PARTE 2: EL MULTIMILLONARIO PENSÓ QUE BASTABA CON DARME UNA HABITACIÓN POR UNA NOCHE, HASTA QUE SU HIJO DESCUBRIÓ POR QUÉ YO TENÍA TANTO MIEDO DE VOLVER A SER ENCONTRADA.

El padre de Ethan se llamaba Alexander Hayes.

Lo descubrí en la ambulancia, aunque no porque él me lo dijera.

Uno de los paramédicos lo reconoció inmediatamente.

—Señor Hayes, necesitamos llevar a su hijo al hospital.

Alexander ni siquiera reaccionó a su nombre.

Sólo miraba a Ethan.

—Hagan lo que sea necesario.

Yo permanecí cerca de la puerta, preparada para escapar.

Alexander lo notó.

—Vienes con nosotros.

—No.

—Lily, estás temblando.

—Estoy bien.

Ethan abrió los ojos desde la camilla.

—Está mintiendo.

Lo fulminé con la mirada.

Él consiguió sonreír.

—Tú también me dijiste que estabas acostumbrada al frío.

Traidor.

Veinte minutos después estaba dentro de un hospital privado de Manhattan, envuelta en una manta térmica mientras una enfermera intentaba convencerme de que bebiera chocolate caliente.

Ethan tenía hipotermia leve, una lesión en la espalda y una fractura en el tobillo, pero los médicos aseguraron que se recuperaría.

Alexander salió de su habitación casi dos horas después.

Se sentó frente a mí.

Por primera vez pude observarlo bien.

Parecía agotado.

—¿Cuántos años tienes?

Mi cuerpo se tensó.

—No importa.

—Sí importa.

Me levanté inmediatamente.

—Me voy.

Alexander no intentó detenerme.

Eso me sorprendió.

—De acuerdo —dijo—. Pero Ethan quiere despedirse.

Entré nuevamente.

Ethan estaba despierto.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿A dónde?

No respondí.

Entonces miró mis zapatos mojados.

—No tienes dónde ir.

—Claro que sí.

—¿Dónde?

—Eso no es asunto tuyo.

Ethan miró a su padre.

—Papá.

Alexander suspiró.

—Lily, puedo pagarte un hotel.

Negué.

—No quiero su dinero.

—Entonces ven a nuestra casa.

Retrocedí.

—Mucho menos.

Ethan frunció el ceño.

—¿Por qué tienes tanto miedo de él?

La pregunta me dejó inmóvil.

Alexander también la escuchó.

—Ethan.

—No, papá. Mírala. Cada vez que alguien menciona policía, casa o adultos, parece que quiere salir corriendo.

Bajé la mirada.

Ethan tenía razón.

Y eso me enfurecía.

Finalmente acepté una sola condición.

Una noche.

La casa de Alexander estaba en el Upper East Side.

Esperaba mármol, sirvientes y habitaciones donde tuviera miedo hasta de respirar.

Había todo eso.

Pero también había fotografías de Ethan por todas partes.

Ethan aprendiendo a caminar.

Ethan con uniforme escolar.

Ethan sosteniendo un trofeo.

Y en muchas de ellas había una mujer rubia.

—Mi mamá —dijo Ethan al notar que miraba una fotografía—. Murió hace cuatro años.

—Lo siento.

—Yo también.

Alexander apareció detrás de nosotros.

—Necesitas descansar.

Una empleada me mostró una habitación.

Era más grande que cualquier lugar donde hubiera dormido.

Sobre la cama había ropa limpia.

Entré al baño y encontré jabón, cepillo de dientes y toallas blancas.

Cerré la puerta con llave.

Después puse una silla debajo del picaporte.

Dormí cuarenta minutos.

Desperté gritando.

Cuando abrí los ojos, Ethan estaba sentado al otro lado de la puerta.

No había entrado.

Simplemente esperaba.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—Otra mentira.

No contesté.

A la mañana siguiente encontré a Alexander hablando con una mujer en la cocina.

Cuando me vio, terminó inmediatamente la conversación.

—Buenos días.

—¿Quién era?

—Una trabajadora social.

Se me heló la sangre.

Solté la taza.

Se rompió contra el suelo.

—Me mentiste.

—Lily…

Corrí.

Alexander alcanzó la puerta antes que yo, pero no la bloqueó.

—Escúchame.

—¡Dijo que no llamaría a nadie!

—Nunca dije eso.

—¡Todos hacen lo mismo!

Ethan apareció apoyándose en sus muletas.

—Papá, ¿qué hiciste?

Alexander se pasó una mano por el rostro.

—Lily es menor. No puedo simplemente ignorarlo.

Me reí sin humor.

—¿Quiere saber qué pasa cuando llaman?

Saqué algo del bolsillo interior de mi viejo abrigo.

Una fotografía doblada.

La puse sobre la mesa.

Una mujer joven me abrazaba frente a una casa pequeña.

—Mi mamá.

Alexander miró la fotografía.

—¿Dónde está?

—Muerta.

La palabra salió sin emoción.

Porque ya la había pronunciado demasiadas veces.

—Después me enviaron con mi tío Raymond.

Los dedos de Alexander se cerraron lentamente.

—¿Y qué ocurrió allí?

—Me fui.

—¿Por qué?

No respondí.

Ethan me observaba.

Finalmente levanté la manga.

No había ninguna herida reciente.

Sólo antiguas marcas que bastaron para que Alexander comprendiera que mi miedo no había empezado en Central Park.

Su expresión cambió.

—¿Alguien sabe que escapaste?

—Él.

—¿Tu tío?

Asentí.

—Me encontró una vez hace tres semanas. Por eso cambié de lugar.

Alexander tomó inmediatamente su teléfono.

—Necesito su nombre completo.

—¿Para qué?

—Para asegurarme de que no pueda acercarse a ti.

Negué.

—Usted no entiende.

—Entonces ayúdame a entender.

Lo miré directamente.

—Raymond no me quiere de vuelta porque me extrañe.

El silencio se hizo pesado.

Saqué de mi mochila un pequeño sobre impermeable que llevaba escondido desde que abandoné aquella casa.

Dentro había una memoria USB.

Alexander la miró.

—¿Qué contiene?

—No lo sé todo.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Mi mamá me la dio antes de morir.

Recordé sus últimas semanas.

Sus manos temblando.

Su miedo cada vez que sonaba el teléfono.

Su insistencia en que jamás entregara aquella memoria a Raymond.

—Dijo que si alguna vez me pasaba algo, debía llevarla a alguien que pudiera protegerme.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Por qué no fuiste a la policía?

Me reí amargamente.

—Porque Raymond es policía.

La expresión de Alexander se endureció.

Ethan dejó de sonreír.

Alexander tomó la memoria, pero no la conectó.

—¿Tu tío sabe que la tienes?

—Creo que sí.

En ese momento sonó el intercomunicador.

Una voz del personal de seguridad llegó desde la entrada.

—Señor Hayes, tenemos un problema.

Alexander pulsó el botón.

—¿Qué ocurre?

—Hay un hombre abajo preguntando por una menor.

Mi corazón empezó a golpearme.

—¿Nombre?

Hubo una pausa.

—Detective Raymond Cole.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Ethan se acercó a mí.

—Lily…

Pero el guardia todavía no había terminado.

—Tiene documentos que aseguran que es su tutor legal.

Alexander me miró.

—No vas a bajar.

Entonces otra voz sonó desde el intercomunicador.

Esta vez era Raymond.

Había conseguido acercarse lo suficiente para hablar directamente con seguridad.

—Señor Hayes, no quiero problemas.

Mi sangre se congeló al reconocer aquella voz.

—Sólo devuélvame a mi sobrina.

Alexander apagó el intercomunicador.

Pero un segundo después llegó un mensaje a mi teléfono.

Un número desconocido.

Lo abrí.

Había una fotografía.

Ethan entrando en aquella casa la noche anterior.

Debajo aparecía una sola frase:

“Devuélveme lo que robaste, Lily, o esta vez el niño rico será quien pague por ti.”

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