PARTE 2: CLARA CREYÓ QUE HABÍA SALVADO A UN DESCONOCIDO Y NUNCA VOLVERÍA A VERLO, HASTA QUE EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE LA CIUDAD ENTRÓ EN SU RESTAURANTE PREGUNTANDO POR LA MUJER QUE LLEVABA SU SANGRE.

Tres días después, Clara había conseguido convencerse de que aquella noche en St. Jude no significaba nada.

Un desconocido necesitaba sangre.

Ella podía dársela.

Fin de la historia.

Al menos eso pensó hasta que cuatro vehículos negros se detuvieron frente al Starlight Diner.

Eran las 8:17 de la mañana.

Clara estaba sirviendo café cuando las conversaciones comenzaron a apagarse.

Del primer vehículo bajaron dos hombres con trajes oscuros.

Después otros cuatro.

Ninguno parecía policía.

Pero todos tenían esa forma de observar las puertas, las ventanas y las manos de las personas que hizo que Clara sintiera un escalofrío.

Su jefe, Marty, salió de la cocina.

—¿Qué demonios pasa?

Entonces se abrió la puerta del tercer vehículo.

El hombre que bajó estaba pálido.

Se movía con cuidado, como alguien que todavía debía estar en una cama de hospital.

Llevaba un abrigo negro perfectamente cortado y, debajo, Clara alcanzó a distinguir el borde de una venda médica.

No necesitó reconocer su rostro.

Reconoció primero la mano.

Aquellos dedos largos y fuertes eran los mismos que había visto caer inmóviles de una camilla tres noches atrás.

Clara dejó lentamente la cafetera.

El hombre entró.

Todo el restaurante quedó en silencio.

Marty perdió el color del rostro.

—Señor Salvatore.

Clara frunció el ceño.

El apellido le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

Leo Salvatore.

Incluso personas como ella, que trabajaban catorce horas diarias y no tenían tiempo para seguir las noticias, conocían aquel nombre.

Empresas inmobiliarias.

Clubes privados.

Contratos portuarios.

Restaurantes.

Y rumores que nadie repetía demasiado alto.

Leo Salvatore era el hombre al que la ciudad llamaba empresario cuando había cámaras y jefe de la mafia cuando no las había.

Clara sintió que el estómago se le hundía.

Leo recorrió el restaurante con la mirada.

—Busco a Clara Hayes.

Marty señaló hacia ella inmediatamente.

Traidor.

Leo la observó.

No sonrió.

Se acercó despacio hasta quedar frente al mostrador.

—¿Clara Hayes?

—Depende de quién pregunte.

Uno de sus hombres pareció sorprendido.

Leo, en cambio, mostró apenas una sombra de diversión.

—Leo Salvatore.

—Ya lo imaginé.

Sus ojos descendieron hacia el pequeño moretón amarillento que todavía quedaba en el brazo de Clara.

Su expresión cambió.

—Tú estabas en St. Jude.

Clara comprendió.

—¿Cómo consiguió mi nombre?

—Eso no importa.

—Para mí sí.

Leo guardó silencio unos segundos.

—Me dijeron que habría muerto antes de llegar al quirófano si alguien no hubiera aparecido con mi tipo de sangre.

Clara tomó otra taza.

—Entonces tuvo suerte.

—No creo en la suerte.

—Yo sí.

Comenzó a llenar la taza.

Leo puso una mano sobre el mostrador.

—Quiero pagarte.

Clara se detuvo.

—No.

—Todavía no sabes cuánto.

—Eso no cambia la respuesta.

—Un millón de dólares.

La cafetera casi se le escapó de las manos.

Marty soltó un ruido ahogado.

Clara pensó en el alquiler.

En las facturas.

En los medicamentos de Owen.

En todo lo que un millón de dólares podría arreglar.

Precisamente por eso respondió:

—No.

Leo la estudió con una intensidad inquietante.

—¿Por qué?

—Porque entonces dejaría de ser una donación.

Por primera vez, el hombre sonrió realmente.

—Interesante.

—¿Terminamos?

—No.

Clara levantó la mirada.

Leo se inclinó ligeramente.

—Los Salvatore pagamos nuestras deudas.

—Entonces done un millón al hospital.

—Mi deuda no es con el hospital.

—Pues tendrá que aprender a vivir con una deuda.

Durante un instante nadie respiró.

Entonces Leo hizo algo inesperado.

Se rio.

Muy suavemente.

—Ahora entiendo por qué sobreviví.

Se marchó sin añadir nada.

Clara creyó que aquello había terminado.

Se equivocó.

Esa tarde encontró una bolsa con los medicamentos de Owen frente a su apartamento.

Había suficiente para seis meses.

Clara llamó al número de la farmacia.

—¿Quién pagó esto?

La empleada dudó.

—La cuenta ya estaba cubierta.

—¿Por quién?

—No puedo darle esa información.

Clara supo la respuesta.

Al día siguiente devolvió todos los medicamentos adicionales.

Esa noche alguien pagó tres meses de alquiler.

Clara hizo que el administrador devolviera el dinero.

Dos días después, el cardiólogo de Owen llamó.

—Tenemos una plaza disponible en un programa especializado.

Clara cerró los ojos.

—¿Quién llamó?

Silencio.

—Señorita Hayes…

—¿Fue Salvatore?

El médico no respondió.

Eso fue suficiente.

Clara colgó y llamó al número de la tarjeta que uno de los hombres de Leo había dejado en el restaurante.

Él respondió personalmente.

—Clara.

—Deje de meterse en mi vida.

—Estoy pagando una deuda.

—Está comprando acceso.

Hubo una pausa.

—¿Hay diferencia?

—Una enorme.

Leo pareció considerar aquello.

—Entonces dime cómo pagarla.

—No puede.

—Todo puede pagarse.

—Mi sangre no.

Clara colgó.

Aquella noche encontró a Owen sentado frente a la computadora.

—Clara.

Algo en su voz la alarmó.

—¿Qué pasa?

Giró la pantalla.

Había una noticia sobre el tiroteo ocurrido la noche en que Leo llegó al hospital.

Tres hombres habían sido encontrados muertos en un almacén.

Leo Salvatore había sobrevivido.

La policía sospechaba de una guerra entre organizaciones criminales.

—¿Ese es el hombre al que salvaste? —preguntó Owen.

Clara no respondió.

—Dios mío.

—No sabía quién era.

—Eso no importa si alguien más descubre quién eres tú.

Las palabras se quedaron suspendidas.

Clara sintió frío.

—¿Qué quieres decir?

Owen señaló otro artículo.

Según el reportaje, los responsables del ataque todavía estaban siendo buscados.

Si alguien había querido asegurarse de que Leo muriera, entonces la persona cuya sangre había frustrado aquel plan podía convertirse en un problema.

A las 2:13 de la madrugada, Clara despertó con un ruido.

Vidrios.

Se incorporó.

—Owen.

Su hermano apareció en la puerta.

—Lo escuché.

Clara tomó el teléfono.

Entonces vio una sombra moverse detrás de la cortina de la sala.

Antes de que pudiera llamar a emergencias, tres golpes secos sonaron en la puerta.

—Clara Hayes —dijo una voz masculina—. Abra.

Owen retrocedió.

—No abras.

La voz volvió a sonar.

—Señorita Hayes, sabemos lo que hizo en St. Jude.

El corazón de Clara comenzó a golpear violentamente.

Entonces escuchó otro sonido.

Un automóvil frenando abajo.

Después varios pasos.

Un grito.

Un golpe.

Silencio.

Clara sujetó a Owen detrás de ella.

La puerta recibió otros tres golpes.

Esta vez llegó una voz distinta.

Una que reconoció inmediatamente.

—Clara.

Leo.

Ella abrió apenas después de mirar por la mirilla.

Leo estaba allí acompañado por dos hombres.

Su expresión ya no tenía nada de divertida.

—¿Qué está haciendo aquí?

—Salvándote la vida.

—¿De quién?

Leo miró hacia las escaleras.

—De las personas que intentaron matarme.

Clara palideció.

—¿Por qué vendrían por mí?

Él sostuvo su mirada.

—Porque alguien dentro de St. Jude vendió la información de mi transfusión.

Clara sintió que se le aflojaban las rodillas.

—Mi nombre era confidencial.

—Lo era.

Leo sacó un teléfono.

En la pantalla había una fotografía.

Clara saliendo del hospital aquella madrugada.

Debajo aparecían su nombre completo.

Su dirección.

Y el nombre de Owen.

Pero había algo más.

Una cantidad: 250.000 dólares.

—¿Qué significa eso?

Leo levantó los ojos hacia ella.

—Es el precio que ofrecieron por encontrar a la mujer que me mantuvo vivo.

Owen dejó escapar una respiración temblorosa.

Clara miró hacia el pasillo oscuro.

—Voy a llamar a la policía.

—Hazlo.

La respuesta la sorprendió.

—Pero hasta que sepamos quién vendió tus datos, este apartamento dejó de ser seguro.

—No voy a ninguna parte con usted.

Leo dio un paso hacia ella.

—Entonces tendré hombres en cada salida del edificio.

—No puede controlar mi vida.

—No estoy intentando controlarla.

Su voz se volvió más baja.

—Estoy intentando impedir que alguien termine lo que empezó aquella noche.

Entonces uno de los hombres de Leo apareció corriendo desde las escaleras.

—Jefe.

Le entregó una cartera recuperada del hombre que había huido.

Dentro había dinero, una fotografía de Clara y una tarjeta de acceso.

Leo observó la tarjeta.

Y su rostro cambió.

Clara la reconoció también.

Era una credencial del Starlight Diner.

Pero cuando vio el nombre impreso debajo de la fotografía, dejó de respirar.

Porque pertenecía a alguien que había trabajado junto a ella durante los últimos tres años.

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