Niko Santoro se quedó mirándome.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
La habitación era enorme.
Demasiado enorme.
Un ático en la Quinta Avenida que parecía más una fortaleza que un hogar.
Había ventanas de cristal con una vista perfecta de Manhattan.
Muebles elegantes.
Obras de arte que probablemente costaban más que muchos apartamentos.
Pero yo solo podía pensar en una cosa.
La puerta cerrada.
El hombre frente a mí.
Y el hecho de que, oficialmente, acababa de convertirme en la esposa de alguien que apenas sabía mi nombre.
Niko dejó su chaqueta sobre una silla.
—Tenemos que hablar de algunas reglas.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Ese tipo de calma que daba más miedo que un grito.
Me crucé de brazos.
—¿Reglas?
Él asintió.
—Este matrimonio existe por razones que ambos conocemos.
No respondí.
—No voy a fingir que esto fue una historia de amor.
Sus palabras dolieron más de lo que esperaba.
Aunque sabía que tenía razón.
—Entonces dime qué esperas de mí.
Niko me observó.
Como si estuviera buscando una respuesta específica.
—Discreción.
Pausa.
—Lealtad.
Otra pausa.
—Y que no me avergüences.
Sentí una punzada de rabia.
Porque exactamente eso pensaba todo el mundo de mí.
La hija caprichosa de Arthur Shaw.
La chica de las fiestas.
La heredera sin control.
Nadie veía más allá de las fotografías.
Nadie veía las noches estudiando hasta las tres de la mañana.
Las becas que había ganado.
Las horas ayudando en clínicas legales para personas que no podían pagar abogados.
Nadie.
Ni siquiera él.
—¿Eso es todo?
Pregunté.
Niko frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué más debería haber?
Lo miré.
Y por primera vez decidí dejar de intentar convencer a alguien que ya había decidido juzgarme.
—Nada.
Me giré.
—Buenas noches.
Pero cuando estaba a punto de alejarme, su voz me detuvo.
—Espera.
No me moví.
—¿Qué?
Hubo un silencio extraño.
Cuando volvió a hablar, su voz era diferente.
Menos fría.
—Estás asustada.
Negué.
—No.
—Sí.
Su respuesta fue inmediata.
—Pero estás intentando que nadie lo note.
Me quedé quieta.
Porque esa era la primera vez que parecía verme realmente.
No como un apellido.
No como una obligación.
Como una persona.
—No tienes que fingir conmigo.
Solté una pequeña risa.
—Qué curioso.
Lo miré.
—Porque tú ya decidiste quién soy.
Niko guardó silencio.
Y por primera vez pareció incómodo.
Esa noche dormí en la habitación de invitados.
No porque él me lo pidiera.
Sino porque necesitaba recordar que todavía tenía algo de control sobre mi propia vida.
A la mañana siguiente, esperaba encontrar la misma frialdad.
Pero encontré algo diferente.
Niko estaba en la cocina.
Preparando café.
Me miró entrar.
—Buenos días.
Me sorprendió.
No porque fuera amable.
Sino porque no esperaba nada de él.
—Buenos días.
Hubo silencio.
Luego colocó una taza frente a mí.
—Sin azúcar.
Lo miré.
—¿Cómo sabes cómo lo tomo?
Se encogió de hombros.
—Lo pregunté.
Aquella pequeña acción me desconcertó más que cualquier gesto romántico.
Porque alguien había tomado la molestia de preguntar.
Pasaron dos semanas.
Y descubrí algo extraño.
Niko Santoro no era como los rumores decían.
Sí, era poderoso.
Sí, todos lo respetaban.
Sí, había hombres que bajaban la voz cuando él entraba en una habitación.
Pero dentro de casa era diferente.
No era cruel.
Era reservado.
Cansado.
Un hombre que parecía cargar con el peso del mundo sobre los hombros.
Una noche lo encontré en la biblioteca revisando documentos.
—¿Nunca descansas?
Pregunté.
Levantó la vista.
—¿Siempre haces preguntas cuando estás curiosa?
—Sí.
—¿Y siempre dices lo que piensas?
—Sí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
La primera que vi.
—Eso explica muchas cosas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué cosas?
—Los titulares.
Suspiré.
Ahí estaba.
La antigua imagen.
—Entonces sí los creíste.
Niko dejó el documento.
—¿Creer qué?
—Que soy una chica irresponsable.
Él no respondió inmediatamente.
Y ese silencio confirmó la respuesta.
—Pensé que eras alguien protegida por tu apellido.
Lo miré.
—¿Y ahora?
Bajó la mirada.
—Ahora no estoy seguro.
Tres semanas después de la boda ocurrió algo que cambió todo.
Estábamos en una cena familiar Santoro.
Decenas de personas.
Hombres importantes.
Mujeres elegantes.
Todos observando.
La hermana de Niko, Isabella, sonrió mientras levantaba su copa.
—Debo admitir que todos estábamos preocupados.
La miré.
—¿Preocupados?
—Por Niko.
Hizo una pausa.
—Una esposa como tú parecía una complicación.
Algunas personas rieron.
Antes habría bajado la cabeza.
Antes habría fingido que no dolía.
Pero algo dentro de mí había cambiado.

—¿Una esposa como yo?
Pregunté.
Isabella sonrió.
—Ya sabes.
No terminó la frase.
No hacía falta.
Niko estaba sentado a mi lado.
Esperé.
Esperé que hiciera lo mismo que mi padre.
Callar.
Pero no lo hizo.
—Cuidado.
Su voz cortó la mesa.
Todos dejaron de reír.
Isabella se quedó quieta.
—Mi esposa no es un tema de conversación.
Silencio.
Mi corazón dio un pequeño salto.
No porque necesitara que me defendiera.
Sino porque por primera vez alguien lo hacía.
Esa noche, cuando volvimos al ático, Niko habló.
—Lo siento.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué?
—Por juzgarte antes de conocerte.
No respondí.
Porque no esperaba una disculpa.
—Pensé que sabía quién eras.
Se acercó lentamente.
—Me equivoqué.
Bajé la mirada.
—Todos piensan lo mismo.
—Entonces todos están equivocados.
Lo miré.
Y por primera vez vi algo diferente en sus ojos.
Respeto.
Pero esa misma noche recibimos una llamada.
Era uno de los hombres de confianza de Niko.
Su expresión cambió al escuchar.
—¿Estás seguro?
Pausa.
—No hagas nada hasta que llegue.
Colgó.
Lo observé.
—¿Qué pasó?
Niko dudó.
—Tu padre.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué pasa con él?
Me miró.
—El acuerdo entre nuestras familias no era solo por poder.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces por qué?
Niko caminó hacia la ventana.
—Porque alguien intentó destruir a ambas familias.
Silencio.
—Tu padre no te entregó para proteger su carrera.
Lo miré.
—¿Entonces para qué?
Niko giró.
Y lo que dijo después cambió todo.
—Para mantenerte viva.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Se acercó.
—Arthur Shaw descubrió que alguien dentro de su propia organización estaba planeando atacarlo.
Pausa.
—Y la única forma de protegerte era alejarte de Nueva York.
Negué lentamente.
—No.
—Mariana…
—Mi padre me hizo pensar que me estaba vendiendo.
La voz me tembló.
—Me hizo creer que no le importaba.
Niko bajó la mirada.
—Porque si tú sabías la verdad, podrías actuar diferente.
Silencio.
Entonces entendí.
El miedo en los ojos de mi padre.
La desesperación.
Las manos temblando.
Todo.
Esa noche, por primera vez desde que conocí a Niko Santoro, dejé de verlo como mi enemigo.
Porque él también era una persona atrapada.
Como yo.
Ambos éramos piezas de un juego que otros habían creado.
Antes de dormir, Niko se acercó a la puerta.
—Mariana.
Lo miré.
—¿Sí?
Dudó.
Como si las siguientes palabras fueran difíciles para él.
—Quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
Sus ojos bajaron un segundo.
Luego volvieron a mí.
—El día de nuestra boda…
Pausa.
—Cuando te vi temblando pensé que estabas arrepentida.
No respondí.
—Pero ahora creo que era miedo.
Mi garganta se cerró.
Niko habló más bajo.
—¿Por qué?
Durante años había guardado ese secreto.
Un secreto que ni siquiera mi padre conocía completamente.
Pero por alguna razón, frente a él, ya no quería esconderme.
—Porque nunca había estado con nadie.
El silencio fue absoluto.
Niko se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Respiré profundamente.
—Nunca había tenido una relación.
Nunca había permitido que nadie se acercara de esa forma.
Nunca había sido la mujer que todos creían.
La expresión de Niko cambió por completo.
Porque finalmente entendió.
Todo lo que había asumido.
Todo lo que había creído.
Era falso.
La mujer que todos llamaban imprudente…
había estado protegiendo algo que consideraba sagrado.
Su propia decisión.
Su propia vida.
Niko dio un paso atrás.
Como si necesitara procesarlo.
Y entonces dijo algo que nunca esperaba escuchar.
—Mariana…
Su voz era casi un susurro.
—Creo que eres la primera persona en mi vida a quien todos juzgaron sin conocer.
Pausa.
—Y creo que yo hice exactamente lo mismo.
Afuera, las luces de Manhattan brillaban.
Pero dentro de aquella habitación algo había cambiado.
Porque por primera vez desde que me obligaron a casarme con Niko Santoro…
no sentí que estaba atrapada.
Sentí que quizás…
por primera vez…
alguien finalmente estaba empezando a verme.