PARTE 2: MI EXMARIDO CREYÓ QUE LOS TRES HOMBRES HABÍAN VENIDO A COMPETIR POR MÍ, HASTA QUE MI PADRE ENTRÓ AL HOSPITAL Y REVELÓ LA VERDAD QUE LE OCULTÉ DURANTE TODO NUESTRO MATRIMONIO.

La expresión de Ethan cambió apenas.

Pero después de haber estado casada con él cuatro años, sabía reconocer cada pequeña grieta en su máscara.

—Necesito hablar con la familia inmediata —dijo.

Leo levantó una ceja.

—Soy su hermano.

—Adoptivo —aclaró Ethan.

Leo dejó de sonreír.

—Qué curioso que sepa eso cinco minutos después de conocerme.

Adrian dio un paso adelante.

—Doctor Cole, Olivia necesita una operación, no un interrogatorio.

Nate añadió:

—Así que hable de medicina.

Tuve que contener una sonrisa.

Ethan respiró hondo y explicó finalmente que la inflamación había avanzado y que no convenía retrasar la cirugía.

Adrian hizo preguntas precisas.

Leo quería saber cuánto tiempo tardaría en recuperarme.

Nate preguntó quién estaría a cargo del procedimiento.

Ethan respondió todo profesionalmente.

Hasta que Leo preguntó:

—¿Usted la operará?

Silencio.

—Sí.

Los tres me miraron.

Yo asentí.

—Es un excelente cirujano.

Ethan volvió los ojos hacia mí.

Por primera vez aquella mañana pareció sorprendido por algo que no fuera mi familia.

—Nunca dije que fueras mal médico —añadí—. Dije que eras un tronco seco con estetoscopio. Son cosas distintas.

Nate soltó una carcajada.

Incluso Adrian tuvo que mirar hacia otro lado.

Ethan apretó la mandíbula.

Entonces apareció una enfermera.

—Doctor Cole, la señorita Vanessa Whitmore lo está buscando.

Reconocí inmediatamente el nombre.

Su primer amor.

La heredera elegante de la que habían hablado las enfermeras.

Ethan se tensó.

—Dígale que estoy trabajando.

La enfermera dudó.

—Dice que es urgente.

—Entonces que espere.

Aquello sí me sorprendió.

Tres años atrás, Ethan nunca hacía esperar a Vanessa.

De hecho, nuestra última discusión matrimonial había comenzado precisamente por ella.

Pero ya no importaba.

—Ve —dije—. Aquí tengo familia suficiente.

Sus ojos se endurecieron.

—No necesito que me des permiso.

—Perfecto. Entonces deja de mirarme como si lo necesitaras.

Ethan salió.

Leo esperó a que la puerta se cerrara.

—¿Ese es el idiota?

—Leo.

—Sólo pregunto.

Adrian acomodó tranquilamente su reloj.

—Definitivamente es el idiota.

—Gracias, Adrian.

Nate se inclinó hacia mí.

—Puedo pincharle las cuatro ruedas.

—No.

—Tres.

—Nate.

—Dos sería razonable.

Me reí.

Y por primera vez desde que había entrado al hospital, dejé de sentirme sola.

La cirugía estaba programada para las cuatro.

Pero a las tres y veinte todo cambió.

Una enfermera entró apresuradamente.

Mi dolor había aumentado.

La fiebre también.

Ethan apareció detrás de ella y su expresión ya no contenía ninguna burla.

—Entramos ahora.

Leo se puso de pie.

—¿Qué pasó?

—No voy a esperar más.

Ethan se acercó a mi cama.

—Olivia, necesito que me escuches.

Lo miré.

—Hay señales de complicación. Vamos a adelantarnos.

Por primera vez desde nuestro divorcio, su voz sonó exactamente como la recordaba de los momentos difíciles de nuestro matrimonio.

Calmada.

Firme.

Extrañamente protectora.

Extendió la mano hacia la barandilla de mi cama.

—Voy a sacarte de ésta.

Sonreí débilmente.

—Eso espero. Mi familia tiene abogados excelentes.

Casi sonrió.

Entonces las puertas se abrieron.

Y apareció un hombre de cabello gris con un traje oscuro sencillo.

Adrian se enderezó inmediatamente.

Leo dejó de bromear.

Hasta Nate dio un paso atrás.

—Papá —murmuré.

Ethan se quedó inmóvil.

Richard Cole jamás había conocido personalmente a mi padre durante nuestro matrimonio.

Yo había mantenido ambas partes de mi vida separadas por una razón.

Mi padre se acercó directamente a mí y me besó la frente.

—Me enteré hace cuarenta minutos.

—Estoy bien.

—Eso decidirá el médico.

Entonces levantó la vista.

Sus ojos encontraron a Ethan.

—Doctor Cole.

Ethan pareció reconocerlo.

Y entendí exactamente cuándo ocurrió.

Mi padre aparecía regularmente en revistas financieras.

Alexander Hartwell.

Fundador de Hartwell Capital.

El hombre que había construido una de las mayores firmas privadas de inversión del país.

Ethan me miró.

—Hartwell…

—Mi padre —respondí.

La habitación quedó en silencio.

Leo sonrió.

—Ahora ya conoce al cuarto familiar.

Mi padre no preguntó por nuestro divorcio.

No hizo ninguna escena.

Sólo dijo:

—¿Puede salvar a mi hija?

Ethan recuperó inmediatamente su expresión profesional.

—Sí.

—Entonces haga su trabajo.

Me llevaron al quirófano minutos después.

Cuando desperté, habían pasado casi cinco horas.

Mi padre dormía en una silla.

Leo estaba tirado en el sofá.

Adrian trabajaba con una computadora sobre las piernas.

Nate había conseguido comida para medio hospital.

Y junto a la puerta estaba Ethan.

Todavía llevaba ropa quirúrgica.

—Salió bien —dijo.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—No mucho.

Adrian levantó la vista.

—Cuarenta y siete minutos.

Ethan le lanzó una mirada.

Yo sonreí.

—Gracias por operarme.

Él asintió.

Parecía querer decir algo más.

Pero mi teléfono vibró.

Adrian lo recogió antes que yo.

Su expresión cambió.

—Olivia.

—¿Qué?

Me mostró la pantalla.

Era una notificación bancaria.

Una transferencia de 480,000 dólares había sido rechazada desde una cuenta conjunta antigua.

Una cuenta que yo creía cerrada desde el divorcio.

Ethan vio la cifra.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Yo fruncí el ceño.

—Esa cuenta no debería existir.

Adrian ya estaba abriendo su computadora.

—No sólo existe.

Sus dedos comenzaron a moverse rápidamente.

—Ha tenido actividad durante tres años.

Sentí que el sueño desaparecía de golpe.

Yo era contadora.

Sabía exactamente qué buscar.

—Dame la computadora.

—Acabas de salir de cirugía.

—Adrian.

Me la entregó.

Revisé los movimientos.

Depósitos.

Transferencias.

Sociedades que no reconocía.

Y una autorización que todavía aparecía vinculada a mi nombre.

—¿Qué demonios es esto?

Ethan se acercó.

—Olivia, yo no sabía…

Me detuve.

Había encontrado el primer documento.

Una firma digital.

Mi firma.

Sólo había un problema.

Yo jamás había firmado aquello.

Mi padre se despertó al escuchar mi voz.

—¿Qué ocurre?

Giré la pantalla.

—Alguien utilizó mi identidad después del divorcio.

Ethan se quedó rígido.

Adrian abrió otro archivo.

Entonces dejó de escribir.

—Olivia, tienes que ver esto.

En la pantalla apareció el beneficiario principal de una de las sociedades.

Leí el nombre una vez.

Luego otra.

Vanessa Whitmore.

La misma mujer que acababa de venir al hospital buscando a Ethan.

Él negó inmediatamente.

—No.

Pero yo ya había encontrado algo peor.

La primera autorización fraudulenta tenía fecha de tres días antes de que nuestro divorcio fuera definitivo.

Y el médico registrado como testigo de mi supuesta firma era alguien que conocía perfectamente.

Levanté lentamente los ojos.

Ethan siguió mi mirada hacia la pantalla.

Entonces también vio el nombre.

Su rostro perdió todo el color.

Porque debajo de mi firma falsificada aparecía claramente:

TESTIGO: DR. ETHAN COLE.

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