PARTE 2: LA MADRASTRA QUE CAMBIÓ LA VIDA DE LEO

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Leo seguía sentado frente a mí, con una mano alrededor de la cuchara y la otra sosteniendo a Tiga como si fuera su compañero de guerra.

Daniel permanecía al otro lado del comedor.

El hombre que, según las revistas financieras, podía comprar un edificio entero antes del desayuno parecía completamente desconcertado por una escena tan sencilla como aquella.

Su hijo estaba comiendo.

No solo había comido un bocado.

Había terminado casi todo el plato.

Y ahora estaba exigiendo verduras.

—¿Quieres más? —pregunté.

Leo asintió.

—Pero Tiga también.

—Claro.

Serví un poco más en un plato pequeño y coloqué una porción frente a la figura.

Leo tomó su cuchara.

—Él come primero.

—Por supuesto.

Daniel levantó una ceja.

—¿Siempre negocias así con los niños?

Lo miré.

—No estoy negociando. Estoy intentando descubrir por qué su hijo cree que comer es una batalla.

Daniel guardó silencio.

Aquella respuesta pareció sorprenderlo.

El mayordomo, que llevaba varios minutos observando desde la puerta, sonrió discretamente.

—Señor, creo que nunca habíamos conseguido que el pequeño amo terminara una comida completa.

Daniel miró a Leo.

—¿Es verdad?

Leo no levantó la cabeza.

—Porque las otras señoras querían obligarme.

—¿Y Clara no?

Leo negó.

—Ella deja que Tiga coma primero.

Daniel volvió a mirarme.

Yo me encogí de hombros.

—No veo ninguna razón para convertir una comida en una pelea.

—¿Y qué quieres a cambio?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—¿A cambio?

—Todas las candidatas anteriores querían algo.

Su tono no era acusatorio.

Era simplemente cansancio.

Entendí entonces que aquel anuncio probablemente había atraído a muchas mujeres interesadas en su dinero.

—Yo quiero una cama y tres comidas al día.

Daniel se quedó mirándome.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

El mayordomo tosió para ocultar una sonrisa.

Daniel tomó su teléfono.

—Señorita Bennett, puede quedarse esta noche.

Sentí un alivio que intenté disimular.

—Gracias.

—Mañana hablaremos del contrato.

Asentí.

Leo levantó la mano.

—Yo también tengo que firmar.

Daniel lo miró.

—Tú tienes cuatro años.

—Pero soy el jefe.

Por primera vez, vi sonreír a Daniel.

Fue una sonrisa breve.

Casi invisible.

Pero existió.

Esa noche me dieron una habitación en el ala este.

Era más grande que todo mi antiguo departamento.

Había una cama enorme, baño privado y una ventana desde la que podía verse el jardín iluminado.

Dejé mi vieja maleta junto al armario.

La miré durante varios segundos.

Esa maleta contenía casi toda mi vida.

Tres vestidos.

Dos pares de zapatos.

Algunos documentos.

Una fotografía de mi madre.

Y el vestido que llevaba el día de mi divorcio.

Me senté en la cama.

Por primera vez desde aquella mañana pude respirar.

Había perdido una casa.

Un marido.

Una cuenta bancaria.

Pero aquella noche tenía techo.

Eso bastaba.

A las seis de la mañana siguiente alguien golpeó mi puerta.

—¡Clara!

Abrí.

Leo estaba allí con el cabello completamente despeinado.

—Tiga está enfermo.

Parpadeé.

—¿Qué?

Me mostró la figura.

—No quiere desayunar.

—Entonces tendremos que salvarlo.

Leo asintió solemnemente.

—Sabía que eras buena.

Bajamos juntos.

Daniel ya estaba desayunando.

Al verme entrar con Leo de la mano, levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

—Tiga está enfermo.

Daniel miró la figura.

—¿Y eso qué tiene que ver con Clara?

Leo respondió antes que yo.

—Ella es doctora de héroes.

Daniel cerró los ojos durante un segundo.

—Entiendo.

No entendía nada.

Pero tampoco preguntó.

Durante los días siguientes, mi rutina cambió completamente.

Yo ayudaba a Leo a desayunar.

Lo llevaba al jardín.

Le leía cuentos.

Le enseñaba a recoger sus juguetes.

Y, sobre todo, aprendí a escucharlo.

Descubrí que odiaba la leche caliente.

Que le gustaban las mandarinas.

Que tenía miedo de dormir con la puerta cerrada.

Que cada noche dejaba una pequeña luz encendida porque su madre había hecho lo mismo.

Nunca pregunté por ella.

Hasta que una noche Leo me preguntó:

—¿Tú también te vas a morir?

Me quedé quieta.

—¿Por qué preguntas eso?

Él abrazó a Tiga.

—Mamá se fue y nunca volvió.

Sentí un peso en el pecho.

—Tu mamá no se fue porque quisiera dejarte.

Leo levantó la mirada.

—Papá dice que fue al cielo.

Miré hacia la puerta.

Daniel estaba allí.

No sabía cuánto había escuchado.

Su expresión se había endurecido.

—Leo, es hora de dormir.

El niño bajó la cabeza.

—Buenas noches.

Subió las escaleras.

Yo miré a Daniel.

—Lo siento.

—No tienes nada que sentir.

—Todavía la extraña.

Daniel se apoyó contra el marco de la puerta.

—Yo también.

Fue la primera vez que habló de ella.

Me contó que su esposa había muerto tres años antes por una enfermedad repentina.

Leo tenía apenas un año.

Desde entonces, él había intentado convertirse en padre, empresario y cuidador al mismo tiempo.

Había contratado niñeras.

Enfermeras.

Profesores.

Psicólogos.

Pero cada mujer que entraba en la vida de Leo terminaba marchándose.

—No confía en nadie —dijo Daniel.

—Ahora confía en mí.

—Eso me preocupa.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que vuelva a perder a alguien.

Aquella frase se quedó conmigo.

No sabía por qué.

Quizá porque yo también había aprendido lo que significaba perder a alguien de repente.

Mi padre había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

Mi madre, poco después.

Y mi exmarido había pasado los últimos meses de nuestro matrimonio repitiéndome que yo era una carga.

Por eso, cuando Daniel me ofreció un contrato formal como cuidadora de Leo, acepté sin discutir.

El documento establecía un salario mensual muy superior al que esperaba.

Pero había una cláusula que me llamó la atención.

“Duración mínima: doce meses.”

—¿Por qué un año? —pregunté.

Daniel estaba sentado frente a mí.

—Porque quiero estabilidad para Leo.

—¿Y después?

—Después veremos.

Firmé.

No imaginaba que aquella firma terminaría siendo una de las decisiones más importantes de mi vida.

Tres meses después, algo cambió.

Daniel empezó a llegar más temprano.

Al principio pensé que era casualidad.

Después descubrí que preguntaba por Leo incluso cuando estaba en reuniones.

—¿Comió?

—Sí.

—¿Durmió la siesta?

—Una hora.

—¿Preguntó por mí?

Yo sonreía.

—Tres veces.

Daniel asentía satisfecho.

Una tarde llegó con una caja grande.

Leo corrió hacia él.

—¡Papá!

Daniel dejó la caja en el suelo.

—Te traje algo.

Leo la abrió.

Era un traje de Ultraman.

El niño gritó de felicidad.

—¡Clara! ¡Mira!

Yo me reí.

—Ahora tienes que salvar la ciudad.

Leo se puso el traje.

—¡Tú eres mi ayudante!

Daniel me miró.

—Parece que ya tienes un puesto permanente.

—No estoy segura.

—Yo sí.

Nos quedamos mirándonos unos segundos.

Fue extraño.

Porque por primera vez no vi al multimillonario que me había contratado.

Vi a un hombre cansado.

Un padre.

Y quizá alguien que empezaba a sentirse cómodo conmigo.

Pero entonces llegó el problema.

Una tarde, una mujer apareció en la mansión.

Elegante.

Alta.

Vestido blanco.

Bolso de diseñador.

Entró sin anunciarse.

El mayordomo intentó detenerla.

—Señorita Victoria, el señor está ocupado.

—No necesito permiso para entrar a mi futura casa.

Me quedé inmóvil.

¿Futura casa?

La mujer me miró.

—¿Quién eres?

—Clara Bennett.

—La nueva niñera.

No me gustó la manera en que dijo aquella palabra.

—Sí.

Sonrió.

—Qué interesante.

Leo apareció detrás de mí.

—Clara no es una niñera.

Victoria se agachó.

—Hola, Leo.

El niño inmediatamente retrocedió.

—No.

Ella intentó tocarle el cabello.

Leo se escondió detrás de mí.

Victoria se puso seria.

—Daniel me dijo que eres tímido.

—No me gustas.

El silencio fue incómodo.

Victoria se levantó.

—¿Desde cuándo los niños hablan así a los adultos?

—Desde que los adultos dejan de escucharlos —respondí.

Sus ojos se endurecieron.

—Tendremos que hablar, Clara.

—Cuando quiera.

Esa noche Daniel llegó tarde.

Victoria seguía en la casa.

Estaban hablando en la biblioteca.

Yo no tenía intención de escuchar.

Hasta que oí mi nombre.

—No puedes mantenerla aquí indefinidamente —dijo Victoria.

Daniel respondió:

—No es asunto tuyo.

—Sí lo es.

—No.

—Daniel, sabes perfectamente por qué estoy aquí.

Silencio.

—Tu padre está presionando —continuó ella—. El consejo necesita saber con quién vas a casarte.

Me quedé helada.

Casarte.

Daniel no había mencionado ningún matrimonio.

Victoria continuó:

—Si no anuncias nuestro compromiso este mes, tu padre va a activar la cláusula de sucesión.

No escuché la respuesta de Daniel.

Porque en ese momento Leo apareció detrás de mí.

—Clara.

Me giré rápidamente.

—¿Qué haces despierto?

Me miró con los ojos llenos de sueño.

—Tengo miedo.

Lo llevé a su habitación.

Pero mientras lo arropaba, una pregunta no dejaba de repetirse en mi cabeza.

¿Por qué el hombre más rico de la ciudad necesitaba casarse?

Y, sobre todo…

¿Por qué su familia parecía tan preocupada por quién ocuparía el lugar de esposa?

A la mañana siguiente, Daniel me llamó a su despacho.

Sobre la mesa había un documento.

—Necesito pedirte algo.

Miré el papel.

Era un contrato matrimonial.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué significa esto?

Daniel respiró hondo.

—Mi padre ha decidido que debo casarme antes de fin de año.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—En realidad, sí.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Por qué?

Daniel se levantó.

Se acercó a la ventana.

Luego dijo algo que jamás imaginé escuchar.

—Porque mi hijo solo confía en ti.

Pausa.

—Y porque necesito que te conviertas en mi esposa.

No respondí.

Él se giró hacia mí.

—No te estoy pidiendo que me ames.

Mi corazón latía cada vez más rápido.

—Entonces, ¿qué quieres?

Daniel sostuvo mi mirada.

—Quiero que seas la madre de Leo durante un año.

Y justo cuando pensé que aquello era lo más extraño que podía pedirme, dejó otro documento sobre la mesa.

El nombre que aparecía en la primera página hizo que se me helara la sangre.

Era el nombre de mi exmarido.

Y debajo había una transferencia bancaria de una cantidad que yo jamás podría haber imaginado.

Daniel habló en voz baja:

—Tu divorcio no fue lo que creíste.

Lo miré.

—¿Qué sabes de mi exmarido?

Su respuesta cambió completamente mi vida.

—Sé quién pagó para que te dejara sin nada.

Y esa persona no era tu exmarido.

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