Marla Hensley abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Giovanni permaneció frente a ella con el traje todavía mojado por la lluvia.
—He hecho una pregunta.
El Dr. Sullivan intervino de inmediato.
—Señor Moretti, Luca está recibiendo atención. Estamos haciendo pruebas para determinar si realmente se trata de meningitis.
Giovanni giró hacia él.
Toda aquella furia desapareció de su rostro durante un instante.
—¿Mi hijo va a sobrevivir?
El médico no hizo promesas.
—Estamos haciendo todo lo necesario.
Vi cómo Giovanni cerraba los ojos.
Aquello me sorprendió más que su llegada en helicóptero.
Durante años había recordado a Giovanni como un hombre imposible de intimidar.
Pero bastaron cuatro palabras.
“No puedo asegurárselo todavía.”
Y por primera vez lo vi asustado.
—Necesitamos antecedentes médicos del padre —continuó Sullivan—. Enfermedades hereditarias, medicamentos, alergias, cualquier condición relevante.
Giovanni sacó su teléfono.
—Los tendrá en cinco minutos.
Marla intentó alejarse.
—Entonces parece que mi presencia ya no es necesaria.
—Sí lo es —dije.
Se detuvo.
Todas las miradas se volvieron hacia mí.
—Usted amenazó con llamar a servicios sociales mientras los médicos estaban intentando atender a Luca.
—Yo simplemente seguía el protocolo.
El Dr. Sullivan frunció el ceño.
—Le pedí dos veces que dejara de interrogarla.
Marla palideció.
—Doctor, eso no fue exactamente…
—Lo escuché —dijo una enfermera desde detrás del mostrador.
Otra levantó la mano.
—Yo también.
Giovanni no gritó.
Ni siquiera avanzó hacia Marla.
Simplemente preguntó:
—¿Su nombre completo?
—Señor Moretti…
—No se lo estoy preguntando a usted.
Uno de sus hombres respondió:
—Marla Hensley.
Giovanni asintió.
—Documenten todo. Nada más.
Marla pareció incluso más aterrorizada por aquella respuesta que por una amenaza.
Entonces se abrieron las puertas de cuidados pediátricos.
Una enfermera salió.
—Señora Grant.
Corrí hacia ella.
—¿Luca?
—Está estable. El doctor necesita unos minutos más.
Mis piernas casi cedieron.
Giovanni me sostuvo del brazo.
Me aparté inmediatamente.
El dolor apareció en sus ojos.
—Lauren…
—No.
—Acabas de decirme que tengo un hijo de siete meses.
—Porque necesitaba tu historial médico.
Su mandíbula se tensó.
—¿Ibas a decírmelo alguna vez?
Lo miré.
—No aquí.
—He perdido siete meses.
—Y yo pasé quince meses preguntándome si mantenerlo lejos de ti era la única forma de protegerlo.
El silencio cayó entre nosotros.
Giovanni entendió perfectamente lo que quería decir.
—Ya no soy aquel hombre.
—Eso no lo decides tú.
Antes de que pudiera responder, uno de sus hombres se acercó y le susurró algo.
El rostro de Giovanni cambió.

—¿Qué ocurre?
Me miró.
—Nada relacionado con Luca.
—No vuelvas a decidir qué información puedo soportar.
Guardó silencio.
Después hizo un gesto al hombre.
Este me mostró una tableta.
En la pantalla aparecía una fotografía tomada frente a mi edificio.
Yo salía cargando a Luca.
La fecha era de tres semanas atrás.
Sentí frío.
—¿De dónde salió esto?
—De una cuenta privada —respondió Giovanni.
—¿De quién?
El hombre dudó.
Giovanni respondió:
—Alguien llevaba meses intentando averiguar dónde estabas.
Lo miré fijamente.
—¿Alguien de tu familia?
No respondió inmediatamente.
Eso fue suficiente.
—Dios mío.
—Lauren, escúchame.
—¿Quién?
—Mi tío Carlo.
Conocía ese nombre.
Carlo Moretti había sido una de las razones por las que desaparecí.
Giovanni siempre decía que los problemas de su familia nunca llegarían hasta mí.
Hasta que una noche encontré un sobre debajo de mi puerta con fotografías mías tomadas desde la calle.
Me fui cuarenta y ocho horas después.
Nunca le dije que estaba embarazada.
—¿Carlo sabe de Luca?
—No debería.
—Eso no fue lo que pregunté.
Giovanni miró la fotografía otra vez.
—Ahora no estoy seguro.
Las puertas se abrieron nuevamente.
El Dr. Sullivan salió.
Me olvidé de Carlo.
De Marla.
De Giovanni.
De todo.
—¿Mi bebé?
—Las primeras pruebas son alentadoras. Seguimos tratando una infección seria, pero Luca está respondiendo.
Me cubrí la boca.
Empecé a llorar.
Giovanni bajó la cabeza y apoyó ambas manos sobre sus rodillas durante unos segundos.
El médico continuó:
—Hay algo más que necesito discutir con ustedes.
Entramos en una pequeña sala privada.
Sullivan cerró la puerta.
—Encontramos algo durante los análisis que no esperaba.
Sentí que regresaba el miedo.
—¿Qué?
El médico colocó unos resultados frente a nosotros.
—Hay una sustancia en la sangre de Luca que no corresponde a ninguno de los medicamentos que le hemos administrado.
Giovanni levantó lentamente la mirada.
—¿Qué sustancia?
Sullivan mencionó un compuesto farmacológico.
No significó nada para mí.
Para Giovanni sí.
Lo vi inmediatamente.
—¿La conoces?
No respondió.
—Giovanni.
—Sí.
Su voz había cambiado.
—¿De dónde?
—Es un sedante que puede aparecer en ciertos medicamentos recetados.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—Luca nunca ha tomado eso.
El Dr. Sullivan asintió.
—Por eso necesitamos saber quién ha tenido acceso al niño durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Pensé rápidamente.
—Yo.
La niñera durante cuatro horas.
Mi vecina Rebecca unos veinte minutos.
Nadie más.
Entonces recordé algo.
La noche anterior había encontrado un pequeño paquete frente a mi puerta.
Una caja de regalo.
Sin remitente.
Dentro había un osito de peluche azul y tres frascos de comida para bebé.
No había usado la comida.
Pero Luca había dormido abrazado al osito durante parte de la tarde.
Saqué el teléfono.
—Esto llegó ayer.
Le mostré la fotografía a Giovanni.
Su rostro se volvió completamente inexpresivo.
Amplió la imagen.
En la esquina inferior de la tarjeta había un pequeño símbolo dorado que yo había considerado decoración.
Giovanni lo reconoció.
—¿Dónde está ese paquete ahora?
—En mi apartamento.
Sacó inmediatamente su teléfono.
—Nadie entra al apartamento de Lauren hasta que llegue la policía.
Lo agarré del brazo.
—¿Qué significa ese símbolo?
Giovanni me miró.
Durante un segundo vi al hombre del que había huido.
No porque quisiera hacerme daño.
Sino porque conocía demasiado bien a quienes podían hacerlo.
—Pertenece a una empresa que Carlo utilizaba hace años.
El aire desapareció de mis pulmones.
Entonces llamaron a la puerta.
Uno de los hombres de Giovanni entró.
—Tenemos un problema.
—Habla.
—Seguridad revisó las cámaras del hospital después de lo ocurrido en urgencias.
Miró primero a Giovanni.
Después a mí.
—Una mujer entró en pediatría cuarenta minutos antes de que llegara el helicóptero.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Quién?
El hombre giró la tableta.
La imagen era granulada, pero suficientemente clara.
Una mujer con uniforme médico estaba frente a la habitación de Luca.
No reconocí su cara.
Giovanni sí.
Retrocedió un paso.
—Eso es imposible.
—¿Quién es? —pregunté.
Sus ojos permanecieron clavados en la pantalla.
—Lauren…
—DIME QUIÉN ES.
Finalmente levantó la mirada.
—Mi madre.
Me quedé inmóvil.
Giovanni había dicho que su madre había muerto hacía nueve años.
Pero el hombre deslizó el video unos segundos hacia adelante.
La mujer miró directamente hacia la cámara.
Y antes de entrar en la habitación donde estaba nuestro hijo, levantó un teléfono hasta su oído.
El sistema de seguridad también había recuperado parte del audio.
Sólo se escuchaba una frase.
—Giovanni ya viene. El niño hizo exactamente lo que necesitábamos.