PARTE 2: LA FOTO QUE PATRICIA PUSO EN MIS MANOS DEMOSTRÓ QUE MATEO SÍ ERA HIJO DE RICARDO, PERO TAMBIÉN REVELÓ POR QUÉ ÉL Y JAVIER COMPARTÍAN LA MISMA MARCA.

La fotografía era vieja.

Los bordes estaban amarillentos y una esquina tenía una pequeña grieta.

En ella aparecían dos bebés acostados uno junto al otro sobre una manta azul.

Al reverso había una fecha escrita con tinta casi borrada.

Y dos nombres.

Ricardo.

Javier.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

Ricardo me arrancó prácticamente la fotografía de las manos.

—Eso es imposible.

Patricia permaneció junto a la puerta.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No lo es.

Ricardo volvió a mirar la imagen.

—Javier nació meses después que yo.

—Eso es lo que mamá siempre te dijo.

El silencio se volvió insoportable.

Mateo dormía contra mi pecho, ajeno a todo.

Ricardo señaló la fotografía.

—¿Por qué estamos juntos?

Patricia respiró profundamente.

—Porque esa foto fue tomada en el hospital donde naciste.

Ricardo soltó una risa nerviosa.

—Entonces mamá conocía a la familia de Javier desde antes. ¿Eso es todo?

Patricia negó lentamente.

—Mira la espalda.

Ricardo acercó la fotografía a la lámpara.

Los bebés estaban boca abajo.

En la parte baja de la espalda de uno podía distinguirse una pequeña mancha.

Una media luna.

Exactamente igual a la de Mateo.

Pero Patricia señaló al segundo bebé.

Aunque la imagen era menos clara, allí estaba también.

Otra media luna.

Sentí que Ricardo dejaba de respirar.

—No.

—Sí —susurró Patricia.

—¿Qué estás tratando de decir?

Patricia empezó a llorar.

—Que Javier no es simplemente tu mejor amigo.

Ricardo dio un paso atrás.

—Cállate.

—Son hermanos.

La fotografía cayó al suelo.

Durante unos segundos nadie se movió.

Ricardo había conocido a Javier durante más de veinte años.

Habían estudiado juntos.

Habían celebrado cumpleaños juntos.

Javier había sido padrino de nuestra boda.

Nuestras hijas lo llamaban tío.

Y ahora Patricia estaba diciendo que todo aquello había comenzado mucho antes de que ellos pudieran recordarlo.

—Estás mintiendo.

—Ojalá.

Patricia abrió el sobre.

Sacó un certificado médico antiguo.

Después otro documento.

—Encontré esto cuando papá murió.

Ricardo miró el nombre escrito en la parte superior.

Su expresión cambió.

El documento registraba el nacimiento de dos varones.

Mismo día.

Misma madre.

El nombre era:

Elena Vargas.

No era el nombre de mi suegra.

—¿Quién es Elena Vargas? —pregunté.

Patricia miró a Ricardo.

—Nuestra tía.

Ricardo parecía incapaz de comprender.

—La hermana de mamá murió antes de que yo naciera.

—Eso también fue mentira.

Patricia se sentó.

Entonces comenzó a contar algo que llevaba décadas enterrado.

Elena había quedado embarazada siendo muy joven.

El padre de los bebés era un hombre casado perteneciente a una familia poderosa de Puebla.

Cuando descubrieron que esperaba gemelos, hubo un escándalo.

Nuestra suegra, Teresa, ya estaba casada con Arturo, pero llevaba años intentando tener hijos sin conseguirlo.

—Elena tuvo complicaciones durante el parto —explicó Patricia—. Mamá decía que murió aquella noche.

—¿Decía?

—Porque no murió.

Ricardo levantó la cabeza.

Patricia sacó otra hoja.

—Sobrevivió.

Después del parto, según aquellos documentos, uno de los gemelos había quedado bajo la custodia temporal de Teresa y Arturo.

Ese bebé era Ricardo.

El otro fue registrado posteriormente por otra familia.

Javier.

Me tapé la boca.

De repente, aquella marca que había destruido nuestra familia durante tres días tenía una explicación brutalmente sencilla.

Mateo había heredado una característica familiar.

No de Javier.

De la misma línea sanguínea que compartían Javier y Ricardo.

Ricardo se dejó caer en una silla.

—Entonces Javier es mi hermano gemelo.

—Sí.

—¿Él lo sabe?

Patricia tardó demasiado en responder.

Ricardo levantó lentamente la mirada.

—Patricia.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Encontré los documentos hace seis meses. Le pregunté a mamá y me hizo jurar que nunca te lo contaría.

Ricardo se puso de pie de golpe.

—¿SEIS MESES?

Mateo se sobresaltó.

Lo abracé inmediatamente.

Ricardo bajó la voz, pero ya estaba temblando.

—¿Sabías esto cuando acusé a Mariana?

Patricia palideció.

—No relacioné la marca hasta hoy.

Aquello me dolió más de lo que esperaba.

Miré a mi esposo.

Tres días antes había abandonado a su hijo recién nacido.

Me había acusado de acostarme con su mejor amigo.

Me había mandado fuera de nuestra propia casa.

Y ahora estaba descubriendo que la prueba que creyó definitiva de mi infidelidad era en realidad una señal de su propia familia.

Ricardo se acercó.

—Mariana…

Levanté una mano.

—No.

—Yo no sabía.

—Yo tampoco sabía.

Mi voz salió sorprendentemente tranquila.

—La diferencia es que yo sabía quién era el padre de mi hijo y tú decidiste que una mancha valía más que ocho años de matrimonio.

Bajó los ojos.

—Cometí un error.

—Un error es olvidar una cita.

Señalé a Mateo.

—Tú lo miraste minutos después de nacer y lo rechazaste.

Ricardo comenzó a llorar.

Pero no sentí alivio.

Todavía no.

Porque había algo que no encajaba.

—Patricia —pregunté—, si Elena sobrevivió, ¿qué pasó con ella?

Patricia apretó el sobre.

—Eso es lo que mamá nunca quiso explicarme.

Entonces sonó el teléfono de Ricardo.

Era Javier.

Todos miramos la pantalla.

Ricardo respondió.

—Necesito verte.

Hubo silencio al otro lado.

Después Javier dijo:

—¿Patricia te enseñó la fotografía?

Ricardo quedó completamente inmóvil.

Javier sí sabía.

—¿Desde cuándo? —preguntó Ricardo.

—No podemos hablar por teléfono.

—¿Desde cuándo sabes que somos hermanos?

Otra pausa.

—Desde que murió tu padre.

Ricardo cerró los ojos.

—¿Por qué no me dijiste nada?

La respuesta de Javier me heló.

—Porque Arturo me hizo prometer que esperaría.

—¿Esperar qué?

—A que tu madre confesara quién era nuestro verdadero padre.

Ricardo miró a Patricia.

Ella negó con la cabeza.

Tampoco lo sabía.

Entonces Javier añadió:

—Pero ya no podemos esperar.

Su voz cambió.

—Ricardo, ve a casa de tu madre ahora mismo.

—¿Por qué?

Escuchamos movimiento al otro lado.

—Porque fui a verla hace una hora.

—¿Y?

Javier respiró profundamente.

—La casa está vacía. Teresa desapareció.

Ricardo apretó el teléfono.

—¿Adónde habría ido?

—No lo sé. Pero dejó una caja fuerte abierta.

—¿Qué había dentro?

Javier guardó silencio durante varios segundos.

Cuando respondió, su voz apenas fue un susurro.

—Una prueba de ADN, una carta escrita por Elena… y una fotografía de nuestro verdadero padre.

Hizo una pausa.

—Ricardo, tú conoces al hombre de la fotografía. Y yo también.

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