PARTE 2: SIETE AÑOS DESPUÉS, JULIÁN CREYÓ QUE YO SEGUÍA ESPERANDO LA PROPUESTA NÚMERO CIEN, PERO CUANDO DESCUBRIÓ POR QUÉ HABÍA REGRESADO A LA BASE ENTENDIÓ QUE ME HABÍA PERDIDO PARA SIEMPRE.

A la mañana siguiente de descubrir que nuestros ahorros habían desaparecido, hice algo que Julián jamás imaginó.

No lloré.

No discutí.

No le pedí por centésima vez que me eligiera.

Solicité mi traslado.

Había una plaza disponible en una unidad especializada al otro lado del país y llevaba meses rechazándola porque no quería alejarme de Julián.

Esta vez firmé sin dudar.

Después fui al banco, retiré los 2.184 yuanes restantes y dejé exactamente la mitad.

No quería nada que pudiera convertirse después en una excusa para volver.

Cuando regresé, Camila estaba preparando café.

—Señora Elena, ¿quiere desayunar?

—No.

Entré en mi habitación y saqué una maleta.

Julián regresó esa tarde y me encontró doblando el último uniforme.

—¿Adónde vas?

—Me trasladaron.

Su expresión cambió.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy.

—¿Y decidiste eso sin hablar conmigo?

Lo miré.

Por primera vez, aquella pregunta me pareció absurda.

—Tú te casaste sin hablar conmigo.

Julián quedó en silencio.

Luego vio que mi lado del armario estaba vacío.

—Elena, deja de comportarte impulsivamente.

Cerré la maleta.

—Llevo ocho años esperando. Créeme, esto es lo menos impulsivo que he hecho en mi vida.

Me sujetó de la muñeca.

—Te dije que me divorciaré de Camila.

—Dentro de cuatro años.

—Si eso es lo necesario.

Sonreí.

—Entonces espero que sean felices.

—¡No la amo!

—Ese ya no es mi problema.

Sus dedos se aflojaron.

Creo que fue la primera vez que comprendió que yo hablaba en serio.

—¿Cuándo volverás?

Tomé la maleta.

—No voy a volver.

Me fui aquella misma noche.

Julián llamó durante semanas.

Después durante meses.

Nunca respondí.

Supe por antiguos compañeros que Camila consiguió el ascenso antes de lo previsto y que el matrimonio terminó poco después.

También supe que Julián había preguntado por mí.

Nunca pregunté por él.

Y ahora, siete años después, estábamos sentados juntos otra vez.

Cuando terminó la reunión del ejercicio conjunto, recogí mis documentos.

Julián habló antes de que pudiera levantarme.

—¿Podemos hablar?

—Estamos hablando.

—A solas.

Lo miré.

—Cinco minutos.

Salimos al corredor.

La puerta se cerró detrás de nosotros.

Durante varios segundos, Julián simplemente me observó.

—Cambiaste.

—Siete años suelen hacer eso.

—Nunca contestaste mis llamadas.

—No había nada que hablar.

Apretó la mandíbula.

—Me divorcié.

—Lo sé.

Pareció sorprendido.

—¿Lo sabías?

—La gente habla.

Se acercó un poco.

—El matrimonio duró menos de un año después de que te marcharas.

No respondí.

—Camila consiguió estabilidad. Su familia dejó de perseguirla. Hice lo que prometí y terminé aquello.

—Me alegro por ella.

Julián frunció el ceño.

Evidentemente esperaba otra reacción.

—Elena, después del divorcio intenté encontrarte.

—También lo sé.

—Entonces sabes que no estuve con nadie durante siete años.

Lo miré con calma.

—¿Quieres una medalla?

Su rostro se endureció.

—Quiero que entiendas lo que significa.

—Lo entiendo perfectamente. Elegiste estar solo.

—Te esperé.

Aquellas dos palabras casi me hicieron reír.

—No, Julián.

Di un paso hacia él.

Esperar fue lo que hice yo durante ocho años.

Su rostro cambió.

—Te propuse matrimonio noventa y nueve veces. Esperé cada cumpleaños, cada permiso, cada ascenso. Esperé mientras me decías que todavía no estabas listo. Y cuando finalmente estuviste listo para firmar un certificado, lo hiciste por otra mujer.

—Fue para protegerla.

—Y destruiste nuestra relación para hacerlo.

Julián bajó la voz.

—Cometí un error.

—Sí.

—Puedo arreglarlo.

Negué lentamente.

—Ese es exactamente tu problema. Sigues creyendo que mi vida quedó congelada cuando me fui.

Por primera vez apareció incertidumbre en sus ojos.

—¿Qué quieres decir?

Antes de responder, escuchamos pasos.

Un oficial joven apareció al final del corredor.

—Coronel Serrano, la están esperando para la presentación.

Julián giró bruscamente hacia mí.

—¿Coronel?

Asentí.

No había regresado como aquella joven que vivía pendiente de él.

Durante siete años había construido una carrera propia.

Había dirigido operaciones, completado estudios avanzados y recibido un mando que jamás habría aceptado si hubiera seguido organizando mi vida alrededor de Julián.

—Tengo que irme.

Él volvió a bloquearme el paso.

—Cena conmigo esta noche.

—No.

—Elena.

—General Álvarez, tenemos trabajo.

La formalidad lo golpeó.

Me alejé.

Pero esa noche ocurrió algo que no esperaba.

Durante la recepción oficial, Julián apareció frente a mí con una pequeña caja.

Varias personas reconocieron inmediatamente lo que era.

El salón quedó en silencio.

Julián abrió la caja.

Dentro había un anillo.

—Tal vez llegué siete años tarde —dijo—, pero todavía recuerdo las noventa y nueve veces.

Sentí decenas de miradas sobre nosotros.

Entonces se arrodilló.

—Permíteme hacer la número cien.

Alguien dejó escapar una exclamación emocionada.

Yo permanecí inmóvil.

Siete años atrás habría llorado de felicidad.

Ahora solo sentía una profunda tristeza por la mujer que había esperado tanto para vivir aquel momento.

Cerré suavemente la caja.

—Llegaste tarde, Julián.

Su sonrisa desapareció.

—Podemos empezar de nuevo.

—Yo ya empecé de nuevo.

Me di vuelta.

Entonces una voz infantil atravesó el salón.

—¡Mamá!

Julián se quedó rígido.

Una niña de unos cinco años corrió hacia mí desde la entrada.

Me agaché y ella se lanzó a mis brazos.

—¿Terminaste?

—Casi, cariño.

Cuando levanté la mirada, Julián estaba completamente pálido.

Sus ojos pasaron de la niña a mí.

—Elena…

No tuve tiempo de responder.

Un hombre entró detrás de ella llevando mi abrigo.

Caminó hacia nosotras con naturalidad, besó a la pequeña en la frente y después me entregó el abrigo.

Julián miró la alianza en mi mano.

Comprendió finalmente.

—¿Estás casada?

—Desde hace seis años.

Pareció recibir un golpe.

—¿Y ella…?

Miré a mi hija.

—Nuestra hija.

Julián cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba esperanza en ellos.

Solo arrepentimiento.

—Entonces realmente me olvidaste.

Negué.

—No.

Su mirada se iluminó apenas.

Pero terminé la frase.

Te perdoné. Es diferente.

Tomé la mano de mi hija y la de mi esposo.

Antes de marcharme miré una última vez al hombre al que alguna vez había querido entregarle toda mi vida.

—La propuesta número cien habría funcionado hace siete años, Julián.

Hice una pausa.

—Pero después de noventa y nueve rechazos, aprendí algo que debería haber entendido desde el primero: el amor que tienes que suplicar nunca será el amor que mereces.

Y esta vez fui yo quien se marchó.

Sin esperar que me siguiera.

Sin mirar atrás.

Porque algunas historias no terminan cuando finalmente te eligen.

Terminan cuando descubres que ya no necesitas ser elegida.

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