PARTE 2: ADRIAN CREYÓ QUE NUESTRA GUERRA FRÍA TERMINARÍA CUANDO YO VOLVIERA A SENTARME A SU LADO, PERO CUANDO BUSCÓ MI NOMBRE EN SU PRÓXIMO VUELO DESCUBRIÓ QUE YO YA HABÍA ELEGIDO UN CIELO DONDE ÉL NO EXISTÍA.

A la mañana siguiente, Adrian se despertó antes que yo.

O eso creyó.

Yo llevaba casi una hora despierta, sentada frente a la ventana con la solicitud firmada sobre las piernas.

Cuando bajó vestido con su uniforme, dejó una taza de café frente a mí.

—Tenemos que salir en veinte minutos.

Miré el café.

—Yo no vuelo contigo hoy.

Adrian se detuvo.

—¿Cambiaste turno?

—Sí.

No mentía.

Simplemente no le dije que había cambiado mucho más que un turno.

Frunció el ceño, pero su teléfono sonó antes de que pudiera preguntar.

En la pantalla apareció un nombre.

Serena.

Adrian contestó inmediatamente.

—¿Qué pasó?

La preocupación en su voz me hizo recordar todas las veces que yo había necesitado repetir una frase dos veces para conseguir su atención.

Recogí mi maleta.

Adrian cubrió el teléfono.

—¿Adónde vas?

—Al aeropuerto.

—Espera cinco minutos. Podemos ir juntos.

—No hace falta.

Salí.

Aquella fue la última mañana en que abandoné aquella casa como novia de Adrian Shaw.

Tres días después comenzó mi entrenamiento de transición.

Durante años había volado a su derecha.

Ahora el asiento izquierdo era mío.

El director Miller me entregó las nuevas insignias.

—Capitana Bennett.

Dos palabras.

Y, sin embargo, sentí que recuperaba una parte de mí misma.

La ruta T028 conectaba vuelos de largo alcance hacia el oeste y exigía una tripulación completamente distinta.

Nuevos horarios.

Nuevos compañeros.

Otra vida.

Adrian seguía creyendo que aquello era temporal.

Me enviaba mensajes.

¿Cuándo vuelves al C919?

Serena dice que todavía estás molesta por la fotografía.

Podemos cenar cuando regreses.

No contesté.

Hasta que una tarde me llamó directamente.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparándome para volar.

—Miller dice que aceptaste una promoción.

—Así es.

Hubo silencio.

—¿Como capitana?

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Casi me reí.

—La solicitud estuvo sobre nuestra mesa toda una noche.

Adrian tardó varios segundos en responder.

—No la vi.

—Exactamente.

Entonces comprendió.

—Phoebe, no conviertas una discusión en una decisión profesional.

—No lo hice. Por primera vez dejé de convertir mi carrera en una decisión sentimental.

Su respiración cambió.

—¿Qué significa eso?

Miré mi tarjeta de embarque operacional.

—Que la T028 es permanente.

—¿Permanente?

—Tú vuelas hacia el este. Yo hacia el oeste.

—Puedes solicitar regresar.

—No quiero regresar.

Por primera vez desde que lo conocía, Adrian no tuvo una respuesta preparada.

Finalmente preguntó:

—¿Esto es por Serena?

—No.

Y era verdad.

Serena sólo había abierto una puerta que Adrian llevaba años construyendo.

—Esto es por mí.

Colgué.

Mi primer vuelo como capitana salió aquella misma noche.

Cuando la aeronave alcanzó altitud de crucero y las luces de la ciudad desaparecieron detrás de nosotros, sentí algo que no esperaba.

Paz.

No estaba esperando un mensaje.

No necesitaba saber con quién estaba Adrian.

No me preguntaba si Serena llevaba otra joya idéntica a la mía.

Simplemente estaba volando.

Dos semanas después regresé a casa para recoger mis últimas pertenencias.

Adrian debía estar trabajando.

Pero cuando abrí la puerta, estaba sentado en la sala.

La maleta que yo había comenzado a preparar seguía junto a la escalera.

—Así que realmente te vas.

—Sí.

Se levantó.

—Podemos arreglar esto.

—¿Qué quieres arreglar?

—Nosotros.

—Publicaste una fotografía tomando de la mano a tu exnovia y escribiste que era la mejor.

Adrian se pasó una mano por el cabello.

—Estaba enojado.

—¿Y por eso decidiste humillarme públicamente?

—Quería que reaccionaras.

—Lo hice.

Señalé mi maleta.

—Ésta es mi reacción.

Su rostro se endureció.

—Serena no significa nada.

—Entonces la utilizaste para lastimarme. No mejora las cosas.

Adrian guardó silencio.

Saqué la pulsera de diamantes de un cajón y la dejé sobre la mesa.

—También puedes devolver esto.

—Phoebe…

—No quiero tener algo que compraste primero para otra mujer.

Él levantó la cabeza bruscamente.

—¿Qué?

Le mostré la publicación de Serena.

Adrian miró la fotografía.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Pareció genuinamente confundido.

—Yo no le compré esa pulsera.

Me detuve.

—¿Qué dijiste?

—Compré una sola. Para ti.

Tomó mi teléfono y amplió la imagen.

—Serena me preguntó dónde podía conseguirla después de verme comprarla. Eso fue todo.

Sentí una incomodidad inesperada.

Pero no cambiaba la fotografía de sus manos entrelazadas.

—¿También inventó la publicación donde apareces con ella?

Adrian bajó la mirada.

—No.

—Entonces ya está.

Tomé la maleta.

Él me agarró suavemente de la muñeca.

—La fotografía fue una estupidez. Quería darte celos porque llevabas tres días sin hablarme.

Retiré la mano.

—Un hombre que necesita herir a su pareja para comprobar si todavía lo ama no está preparado para conservarla.

Esta vez no intentó detenerme.

Un mes después, mi nombre apareció oficialmente en el tablero de comandantes de Starlight Airlines.

PHOEBE BENNETT — CAPITANA, T028.

La primera mujer de la compañía en ocupar aquel puesto.

Mis compañeros organizaron una pequeña celebración.

Cuando levanté mi copa, pensé que ése sería el verdadero final.

Me equivocaba.

Dos días después, Serena fue retirada temporalmente de servicio.

La compañía había descubierto irregularidades en varios informes internos.

Entre ellos había solicitudes de cambios de tripulación realizadas utilizando credenciales que no le pertenecían.

Una de esas credenciales era la mía.

Otra pertenecía a Adrian.

Miller me llamó a su despacho.

—Hay algo que debes ver.

Colocó un registro frente a mí.

Durante meses, alguien había solicitado modificaciones para colocar repetidamente a Serena en los vuelos comandados por Adrian.

—¿Adrian sabía esto?

—Según nuestra investigación preliminar, no.

Sentí que la historia que yo creía conocer se movía bajo mis pies.

Entonces Miller añadió:

—Pero eso no es lo más importante.

Sacó otra hoja.

Serena también había intentado cancelar mi traslado a la T028.

Tres veces.

La última solicitud había sido enviada aquella misma mañana.

—¿Por qué?

Miller me miró.

—Porque parece que esperaba que volvieras con Adrian.

Sonó mi teléfono.

Era él.

No contesté.

Llegó un mensaje.

Necesito hablar contigo. Acabo de descubrir lo que Serena hizo.

Después otro.

No te estoy pidiendo que regreses.

Y finalmente:

Sólo quiero que sepas que tenías razón. Dejé de mirarte mucho antes de perderte.

Leí aquella frase varias veces.

Luego bloqueé la pantalla.

No sentí satisfacción.

Tampoco ganas de regresar.

Porque aunque Serena hubiera manipulado horarios, publicaciones y coincidencias, nadie había obligado a Adrian a tomarle la mano.

Nadie lo había obligado a ignorar mi solicitud.

Nadie lo había obligado a creer que yo permanecería eternamente en el asiento de copiloto de su vida.

Seis meses después, aterricé mi primer vuelo transcontinental como comandante principal.

Cuando salí de la cabina, el director Miller me esperaba con una sonrisa.

—Hay alguien preguntando por usted, capitana.

Por un instante pensé en Adrian.

Pero no era él.

Era una niña de unos diez años acompañada por su madre.

Me entregó un pequeño avión de papel.

—Quiero ser piloto cuando crezca.

Me agaché para quedar a su altura.

—Entonces estudia mucho y no permitas que nadie te diga qué asiento te corresponde.

La niña sonrió.

Mientras se alejaba, miré a través de los enormes ventanales del aeropuerto.

Durante años pensé que Adrian y yo habíamos nacido para volar juntos.

Ahora entendía algo mucho más importante.

Amar a alguien no significa reducir tu ruta para permanecer siempre dentro de su horizonte.

Adrian siguió volando hacia el este.

Yo continué hacia el oeste.

Nunca regresamos.

Y cada vez que nuestras rutas aparecían como dos líneas alejándose en el mapa, ya no veía una historia de amor fracasada.

Veía el momento exacto en que dejé de ser copiloto de alguien más.

Y finalmente me convertí en capitana de mi propia vida.

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