PARTE 2: CUANDO INTENTÉ FIRMAR EL DIVORCIO, ADRIÁN ME MOSTRÓ EL ÚNICO CONTRATO QUE HABÍA OCULTADO DURANTE UN AÑO.

A las nueve de la mañana del viernes siguiente, Recursos Humanos ya sabía que yo era la esposa del presidente.

A las diez, lo sabía toda la empresa.

A las once, tres compañeras habían encontrado una fotografía de nuestra boda civil.

Y antes del almuerzo, mi jefe apareció frente a mi escritorio.

—Señora Ferrer…

Levanté la cabeza.

—Clara.

—Claro. Clara.

Parecía a punto de desmayarse.

—Sobre lo ocurrido en la reunión…

—Entré en la sala equivocada. Usted reaccionó como habría reaccionado con cualquier empleado.

Eso pareció tranquilizarlo.

Hasta que añadí:

—Aunque quizá podría gritar un poco menos la próxima vez.

Asintió inmediatamente.

—Por supuesto.

Cuando se marchó, mi teléfono vibró.

Adrián.

“Cena conmigo esta noche.”

Respondí:

“Vivimos juntos.”

Tres segundos después:

“Entonces será fácil llegar.”

Puse los ojos en blanco.

Aquella noche encontré la mesa preparada para dos.

—¿Qué celebramos?

—Nuestro aniversario.

Me quedé quieta.

Exactamente un año.

Adrián levantó una copa.

—Cumpliste el contrato.

—Tú también.

—¿Estás segura?

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

No respondió.

Dos días después llegaron los documentos del divorcio.

Los abrió delante de mí.

Los revisé cuidadosamente.

No quería ninguna de sus propiedades.

Él tampoco reclamaba nada mío.

Todo parecía sencillo.

Firmé.

Deslicé la carpeta hacia Adrián.

—Tu turno.

Tomó la pluma.

Pero no firmó.

—Adrián.

—He cambiado de opinión.

Pensé que bromeaba.

—El acuerdo decía un año.

—Lo sé.

—Entonces firma.

—No.

Me levanté.

—No puedes decidir unilateralmente que seguimos casados.

—También lo sé.

Su tranquilidad me enfureció.

—Entonces ¿qué estás haciendo?

Adrián abrió un cajón.

Sacó otra carpeta.

—Mostrándote algo que debí enseñarte hace meses.

Dentro estaba nuestro contrato matrimonial original.

Pero junto a él había otro documento.

Una carta.

Reconocí la fecha.

Había sido escrita tres semanas después de nuestra boda.

“Solicito cancelar cualquier condición económica vinculada a la permanencia de Clara Valdés en este matrimonio. La deuda de la empresa de su padre quedará resuelta independientemente de si Clara solicita el divorcio antes del plazo acordado.”

Lo miré.

—¿Qué es esto?

—Tu salida.

—¿Mi qué?

—Desde la tercera semana podías marcharte sin deberme nada.

Sentí que algo se movía dentro de mí.

—Nunca me lo dijiste.

—No.

—¿Por qué?

Por primera vez Adrián pareció nervioso.

—Porque cada mañana esperaba que te quedaras un día más.

No supe qué decir.

Entonces entendí aquellas cenas.

El café.

La luz encendida cuando llegaba tarde.

Los viajes juntos que siempre justificaba como “convenientes”.

—¿Cuándo…?

—No sé exactamente.

Adrián sonrió apenas.

—Probablemente cuando empezaste a dejar notas en mi desayuno recordándome que tomara el medicamento para el estómago.

Me puse roja.

—Eso era porque te quejabas constantemente.

—Lo sé.

—Y eres insoportable cuando estás enfermo.

—También lo sé.

Cerré la carpeta.

—Entonces ¿por qué hablaste con el abogado sobre el divorcio?

Su expresión cambió.

—Porque tú lo mencionaste primero.

—Era nuestro acuerdo.

—Pensé que estabas contando los días.

Recordé el coche.

“¿Estás tan contenta de divorciarte?”

Y mi respuesta:

“Por supuesto.”

Casi quise desaparecer.

—Adrián…

—No voy a impedirte divorciarte.

Empujó los documentos hacia mí.

—Si realmente quieres terminarlo, firmaré.

Tomó la pluma otra vez.

Esta vez fui yo quien puso la mano sobre el papel.

—Espera.

Me miró.

—Necesito pensar.

Pasaron tres días.

Después cinco.

Durante ese tiempo ocurrió algo todavía más incómodo.

Descubrí que yo tampoco quería volver a mi antigua vida.

Había imaginado la libertad como despertarme sin Adrián.

Pero cuando intentaba visualizarla, lo único que veía era una mesa con una silla vacía.

Entonces apareció mi padre.

Había oído que nuestro matrimonio era real.

Y llegó emocionado.

No por mí.

Por Adrián.

—Ahora que todo es público, quizá Ferrer pueda invertir otra vez en nuestra empresa.

Ahí comprendí cuánto había cambiado.

—No.

Mi padre parpadeó.

—¿Qué?

—Mi matrimonio no es una línea de crédito.

Adrián escuchó desde el pasillo.

No intervino.

Por primera vez, yo protegí nuestro matrimonio sin que ningún contrato me obligara.

Aquella noche fui a su despacho.

Dejé los papeles del divorcio sobre la mesa.

Adrián los miró.

—¿Has decidido?

—Sí.

Rompí mi copia por la mitad.

Sus ojos se abrieron.

—Pero tengo condiciones.

—Dime.

—Nada de matrimonio contractual.

—De acuerdo.

—Nada de usar bonificaciones para obligarme a subir a tu coche.

Pareció decepcionado.

—Eso funcionaba bastante bien.

—Adrián.

—De acuerdo.

—Y en la empresa sigo siendo Clara Valdés.

—Eso será complicado.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque esta mañana Recursos Humanos cambió tu estado civil en todos los registros internos.

Le lancé un cojín.

Lo atrapó.

Entonces preguntó:

—¿Hay alguna condición más?

Respiré profundamente.

—Sí.

—Esta vez quiero que me preguntes correctamente.

Adrián dejó el cojín.

Se levantó.

No hubo anillo.

No hubo restaurante.

Ni ejecutivos observándonos.

Solo el hombre con quien había compartido casa durante un año creyendo que ninguno de los dos sentía nada.

—Clara Valdés —dijo—, ¿quieres seguir casada conmigo aunque ya no exista ninguna razón contractual para hacerlo?

Sonreí.

—Sí.

Seis meses después celebramos una segunda boda.

Pequeña.

Esta vez nuestros amigos sabían quién era el novio.

Mis compañeros también.

Mi antiguo jefe pidió vacaciones precisamente aquella semana.

Nunca supe si fue coincidencia.

Conservé el contrato original.

No como recuerdo romántico.

Sino porque siempre me hacía reír pensar que el documento creado para garantizar que nuestro matrimonio terminara después de un año había conseguido exactamente lo contrario.

Yo había pasado doce meses esperando recuperar mi libertad.

Adrián había pasado casi doce meses intentando reunir valor para decirme que quería que me quedara.

Y al final descubrimos algo bastante sencillo:

nuestro primer matrimonio había empezado porque ambos necesitábamos algo.

El segundo empezó cuando ninguno necesitaba nada del otro.

Excepto al otro.

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