PARTE 2: EL TESTAMENTO QUE QUERÍAN CAMBIAR

Gabriel no abrió los ojos.

La puerta de su habitación permanecía entreabierta y podía escuchar las voces con claridad.

—¿Cuánto tiempo más? —preguntó Renata.

—No lo sé —respondió el hombre—. Pero está más débil que hace una semana.

Gabriel sintió que la sangre le golpeaba las sienes.

Reconocía aquella voz.

La había escuchado cientos de veces durante su infancia.

Era una voz que pertenecía a alguien que llevaba quince años muerto.

Su hermano mayor, Alejandro.

El mismo hombre cuyo funeral había presenciado.

El mismo hombre cuya fotografía todavía estaba guardada en una caja en el despacho de su padre.

El mismo hombre cuya muerte había cambiado para siempre a la familia Montero.

Gabriel permaneció inmóvil.

No podía permitirse reaccionar.

—El médico dice que quizá no llegue al próximo mes —continuó Renata.

—Entonces hay que acelerar el trámite.

—El problema es el testamento.

—¿Todavía no lo cambió?

—No.

—Entonces hay que conseguir que lo firme.

Gabriel apretó los dedos debajo de la sábana.

Su testamento.

Eso era lo que buscaban.

Pero ¿por qué necesitaban que él muriera si podían simplemente esperar?

La respuesta llegó segundos después.

—Si Gabriel muere con el documento actual, todo queda dividido entre su esposa, su hermano y la fundación —dijo Renata.

—Exactamente.

—Y tú no apareces.

Alejandro soltó una risa baja.

—Porque oficialmente estoy muerto.

Gabriel sintió que el mundo se detenía.


Cuando escuchó que la puerta se cerraba, esperó varios minutos.

Después se incorporó lentamente.

Laura entró poco después.

—¿Los escuchó?

Gabriel asintió.

—Mi hermano está vivo.

Laura se quedó inmóvil.

—¿Alejandro?

—Sí.

Ella cerró la puerta.

—¿Qué vamos a hacer?

Gabriel miró las dos pastillas que había guardado en el pañuelo.

—Primero, descubrir cuánto tiempo llevan haciendo esto.

Laura sacó su teléfono.

—Tengo otra cosa.

Le mostró una fotografía.

Era una imagen tomada desde el pasillo de la casa.

Ofelia aparecía entregándole una bandeja a Renata.

En la mano de Renata había un frasco.

—La tomé ayer —explicó Laura—. No sabía si serviría.

Gabriel amplió la imagen.

En la etiqueta había un nombre parcialmente visible.

—Necesitamos una copia del medicamento.

Laura negó.

—No voy a tocarlo.

—No.

Gabriel la miró.

—No quiero que hagas nada peligroso.

Tomó el teléfono.

—Quiero pruebas legales.


Esa misma noche, Gabriel llamó a Esteban Ruiz.

No desde su teléfono.

Usó una línea que había instalado años atrás para emergencias empresariales.

—Esteban.

El abogado guardó silencio.

—¿Quién habla?

—Gabriel.

Hubo varios segundos sin respuesta.

—Señor Montero…

—No hagas preguntas. Escucha.

Gabriel le contó todo.

Cuando terminó, Esteban respiró profundamente.

—¿Está seguro de lo que está diciendo?

—Tengo las pastillas.

—No las toque más.

—Ya están guardadas.

—Voy a enviar a alguien de confianza.

Gabriel dudó.

—No. Ven tú.

—¿A la casa?

—Sí.

—Eso puede ser peligroso.

—Precisamente por eso necesito que vengas.


Esteban llegó al día siguiente fingiendo visitar a Gabriel para revisar unos documentos.

Renata intentó impedirle entrar.

—Gabriel necesita descansar.

Esteban sonrió.

—Solo serán diez minutos.

Gabriel estaba sentado en la cama cuando entró.

Parecía más débil que nunca.

Pero sus ojos estaban completamente despiertos.

Esteban cerró la puerta.

—Tenemos un problema enorme.

—Lo sé.

El abogado colocó una carpeta sobre la cama.

—Revisé su testamento actual.

—¿Qué encontraste?

—Hace tres meses alguien solicitó una copia certificada.

—¿Quién?

Esteban lo miró directamente.

—Renata.

Gabriel cerró los ojos.

—¿Y después?

—Después apareció otra solicitud.

—¿De quién?

Esteban tardó unos segundos.

—De Alejandro Montero.

Gabriel abrió los ojos.

—Eso no puede existir.

—Legalmente, no.

Esteban sacó otra hoja.

—Porque Alejandro fue declarado muerto hace quince años.

—Entonces alguien está usando su identidad.

—No.

Esteban negó lentamente.

—Encontré registros recientes.

Compras.

Viajes.

Una cuenta bancaria.

Y una fotografía tomada seis meses atrás.

Gabriel miró la imagen.

El hombre era mayor.

Tenía algunas canas.

Pero no había duda.

Era Alejandro.

Su hermano estaba vivo.


—¿Por qué fingió su muerte? —preguntó Gabriel.

Esteban respondió:

—Todavía no lo sé.

Laura, que estaba junto a la puerta, intervino.

—Quizá no quería que nadie supiera que estaba vivo.

Esteban la miró.

—Eso explicaría muchas cosas.

Gabriel se quedó pensativo.

—¿Qué cosas?

—La empresa.

Esteban abrió otro documento.

—Cuando Alejandro murió, una parte de los activos familiares pasó a su padre. Después, cuando su padre murió, usted heredó esas acciones.

Gabriel asintió.

—¿Y?

—Si Alejandro demuestra que nunca murió, podría reclamar una parte.

Gabriel entendió.

—Pero eso no explica por qué quieren matarme.

Esteban cerró la carpeta.

—Sí lo explica.

Lo miró con gravedad.

—Si usted muere antes de modificar el testamento, Renata recibe una parte importante. Alejandro podría recuperar otra parte utilizando su identidad legal anterior. Y juntos tendrían control suficiente para hacerse con la mayoría de los activos.

Gabriel se quedó en silencio.

—Quieren mi muerte para quedarse con la empresa.

—Exactamente.


Pero había una pieza que todavía no encajaba.

Gabriel recordó algo.

—¿Por qué mi enfermedad comenzó hace dieciocho días?

Esteban lo miró.

—¿Qué ocurrió hace dieciocho días?

Gabriel pensó.

Entonces lo recordó.

Había firmado un documento.

—Renata me pidió que firmara una autorización para que ella pudiera administrar mis cuentas mientras estuviera enfermo.

Esteban extendió la mano.

—¿Tiene una copia?

Gabriel señaló el despacho.

—Está en la caja fuerte.

Esteban salió con Laura.

Regresaron diez minutos después.

El abogado leyó el documento.

Su expresión cambió.

—Gabriel…

—¿Qué?

—Esta autorización no solo le permite administrar sus cuentas.

—¿Entonces?

—Le permite modificar beneficiarios, vender determinados activos y acceder a sus fideicomisos si un médico certifica que usted no puede tomar decisiones.

Gabriel sintió un vacío en el estómago.

—¿Y quién decide si estoy incapacitado?

Esteban levantó lentamente la mirada.

—El médico que Renata contrató.


En ese momento se escuchó un golpe en la puerta.

Todos se quedaron quietos.

—Señor Gabriel —dijo Ofelia desde afuera—. Traigo su medicamento.

Gabriel miró a Laura.

Luego a Esteban.

—Que pase.

Ofelia entró con la bandeja.

—Debe tomar las dos pastillas.

Gabriel extendió la mano.

Tomó el vaso.

Y sonrió.

—Claro.

Ofelia pareció relajarse.

Gabriel llevó el vaso hacia los labios.

Pero antes de beber, fingió perder fuerza.

El vaso cayó al suelo.

Las pastillas rodaron bajo la cama.

—¡Señor!

Ofelia se agachó rápidamente.

Gabriel aprovechó para observarla.

No parecía sorprendida.

Parecía preocupada por las pastillas.

No por él.

Cuando Ofelia salió corriendo para llamar a Renata, Gabriel miró a Esteban.

—Ya tenemos otra prueba.


Esa misma noche, Esteban salió de la casa con las muestras y los documentos.

Pero antes de marcharse, le entregó a Gabriel un pequeño dispositivo.

—Lo instalé en el despacho.

—¿Qué hace?

—Registra las conversaciones dentro de un radio limitado.

Gabriel negó.

—No quiero que nadie más se arriesgue.

—Entonces no lo uses.

Gabriel lo guardó.

—Lo usaré cuando sea necesario.


A las dos de la madrugada, Gabriel escuchó pasos.

No se movió.

La puerta se abrió.

Era Renata.

Se acercó lentamente.

—Gabriel.

Él no respondió.

Ella se sentó al borde de la cama.

—Qué triste verte así.

Gabriel mantuvo los ojos cerrados.

Renata suspiró.

—Nunca quisiste entender que esta empresa era demasiado grande para alguien como tú.

Él sintió un escalofrío.

—Tu hermano sí habría sabido manejarla.

Gabriel abrió lentamente los ojos.

Renata se quedó paralizada.

—¿Qué dijiste?

Ella sonrió nerviosamente.

—Estás delirando.

—No.

Gabriel se incorporó.

—Hablaste de mi hermano.

Renata retrocedió.

—Todo el mundo habla de Alejandro.

—Está vivo.

El rostro de Renata perdió color.

Y ese pequeño cambio fue suficiente.

Gabriel supo que había acertado.


Al día siguiente, desapareció.

Renata creyó que había sido trasladado al hospital.

Pero Gabriel estaba en una clínica privada bajo otro nombre.

Esteban había conseguido un médico independiente.

Las pruebas confirmaron que su organismo había estado expuesto durante semanas a una sustancia peligrosa.

No había sido una enfermedad natural.

Habían intentado debilitarlo.

Pero todavía faltaba una pieza.

El laboratorio encontró algo en las muestras.

Una sustancia adicional.

No estaba relacionada con las pastillas.

Había aparecido en pequeñas cantidades en otra bebida.

Gabriel recordó el agua.

El café.

El té.

Y comprendió que el plan había comenzado mucho antes de lo que imaginaba.


Con las pruebas médicas, los registros financieros y las conversaciones grabadas, Esteban presentó una denuncia.

La policía comenzó a investigar a Renata y Ofelia.

Alejandro desapareció.

Pero dos días después encontraron su automóvil abandonado.

Dentro había una fotografía.

Gabriel la tomó entre los dedos.

Era una imagen antigua de los dos hermanos cuando eran niños.

En la parte posterior había una frase escrita recientemente:

“No sabes quién empezó todo esto.”

Gabriel sintió un escalofrío.

—¿Qué significa?

Esteban observó la fotografía.

—Quizá Alejandro no sea el verdadero responsable.

Gabriel levantó la mirada.

—Entonces, ¿quién?

Esteban señaló la esquina de la fotografía.

Había una tercera persona.

Su padre.

Pero debajo de la imagen aparecía algo todavía más inquietante.

Una fecha.

Tres días antes de la supuesta muerte de Alejandro.


Gabriel regresó a su mansión semanas después, acompañado por investigadores.

Renata ya había sido interrogada.

Ofelia también.

Pero Alejandro seguía desaparecido.

Gabriel entró en su antiguo despacho.

Todo estaba exactamente como lo había dejado.

Abrió el cajón inferior.

Encontró una caja que no recordaba haber visto antes.

Dentro había documentos antiguos de su padre.

Contratos.

Transferencias.

Y una carta.

Gabriel comenzó a leerla.

A mitad de la primera página, dejó de respirar.

Su padre había escrito:

“Si alguna vez Alejandro desaparece, no confíes en Renata.”

Gabriel levantó lentamente la cabeza.

Pero la carta continuaba.

“Y, sobre todo, no confíes en la persona que te entregue esta carta.”

Gabriel miró hacia la puerta.

Esteban estaba allí.

Laura también.

Y ninguno de los dos había tocado la caja.

Entonces escuchó una voz detrás de él.

—Qué curioso que finalmente hayas encontrado eso.

Gabriel se giró.

Alejandro estaba de pie en la entrada.

Vivo.

Sonriendo.

Y detrás de él había una persona que Gabriel jamás habría esperado volver a ver.

Su propia madre.

La mujer que llevaba diez años enterrada.

Gabriel retrocedió un paso.

—Esto no puede ser.

Su madre sonrió.

—Hijo, llevamos mucho tiempo esperando que dejaras de confiar en las personas equivocadas.

Y en ese instante Gabriel comprendió que las dieciocho noches de enfermedad no habían sido el verdadero comienzo de la historia.

Solo habían sido la última etapa de un secreto familiar que llevaba quince años esperando para salir a la luz.

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