferencia.

Por primera vez, perdió completamente la compostura.

—¡No puedes hacer eso!

—Ya lo hice.

Su teléfono sonó.

Era el agente inmobiliario.

Adrian no contestó.

Volvió a sonar.

Después llegó un mensaje.

Lo leyó.

Su rostro se puso blanco.

Marta cruzó los brazos.

—¿Malas noticias?

Adrian me miró con furia.

—Han congelado la operación.

—Qué pena.

—Serena perderá el departamento.

—Entonces puedes comprarlo con tu propio dinero.

Se acercó a mí.

—Sabías que esto podía pasar.

—Sí.

—¿Y aun así lo hiciste?

—Sí.

Su expresión cambió lentamente.

Como si finalmente estuviera viendo a una mujer que no conocía.

—Has cambiado.

Negué.

—No. Simplemente dejé de financiar mi propia humillación.

Adrian se marchó sin despedirse.

Pensé que tardaría días en volver.

Tardó tres horas.

Pero esta vez no venía enfadado.

Venía pálido.

Entró en el taller sosteniendo una carpeta.

—¿Qué hiciste con la villa?

—La cancelé.

—No me refiero a esa.

Fruncí el ceño.

Adrian dejó los documentos delante de mí.

Reconocí el logotipo de la inmobiliaria donde Marta los había fotografiado.

—Elena, Serena acaba de llamarme llorando.

—No es asunto mío.

—Dice que alguien ha reclamado la propiedad que estábamos intentando alquilar.

Miré la dirección.

Entonces me quedé inmóvil.

Conocía aquella calle.

Conocía aquel edificio.

Y, sobre todo, conocía el nombre de la sociedad propietaria.

Moore Heritage Restoration Holdings.

Mi empresa.

Levanté lentamente la mirada.

—Ese departamento pertenece a una de mis sociedades.

Adrian abrió la boca.

—¿Qué?

Tomé los documentos.

Entonces descubrí algo todavía peor.

El apartamento no estaba siendo simplemente alquilado.

Había una opción de compra adjunta.

Y junto al nombre de Serena aparecía una segunda firma.

La de Adrian.

—¿Ibas a comprarlo con ella?

—No es lo que parece.

—Aquí dice que ambos serían copropietarios.

—Serena necesitaba demostrar solvencia y yo solo…

Dejé de escucharlo.

Había una tercera página.

Una autorización presentada por la parte compradora.

Supuestamente emitida por la propietaria del inmueble.

Por mí.

Miré la firma.

Era una imitación de la mía.

Alguien había falsificado mi autorización para vender mi propio apartamento a Adrian y Serena por casi un cuarenta por ciento menos de su valor real.

Marta se acercó.

—Elena… ¿tú firmaste eso?

—No.

Adrian dejó de respirar.

—Yo tampoco sabía que…

Mi teléfono vibró.

Era el abogado de mi empresa.

Contesté.

—Señorita Moore, hemos revisado el expediente completo.

—Dígame.

—La autorización falsa no es el único problema.

Miré a Adrian.

—¿Qué más encontraron?

El abogado guardó silencio un instante.

La persona que presentó esos documentos tenía copias de su identificación, muestras de su firma y acceso a archivos privados que solo guardábamos en su residencia.

Mis ojos se dirigieron lentamente hacia Adrian.

Él retrocedió.

—Elena, escúchame.

Pero el abogado todavía no había terminado.

—Y hay algo más. Encontramos una solicitud anterior vinculada al mismo comprador.

—¿Qué solicitud?

—Una presentada hace siete meses.

Siete meses.

Mucho antes de que Adrian me pidiera utilizar el dinero para Serena.

—¿Para qué propiedad?

Escuché la respuesta.

Y sentí que se me helaban las manos.

No era un departamento.

No era la villa que acababa de cancelar.

Era la casa histórica que mi maestro me había dejado en su testamento, el lugar donde guardaba la colección de manuscritos de la dinastía Song que jamás había permitido que Adrian tocara.

Levanté los ojos hacia mi ex prometido.

Y entonces comprendí que Serena nunca había regresado simplemente buscando un lugar donde vivir.

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