Roman dejó el jarrón sobre la encimera.
—No te pregunté si lo animaste.
Sadie tragó saliva.
—Entonces no entiendo qué quiere saber.
—Quiero saber por qué las conservaste.
La pregunta la sorprendió más que cualquier amenaza.
Sadie miró los claveles.
—Porque nadie me había regalado flores antes.
Roman quedó inmóvil.
Por primera vez desde que ella trabajaba en aquella casa, algo parecido a desconcierto apareció en su rostro.
—¿Nunca?
Sadie negó.
—Nunca.
Roman miró otra vez aquel ramo barato.
Tres dólares.
Flores ligeramente marchitas.
Y Sadie las había cuidado como si fueran algo precioso.
De pronto hizo algo que ella jamás habría esperado.
Sacó los claveles del agua.
Sadie sintió que el pecho se le hundía.
Pensó que iba a tirarlos.
Pero Roman buscó unas tijeras, cortó cuidadosamente las puntas dañadas de los tallos y volvió a colocarlos en el jarrón.
—El agua está vieja —murmuró.
Sadie lo miró atónita.
Roman cambió el agua.
Después dejó el ramo exactamente donde estaba.
—Puedes conservarlos.
Y se marchó.
A la mañana siguiente, Toby no apareció con el pan.
Ni al día siguiente.
Sadie comenzó a preocuparse.
Al tercer día reunió suficiente valor para preguntarle al cocinero.
—¿Qué pasó con Toby?
El hombre levantó las cejas.
—La panadería cambió al repartidor.
El estómago de Sadie cayó.
Aquella noche esperó a Roman frente a su estudio.
—¿Le hizo algo?
Roman se detuvo.
—¿A quién?
—A Toby.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Te importa tanto?
—Tiene diecinueve años.
—Eso no responde.
Sadie respiró profundamente.
—No quiero que alguien resulte perjudicado simplemente porque fue amable conmigo.
Roman guardó silencio.
Después abrió la puerta de su estudio.
—Entra.
Aquella era la habitación prohibida.
Sadie permaneció inmóvil.
—¿Señor?
—Querías respuestas.
Entró.
Roman cerró la puerta.
Sobre el escritorio había fotografías.
Toby.
La panadería.
Una camioneta Ford.
Y un hombre que Sadie no reconocía entregándole un sobre al muchacho.
—No despedí a Toby porque te regalara flores.
Roman deslizó una fotografía hacia ella.
—Lo saqué de esta propiedad porque alguien le pagó para observar nuestra entrada de servicio.
Sadie palideció.
—¿Toby trabaja para sus enemigos?
—No.
Roman señaló otra fotografía.
Toby aparecía devolviendo el sobre.
—Lo intentaron. Se negó.
Sadie soltó el aire.
—Entonces ¿por qué no puede volver?
—Porque ahora saben que tuvo acceso a esta casa.
Roman la miró.
—Le conseguí trabajo en otra panadería de Brooklyn.
Sadie parpadeó.
—¿Está vivo?
Una sombra de irritación cruzó el rostro de Roman.
—Sadie, no asesino adolescentes por comprar claveles.
Ella bajó la mirada.
—No sabía cuáles eran exactamente sus límites.
Roman casi sonrió.
—Eso es probablemente saludable.
Pero las fotografías revelaban algo más.
En una de ellas aparecía un automóvil negro estacionado frente a la panadería.
Sadie lo reconoció.
—Ese coche estuvo aquí.
Roman se volvió.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente dos semanas. Cerca de la entrada del personal.
Roman llamó inmediatamente a su subjefe.
Minutos después descubrieron que nadie había registrado aquella visita.
Alguien dentro de la finca estaba borrando movimientos de seguridad.
Las flores no habían creado el problema.
Habían hecho que Roman prestara atención al hombre que las entregó.
Y Toby había conducido accidentalmente hasta la primera pista.
Dos días después descubrieron al responsable.
Uno de los supervisores de seguridad llevaba meses proporcionando información sobre los movimientos de Roman.
Horarios.
Vehículos.
Entradas.
Nombres del personal.
Sadie también aparecía en aquella lista.
Cuando Roman vio su nombre, su expresión cambió.
—¿Por qué ella?
El hombre guardó silencio.
Roman golpeó la carpeta contra la mesa.
—Pregunté por qué Sadie.
La respuesta fue sencilla.
Porque los enemigos de Roman habían observado algo que ni siquiera Sadie comprendía todavía.
Roman nunca prestaba atención al personal.
Excepto a ella.
Había cambiado turnos para evitar que caminara sola hasta la parada nocturna.
Había despedido a un invitado que la había tratado mal.
Había ordenado reparar la calefacción del sótano después de escucharla toser durante una cena.
Nunca se lo había contado.
Nunca había reconocido siquiera que lo hacía.
Pero otras personas habían empezado a verlo.
Sadie se había convertido en una vulnerabilidad.
Esa misma noche Roman la llamó al estudio.
—Tienes que marcharte.
Sadie sintió un vacío extraño.
—Entiendo.
—No, no entiendes.
Roman puso unas llaves sobre la mesa.
—Hay un apartamento en Manhattan. Seguridad privada. El contrato está a tu nombre durante un año.
Sadie retrocedió.
—No quiero su dinero.
—No es caridad.
—Entonces ¿qué es?
Roman no respondió.

Y Sadie comprendió.
—Tiene miedo.
Sus ojos se alzaron hacia ella.
Nadie hablaba así con Roman Costa.
—Tiene miedo de que me ocurra algo.
—Sí.
Una sola palabra.
Sin arrogancia.
Sin amenaza.
Sadie sintió que aquel hombre era más peligroso cuando decía la verdad.
—Entonces dígamelo —susurró—. ¿Por qué le molestaron tanto aquellas flores?
Roman miró hacia la ventana.
Tardó mucho en responder.
—Porque otro hombre había pensado en hacerte sonreír antes que yo.
Sadie quedó inmóvil.
Roman continuó antes de que ella pudiera hablar.
—Y odié descubrir que me importaba.
No intentó tocarla.
No pidió nada.
Simplemente empujó las llaves hacia ella.
—Vete mientras todavía puedo mantenerte fuera de esto.
Sadie tomó las llaves.
—Me iré.
Roman asintió.
Entonces ella añadió:
—Pero no porque usted lo ordene.
Él levantó la mirada.
—Me iré porque yo lo elijo.
Por primera vez, Roman sonrió de verdad.
—Bien.
Seis meses después, Sadie ya no trabajaba para los Costa.
Estudiaba administración hotelera y trabajaba en un pequeño restaurante de Manhattan.
Toby apareció una tarde.
Traía flores.
Claveles rosados.
Sadie comenzó a reír.
—¿Otra vez?
—Esta vez cuestan cinco dólares.
—Inflación.
Ambos rieron.
Toby había seguido adelante.
Sadie también.
Cuando salió del restaurante aquella noche, encontró un automóvil negro estacionado enfrente.
Roman estaba apoyado contra él.
Sin guardaespaldas visibles.
Sin cigarro.
—¿Qué haces aquí?
—Cenando.
Sadie miró el restaurante.
—No has entrado.
—Todavía no.
Ella cruzó los brazos.
—¿Y qué esperas?
Roman levantó una pequeña bolsa de papel.
Dentro había un ramo.
No rosas caras.
No orquídeas importadas.
Claveles rosados.
Sadie lo miró sorprendida.
—¿Cuánto pagaste?
Roman parecía profundamente ofendido.
—Eso es información privada.
Sadie soltó una carcajada.
Entonces Roman hizo algo que nadie en la finca Costa habría creído posible.
Le tendió las flores y esperó.
Sin ordenar.
Sin exigir.
Sin asumir que serían aceptadas.
Sadie las tomó.
—Gracias.
Roman exhaló lentamente.
—¿Puedo invitarte a cenar?
Sadie observó al hombre que durante años había hecho temblar habitaciones enteras simplemente entrando en ellas.
Ahora estaba esperando nerviosamente la respuesta de una antigua criada.
—Una cena —dijo ella.
Roman asintió.
—Una.
—Y no eres mi jefe.
—Nunca más.
Sadie sonrió.
—Entonces puedes empezar abriéndome la puerta.
Roman Costa, el hombre al que nadie daba órdenes, abrió inmediatamente la puerta del restaurante.
Y Sadie comprendió que aquella primera noche había interpretado mal sus celos.
Roman no había querido destruir las flores porque pertenecieran a otro hombre.
Había querido saber por qué tres dólares en claveles habían conseguido darle a Sadie algo que todo su poder y todo su dinero jamás habían sabido darle: una razón para sonreír.
Y cuando finalmente aprendió la respuesta, no intentó poseerla.
Aprendió algo mucho más difícil para un hombre acostumbrado a controlar todo:
preguntar, esperar y dejar que ella eligiera.