PARTE 2: LORENZO CREYÓ QUE EL ENEMIGO ESTABA FUERA DE SU MANSIÓN, HASTA QUE DESCUBRIMOS QUÉ HABÍAN ESTADO PONIENDO EN LOS BIBERONES DE SU HIJO Y QUIÉN TENÍA ACCESO A ELLOS.

El clic de la cerradura cambió por completo la expresión de Lorenzo.

Un segundo antes me apuntaba a mí.

Al siguiente, el arma estaba dirigida hacia la puerta.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Leo comenzó a inquietarse contra mi pecho.

Lo cubrí rápidamente con una manta mientras Lorenzo cruzaba la habitación y probaba el picaporte.

Cerrado.

Entonces volvió a escucharse aquella voz desde el pasillo.

—Elena.

Sentí que la sangre se me helaba.

Lorenzo giró hacia mí.

—¿Quién sabe tu nombre?

—Todos los empleados.

—No de esa manera.

Tenía razón.

Aquella persona no había llamado para preguntarme nada.

Había pronunciado mi nombre como una advertencia.

Lorenzo sacó su teléfono.

Sin señal.

Miró el suyo, después el monitor de Leo.

—Han bloqueado las comunicaciones de esta planta.

Aquello ya no parecía una coincidencia.

Leo volvió a buscar alimento.

Lorenzo bajó los ojos hacia él.

Su expresión cambió.

—¿Cuánto ha tomado?

—Más de lo que probablemente tomó durante todo el día.

Me miró con dureza.

—Los médicos dijeron que no podía alimentarse.

—Quizá porque nunca estaba recibiendo lo que ellos creían.

Señalé la mesa.

Había dos biberones preparados.

Uno estaba casi lleno.

—¿Qué quieres decir?

—Necesito verlos.

Lorenzo dudó.

Luego me permitió acercarme.

No era médica.

Pero durante semanas había vivido rodeada de biberones, horarios y recomendaciones para alimentar a Lily cuando todavía creía que volvería del hospital con ella.

Tomé uno.

La mezcla parecía demasiado aguada.

Y había algo más.

Un residuo blanquecino adherido al fondo.

—¿Siempre se ve así?

Lorenzo frunció el ceño.

—No lo sé.

Aquella respuesta lo golpeó.

Un hombre capaz de conocer cada movimiento de sus enemigos no sabía quién preparaba exactamente la comida de su propio hijo.

Miramos simultáneamente a la enfermera.

Seguía inconsciente.

Lorenzo se acercó y comprobó su pulso.

—Está viva.

Entonces olió la copa.

Su expresión se endureció.

—Esto no es sólo vino.

Le arrebaté el vaso antes de que pudiera tirarlo.

—Guárdelo.

—¿Por qué?

—Porque si alguien la dejó inconsciente, esto es evidencia.

Lorenzo me observó de una manera distinta.

Ya no como a una sirvienta.

—¿Quién eres realmente?

Sentí un dolor seco en el pecho.

—Una madre que aprendió demasiado tarde que ignorar las señales puede costarte todo.

No preguntó más.

De repente se escuchó un golpe contra la puerta.

—¡Señor Rossi!

Lorenzo reconoció la voz.

—Matteo.

—Apártese.

Segundos después, la cerradura cedió.

Dos hombres armados entraron.

Matteo, jefe de seguridad de Lorenzo, miró primero el arma de su jefe, después a mí y finalmente a Leo.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué está pasando?

—Cierra esta planta —ordenó Lorenzo—. Nadie sale de la propiedad.

—¿Nadie?

Nadie.

Lorenzo levantó el biberón.

—Y llama al doctor Bellini. Quiero analizar esto.

La enfermera fue trasladada bajo vigilancia.

Los biberones, la copa y todo lo encontrado en la guardería quedaron separados.

Yo intenté devolverle a Leo.

Lorenzo no extendió los brazos.

—Todavía tiene hambre.

Aquellas cuatro palabras casi me quebraron.

Miré al bebé.

No era Lily.

Nunca podría serlo.

Pero su pequeña mano estaba cerrada alrededor de mi dedo.

Me senté otra vez.

—Sólo hasta que llegue el médico.

Lorenzo asintió.

Una hora después, el doctor Bellini entró furioso.

—¿Quién alteró la alimentación?

Lorenzo se levantó.

—Explícate.

El médico colocó varios informes sobre la mesa.

—La fórmula que guardábamos sellada tiene la concentración correcta. El contenido del biberón de la guardería no.

—¿Está diluida?

—Muchísimo.

Sentí un escalofrío.

Bellini continuó.

—Eso explicaría parte de la pérdida de peso. Leo parecía alimentarse, pero recibía mucho menos de lo necesario.

Lorenzo quedó inmóvil.

—¿Y el residuo?

El médico tardó demasiado en responder.

—Necesito pruebas completas antes de afirmarlo.

—Dímelo.

—Encontramos indicios de una sustancia que no debería estar en un biberón infantil. Necesito que el laboratorio determine exactamente qué es.

La habitación quedó en silencio.

Lorenzo miró hacia la puerta.

—¿Quién prepara sus biberones?

Bellini respondió:

—La fórmula llega sellada. Después la prepara el personal asignado a la guardería.

—Nombres.

Matteo abrió una tableta.

Había cuatro.

La enfermera nocturna.

Otra enfermera.

El ama de llaves.

Y…

Matteo dejó de hablar.

Lorenzo levantó lentamente la mirada.

—Continúa.

—Su hermana, Bianca, tiene autorización para entrar.

El rostro de Lorenzo se volvió inexpresivo.

—Bianca adora a Leo.

—No estoy acusando a nadie.

—Entonces averigua quién tocó esos biberones.

Matteo salió.

Yo miré a Lorenzo.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—Si alguien quisiera matar al bebé, podría haber hecho algo mucho más rápido.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Sigue.

—Esto parece diseñado para que se debilitara lentamente.

Lorenzo comprendió inmediatamente.

Para que pareciera una enfermedad.

Antes de que pudiera responder, Matteo regresó.

Esta vez estaba pálido.

—Encontramos las grabaciones.

—¿Qué grabaciones?

—La cámara del pasillo de la guardería llevaba semanas reportándose como averiada.

—Lo sé.

—No estaba averiada.

Lorenzo se levantó.

Matteo colocó la tableta sobre la mesa.

—Alguien desactivó el acceso desde su sistema principal, pero las copias seguían almacenándose en un servidor secundario.

Abrió un archivo.

La fecha era de seis noches antes.

Apareció la enfermera preparando un biberón.

Lo dejó sobre la mesa y salió.

Treinta segundos después entró una figura.

No pude distinguir su rostro al principio.

La persona tomó el biberón.

Abrió algo.

Vertió una pequeña cantidad.

Lo agitó.

Y salió.

Lorenzo adelantó la grabación.

Otra noche.

La misma figura.

Después otra.

—Acerca la imagen —ordenó.

Matteo obedeció.

La persona giró ligeramente hacia la cámara.

Lorenzo dejó de respirar.

Yo también.

No era su hermana.

Era un hombre.

Y Lorenzo lo conocía.

—Imposible —murmuró.

Entonces escuchamos gritos abajo.

Un guardia apareció en la puerta.

—Señor Rossi, tenemos un problema.

—¿Qué?

—El hombre de la grabación acaba de intentar abandonar la finca.

Lorenzo levantó su arma.

—Deténganlo.

El guardia no se movió.

—Ya lo hicimos.

—Entonces tráiganlo.

—No puede venir.

La mandíbula de Lorenzo se tensó.

—¿Por qué?

El guardia tragó saliva.

—Porque llevaba una fotografía de Elena en el bolsillo.

Mi corazón se detuvo.

Lorenzo giró hacia mí.

—¿Una fotografía tuya?

—No entiendo.

—Hay más —dijo el guardia.

Sacó una bolsa transparente.

Dentro había una fotografía vieja.

Yo estaba embarazada.

A mi lado aparecía mi exnovio.

Y detrás, escrito con tinta negra, había un mensaje.

“LA MUJER YA PERDIÓ A SU PRIMER BEBÉ. ASEGÚRATE DE QUE ROSSI TAMBIÉN PIERDA EL SUYO.”

Sentí que las piernas me fallaban.

Lorenzo tomó la fotografía.

Su mirada descendió hacia el hombre que aparecía junto a mí.

—¿Quién es él?

No pude responder inmediatamente.

Porque acababa de comprender algo mucho peor.

Mi ex no había desaparecido después de la muerte de Lily.

Había encontrado la mansión Rossi antes que yo.

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