PARTE 2: LAS GEMELAS ME LLAMARON FAMILIA DELANTE DE TODO EL CONSEJO, PERO NADIE ESPERABA QUE GABRIEL REVELARA POR QUÉ REALMENTE ME HABÍA LLEVADO A SU CASA.

El silencio después de las palabras de Emma y Ella fue absoluto.

—Ella es nuestra familia.

Yo seguía de pie junto a las gemelas, sintiendo sus pequeñas manos aferradas a la mía mientras decenas de personas nos observaban desde las mesas del consejo.

Tres días antes vendía flores en el frío.

Ahora estaba en medio de una batalla que apenas comprendía.

El concejal Richard Vale se levantó lentamente.

—Señor Duca, sus hijas son menores. Su cariño por la señorita Brooks no cambia el problema.

Gabriel permaneció sentado.

—¿Qué problema?

Richard me señaló.

—Una desconocida viviendo en su residencia y teniendo acceso directo a sus hijas.

Sentí que varios periodistas giraban sus cámaras hacia mí.

—Además —continuó—, existen dudas razonables sobre las intenciones de una mujer con dificultades económicas que repentinamente entra en la casa de uno de los hombres más ricos de Nueva York.

Aquello sí dolió.

Porque conocía perfectamente esa mirada.

La había visto durante mi divorcio.

Pobre Olivia.

Desesperada Olivia.

La mujer abandonada que seguramente aceptaría cualquier cosa por dinero.

Emma apretó mi mano.

Gabriel se levantó.

Y toda la habitación pareció encogerse.

—Olivia no pidió entrar en mi casa.

Richard sonrió.

—Pero tampoco se negó.

Gabriel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Entonces quizá deberíamos hablar de quién tiene realmente intereses económicos aquí.

La sonrisa de Richard desapareció.

Un abogado abrió la carpeta y distribuyó varias copias.

Contratos.

Transferencias.

Documentos relacionados con una propiedad situada cerca del río Hudson.

Gabriel habló con absoluta calma.

—Durante ocho meses, un grupo de inversionistas ha intentado obligarme a vender una parcela necesaria para su proyecto inmobiliario.

Richard permaneció inmóvil.

—Eso no tiene ninguna relación con ella.

—Tiene toda la relación.

Gabriel me miró.

—Porque uno de esos inversionistas se llama Nathan Brooks.

Dejé de respirar.

Mi exmarido.

—Eso es imposible.

Gabriel no apartó los ojos de mí.

—Ojalá lo fuera.

Recordé entonces algo que Nathan había dicho durante nuestro divorcio.

Que había encontrado una oportunidad que finalmente lo llevaría a las grandes ligas.

Yo nunca pregunté cuál.

Estaba demasiado ocupada intentando salvar la floristería que él había dejado cargada de deudas.

Richard intentó interrumpir.

—Estamos desviándonos del asunto.

—No —respondió Gabriel—. Estamos llegando exactamente al asunto.

Otro documento apareció sobre la mesa.

Mi nombre estaba allí.

Olivia Brooks Floral Design LLC.

Sentí que las piernas se me debilitaban.

—¿Qué es eso?

Gabriel tardó unos segundos en contestar.

—Una empresa que supuestamente garantizó parte de una deuda vinculada al proyecto.

Lo miré horrorizada.

—Yo jamás firmé eso.

—Lo sé.

Dos palabras.

Dichas sin vacilación.

El abogado de Gabriel colocó frente a mí una copia de la firma.

Parecía mía.

Pero no lo era.

De repente comprendí por qué mi floristería había quedado enterrada bajo obligaciones financieras que nunca terminaban de tener sentido.

—Nathan…

Mi voz apenas salió.

Gabriel asintió.

—Creemos que utilizó tu empresa.

Las cámaras comenzaron a disparar fotografías.

Richard exigió un receso.

Pero Gabriel todavía no había terminado.

—También creemos que alguien necesitaba mantener a Olivia desesperada económicamente para asegurarse de que nunca examinara determinados documentos.

Sentí náuseas.

Durante meses había pensado que había fracasado.

Que simplemente había sido mala administrando.

Había vendido muebles.

Joyas.

Hasta la camioneta de reparto.

Y Nathan me había observado perderlo todo sabiendo posiblemente por qué ocurría.

Ella rodeó mi cintura.

—No llores.

No me había dado cuenta de que estaba llorando.

Me agaché y abracé a las dos.

Entonces Richard cometió un error.

—Esto sigue sin explicar por qué está viviendo con usted.

Gabriel lo miró.

—Porque alguien comenzó a seguirla.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—La noche del festival, uno de mis hombres detectó el mismo vehículo detrás de tu carrito durante varias horas.

Sentí un escalofrío.

Gabriel continuó:

—Apareció nuevamente frente a tu apartamento.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque quería confirmar que no era una coincidencia.

Me puse de pie.

—Gabriel, tenías que decírmelo.

—Sí.

Por primera vez desde que lo conocía, vi arrepentimiento en su rostro.

—Debí hacerlo.

La reunión terminó minutos después entre gritos, periodistas y abogados.

Gabriel nos llevó directamente a su residencia.

Durante el trayecto no hablamos.

Al llegar, llevé a Emma y Ella arriba.

Aquellas niñas habían perdido a su madre tres años antes y, sin embargo, parecían empeñadas en reconstruir mi corazón pieza por pieza.

Cuando regresé, Gabriel estaba esperándome en la biblioteca.

—Quiero la verdad completa.

—La tendrás.

—¿Por qué tus hijas se acercaron a mí aquel día?

Su expresión cambió.

Sacó algo de un cajón.

Una fotografía.

En ella aparecía una mujer joven sosteniendo un ramo de flores.

Tenía el cabello oscuro de las gemelas.

—Mi esposa, Sofia.

Miré la fotografía.

—Era hermosa.

—También amaba las flores.

Entonces entendí.

—Por eso ellas se acercaron al carrito.

Gabriel negó lentamente.

—No solamente por eso.

Volteó la fotografía.

Había una dirección escrita detrás.

Reconocí inmediatamente la letra.

Mi corazón dio un salto.

—Esa letra es de Nathan.

Gabriel asintió.

—Encontré esto entre las pertenencias de Sofia después de su muerte.

Retrocedí.

—¿Mi exmarido conocía a tu esposa?

—Eso intento descubrir desde hace tres años.

El aire desapareció de la habitación.

Gabriel abrió otra carpeta.

Dentro había fotografías de Nathan.

Richard Vale.

Otros hombres que no reconocí.

Y Sofia.

—La muerte de mi esposa fue considerada un accidente —dijo Gabriel—. Yo dejé de creerlo hace mucho tiempo.

Antes de que pudiera responder, uno de sus hombres entró apresuradamente.

—Señor Duca.

Gabriel se volvió.

—¿Qué ocurre?

El hombre me miró antes de hablar.

—Encontramos el vehículo que seguía a la señorita Brooks.

—¿Conductor?

—Se fue antes de que pudiéramos detenerlo.

Sacó una bolsa transparente.

Dentro había un teléfono desechable.

—Pero dejó esto.

Gabriel encendió el aparato.

Sólo había una conversación guardada.

El último mensaje había llegado hacía nueve minutos.

Gabriel lo leyó.

Su rostro se endureció.

Me entregó el teléfono.

Y sentí que la sangre se me congelaba.

“Si Olivia descubre lo que Nathan hizo con Sofia, ambos estamos acabados.”

Debajo apareció otro mensaje.

Esta vez contenía una fotografía tomada desde fuera de la casa.

Se veía una ventana del segundo piso.

La habitación donde Emma y Ella dormían.

Y una última frase:

“Esta vez, asegúrate de que no quede nadie que pueda hablar.”

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