PARTE 2: EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE CHICAGO DEJÓ UNA LLAVE NEGRA SOBRE MI MESA, PERO LO QUE ME DIJO DESPUÉS REVELÓ POR QUÉ SU HIJO HABÍA LLEGADO SOLO A MI RESTAURANTE.

Mijail Volkov sacó lentamente la mano del abrigo.

Nadie respiraba.

Yo esperaba un arma.

En cambio, dejó sobre la mesa una pequeña llave negra.

Tenía grabado un número plateado.

317.

Lo miré sin entender.

—¿Qué es esto?

Misha seguía abrazado a su cintura.

Mijail pasó una mano por el cabello mojado de su hijo y después levantó los ojos hacia mí.

—Una deuda.

—No quiero dinero.

Algo parecido a sorpresa cruzó su rostro.

—No dije dinero.

Uno de sus hombres se acercó.

—Señor Volkov, deberíamos irnos.

Mijail ni siquiera lo miró.

—Encuentren a Elena.

El hombre palideció.

—Sí, señor.

Misha apretó el abrigo de su padre.

—Papá, Elena me dejó.

Aquellas palabras cambiaron toda la habitación.

Mijail se agachó hasta quedar a la altura de su hijo.

—Cuéntame exactamente qué pasó.

Misha tragó saliva.

—Fuimos al centro comercial. Elena recibió una llamada. Después me dijo que esperara cerca de la fuente.

—¿Y el gato?

El niño negó lentamente.

—No había gato.

Sentí frío.

Misha continuó.

—Ella me dijo que había uno afuera.

Mijail cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía un padre agradecido.

Parecía el hombre al que toda Chicago temía.

—¿Te pidió que salieras?

Misha asintió.

—Luego cerraron las puertas.

La niñera no había perdido al niño.

Lo había abandonado deliberadamente.

Mijail se levantó.

—Sarah, ¿alguien vino preguntando por él?

—No.

—¿Alguien extraño entró después?

Miré alrededor.

Mi cocinero, Benny, dejó de secar un vaso.

Entonces recordó algo.

—Hubo un hombre.

Mijail giró hacia él.

—¿Qué hombre?

—Entró quizá veinte minutos después del niño. No pidió comida. Se sentó junto a la ventana y miraba constantemente hacia afuera.

—¿Cómo era?

Benny empezó a describirlo.

Traje gris.

Cabello corto.

Una cicatriz pequeña en la barbilla.

Vi cómo dos de los hombres de Mijail intercambiaban miradas.

Él también lo notó.

—¿Lo conocen?

Ninguno respondió inmediatamente.

Finalmente uno dijo:

—Podría ser Karpov.

El nombre hizo que Misha escondiera el rostro contra su padre.

Mijail cambió por completo.

—Lleva a mi hijo al vehículo.

Misha se aferró a él.

—No.

—Misha.

—Quiero que Sarah venga.

Me quedé inmóvil.

Mijail también.

—Cariño, tu papá va a llevarte a casa.

El niño negó con fuerza.

—Sarah me encontró.

Su voz empezó a temblar.

—Ella no me dejó solo.

Aquella frase parecía haber golpeado a Mijail más fuerte que cualquier amenaza.

Se arrodilló otra vez.

—Yo tampoco voy a dejarte solo.

Misha lo estudió durante varios segundos.

Después permitió que uno de los hombres lo cargara.

Antes de salir, señaló la llave.

—Papá dijo que esa llave es importante.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, miré a Mijail.

—Explíqueme qué significa.

Él tomó asiento frente a mí.

El restaurante seguía lleno, pero nadie fingía ya no estar escuchando.

—El número pertenece a una caja de seguridad privada.

—No quiero una caja de seguridad.

—Escúcheme primero.

Su voz era tranquila.

—Mi hijo desapareció durante casi seis horas.

Sentí que se me encogía el pecho.

Yo había supuesto que llevaba perdido poco tiempo.

—Seis horas.

—Sí.

Mijail entrelazó las manos.

—Durante esas seis horas recibí dos llamadas.

—¿De quién?

—Personas que afirmaban tenerlo.

Lo miré.

—Pero estaba aquí.

—Exactamente.

Entonces comprendí.

Alguien había intentado convencer a Mijail de que tenía secuestrado a su hijo mientras Misha vagaba realmente solo por la ciudad.

—Querían dinero.

Mijail negó.

—Querían algo mucho peor.

Se inclinó ligeramente.

—Querían que yo entregara información.

No pregunté qué clase de información.

No necesitaba saberlo.

—¿Y la llave?

—Pertenece a algo que mi esposa dejó antes de morir.

Misha no había mencionado a su madre.

Mijail miró la mesa donde su hijo había comido.

—Ella me hizo prometer que si alguna vez ocurría algo extraño con Misha, abriría esa caja.

—¿Y por qué me está dando la llave a mí?

—Porque hace una hora recibí un mensaje.

Sacó el teléfono.

Lo colocó frente a mí.

Había una fotografía del exterior de mi restaurante.

Tomada desde el otro lado de la calle.

Yo aparecía detrás del cristal, inclinándome para cubrir a Misha con la toalla.

Debajo había un mensaje.

LA MUJER DEL RESTAURANTE YA FORMA PARTE DE ESTO.

Se me secó la garganta.

—¿Quién envió eso?

—No lo sabemos.

Miré hacia las ventanas.

La tormenta seguía golpeando Chicago.

De repente, mi restaurante dejó de parecer seguro.

—Entonces debería llamar a la policía.

Mijail me observó.

—Ya lo hice.

Aquello me sorprendió.

—¿Usted?

—Hay muchas cosas sobre mí que la gente cree saber.

Se levantó.

—La mitad son exageraciones.

—¿Y la otra mitad?

Por primera vez sonrió sin humor.

—No le serviría de nada saberlo esta noche.

Tomó la llave y volvió a deslizarla hacia mí.

—Guárdela.

—No.

—Sarah.

—No quiero estar involucrada.

—Ya está involucrada.

La frase me enfureció.

—Yo sólo alimenté a un niño.

—Y alguien la fotografió haciéndolo.

Antes de que pudiera responder, las luces del restaurante parpadearon.

Una vez.

Dos.

Después se apagaron.

Benny maldijo desde la cocina.

Los hombres de Mijail reaccionaron inmediatamente.

Uno cerró la puerta.

Otro corrió hacia la parte trasera.

Mijail me tomó del brazo y me colocó detrás de él.

—¿Tiene generador?

—No.

Entonces escuchamos un golpe.

Venía de la cocina.

Benny gritó:

—¡Sarah!

Corrí hacia él antes de que Mijail pudiera detenerme.

La puerta trasera estaba abierta.

La lluvia entraba formando un charco.

Sobre el suelo había una caja blanca.

No estaba ahí antes.

Encima tenía escrito mi nombre.

SARAH.

Mijail me impidió tocarla.

Uno de sus hombres se puso guantes y levantó cuidadosamente la tapa.

Dentro había una fotografía.

Misha.

Tomada esa misma tarde.

Estaba caminando solo bajo la lluvia.

Debajo había otra fotografía.

Yo.

Saliendo de mi apartamento aquella mañana.

Sentí que las piernas me fallaban.

Y finalmente había una nota.

Mijail la leyó primero.

Su expresión cambió.

—¿Qué dice?

No respondió.

Le arrebaté el papel.

Sólo había dos líneas.

EL NIÑO NO ERA EL OBJETIVO.

TÚ SÍ.

Levanté lentamente la mirada.

Mijail ya tenía el teléfono en la mano.

—Cierren todas las salidas.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Él miró nuevamente la llave negra marcada con el número 317.

Entonces dijo algo que hizo que todo lo ocurrido aquella noche adquiriera un significado completamente diferente.

—Significa que alimentar a mi hijo no fue la razón por la que llegó hasta usted.

Se volvió hacia mí.

—Alguien quería que Misha la encontrara.

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