Miré durante mucho tiempo la fotografía que Bui Lam acababa de enviarme.
Una insignia con forma de águila.
Y debajo, una frase que me dolió más que cualquier insulto:
“Su Wan me ayudó a elegirla.”
No respondí.
Apagué el teléfono y guardé las seis insignias en una pequeña caja.
Durante cinco años había tratado cada una como un tesoro.
La primera me la entregó al regresar de su primer despliegue.
—La vi y pensé en ti —me había dicho.
La segunda llegó un año después.
—La encontré cerca del puesto fronterizo.
La tercera apareció dentro de un sobre.
La cuarta llegó con una nota de dos líneas.
La quinta y la sexta fueron entregadas casi sin palabras.
Nunca pregunté por qué siempre eran insignias.
Pensaba que era su manera de decirme que, aunque estuviera lejos, todavía pensaba en mí.
Ahora entendía que quizá yo había sido la única persona que les dio un significado que él nunca había intentado darles.
Tomé la caja y la guardé en mi equipaje.
Al día siguiente, entregué oficialmente la vivienda militar.
También confirmé mi traslado.
No quería despedidas.
No quería explicaciones.
Y, sobre todo, no quería que Bui Lam regresara y encontrara a una mujer esperando otra promesa.
Tomé un tren hacia mi nueva ciudad.
Durante las primeras horas no encendí el teléfono.
Cuando finalmente lo hice, tenía treinta y siete llamadas perdidas.
Veintidós eran de Bui Lam.
Las demás eran de Lin Tri Ha y Gu Shen.
Había también un mensaje de Bui Lam.
—¿Por qué devolviste la casa?
No respondí.
Llegó otro.
—Shen Yan, ¿qué ocurrió?
Después:
—¿Por qué no contestas?
Y finalmente:
—¿Estás enojada por la insignia?
Solté una pequeña risa.
No.
No era por la insignia.
Era por cinco años enteros.
Cuando llegué a mi nuevo apartamento, encontré una caja enviada por mi antiguo departamento.
La abrí.
Dentro estaba un sobre.
Reconocí la letra de Bui Lam.
Lo había escrito meses atrás.
“Para Shen Yan. Abrir cuando vuelva de Kanas.”
Me quedé inmóvil.
¿Por qué había estado guardando una carta para mí?
La abrí.
—Shen Yan, si estás leyendo esto, probablemente ya haya regresado.
La siguiente frase me hizo fruncir el ceño.
—Quería llevarte a Kanas este año.
Me senté lentamente.
—Sé que te lo he prometido muchas veces. Esta vez será diferente.
Cerré los ojos.
Otra promesa.
Pero continué leyendo.
—He pedido permiso para que puedas visitar el puesto fronterizo. Ya está aprobado.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
Entonces apareció la fecha.
El permiso había sido aprobado seis meses atrás.
Mucho antes de que encontrara las fotografías.
Mucho antes de que me marchara.
¿Por qué nunca me lo había dicho?
Seguí leyendo.
—Quiero llevarte el 12 de abril. Sé que es tu cumpleaños.
Me quedé mirando aquellas palabras.
Mi cumpleaños.
El día que él había olvidado.
El día que había dicho que tenía una reunión urgente.
Entonces encontré algo más.
Una fotografía.
Era una imagen de Bui Lam sentado frente a un escritorio.
Sobre la mesa había un pequeño paquete.
Y detrás, pegado en la pared, aparecía un calendario.
La fecha marcada era el 12 de abril.
En ese momento recibí una llamada.
Era Gu Shen.
—Shen Yan, ¿dónde estás?
—Ya me fui.
Silencio.
—¿Te contó Bui Lam lo de Kanas?
—¿Qué cosa?
Gu Shen suspiró.
—Entonces no te dijo nada.
—Habla.
—Durante meses estuvo preparando tu visita.
Mi mano se cerró alrededor de la fotografía.
—¿Y Su Wan?
Otra pausa.
—Necesito explicarte algo.
Me quedé callada.
—Su Wan trabaja en el mismo programa de cooperación fronteriza. Por eso aparece en tantas fotografías.
—¿Y las cuatrocientas fotos?
—Ella era la responsable de documentación visual del proyecto.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Bui Lam tenía que revisar informes y material fotográfico. La mayoría de esas imágenes no las tomó él.
Sentí que el pecho se me aflojaba.
Pero Gu Shen todavía no había terminado.
—Y hay otra cosa.
—¿Qué?
—Las nueve fotografías tuyas fueron las únicas que Bui Lam guardó personalmente en su carpeta privada.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me pidió ayuda para recuperar el contenido de su teléfono después de una actualización. Vi las carpetas.
Miré la carta.
Entonces entendí que había algo que no encajaba.
—Gu Shen, ¿por qué entonces Su Wan aparece en sus fotografías personales?
—Porque ella era parte del proyecto. Pero algunas fotos sí fueron tomadas por él.
Mi corazón volvió a hundirse.
—¿Cuáles?
Gu Shen tardó unos segundos.
—Las que tienen fecha de invierno.
Cerré los ojos.
—¿Las de la estación de descanso?
—Sí.
—¿Y por qué nunca me dijo quién era ella?

—Eso no puedo responderlo.
Yo tampoco.
La explicación aclaraba algunas cosas.
Pero no todas.
Y yo ya había tomado una decisión.
No regresaría.
Dos días después, Bui Lam apareció frente a mi nuevo apartamento.
Cuando abrí la puerta, llevaba el uniforme de servicio y una pequeña bolsa.
Parecía exhausto.
—Shen Yan.
No respondí.
—Necesito hablar contigo.
—Habla.
Sacó algo de la bolsa.
Era una caja pequeña.
—Esto era para ti.
La abrí.
Dentro había una insignia antigua.
No era como las otras.
Tenía grabada una fecha.
12 de abril.
La miré durante varios segundos.
—¿Qué significa?
—La fecha en que quería llevarte a Kanas.
—Pero nunca me llevaste.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—Me dijiste dieciocho veces “la próxima vez”.
—Lo sé.
—Y cada vez te creí.
Su rostro se tensó.
—Fui cobarde.
Aquella respuesta me sorprendió.
—No fue falta de tiempo —continuó—. Fue miedo.
—¿Miedo a qué?
Respiró profundamente.
—A que vieras mi vida allí y comprendieras cuánto había cambiado.
—¿Qué había cambiado?
Me miró.
—Yo.
Permanecí en silencio.
—Cuando empecé a trabajar en Kanas, pensé que podía mantener mi vida militar separada de nuestra relación. Después conocí a Su Wan.
Sentí que mi expresión se endurecía.
—¿La amabas?
Bui Lam negó.
—No de la manera que estás pensando.
—Entonces explícame.
—Su Wan era la hija de un comandante que murió durante una misión. Yo había prometido cuidar algunos de sus asuntos administrativos. Ella empezó a trabajar en la zona fronteriza y terminó participando en el mismo proyecto.
—¿Y por qué nunca me lo contaste?
Bajó la cabeza.
—Porque sabía que te sentirías incómoda.
—Eso no es una respuesta.
—Porque me gustaba que alguien allí entendiera esa parte de mi vida.
La sinceridad dolió.
Pero al menos era sinceridad.
—Y conmigo no querías compartirla.
—No.
Sus ojos se llenaron de arrepentimiento.
—Ese fue mi error.
Dejó la caja sobre la mesa.
—No espero que vuelvas conmigo.
Lo miré.
—¿Entonces por qué viniste?
Sacó un documento.
Era una solicitud de transferencia.
—Pedí un traslado.
—¿A dónde?
—A una unidad más cercana a tu nueva ciudad.
No supe qué decir.
—No lo hice para obligarte a aceptarme —añadió—. Lo hice porque finalmente entendí que siempre te pedí que esperaras mientras yo decidía cuándo darte un lugar.
Se quedó frente a mí.
—No quiero volver a pedirte que esperes.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Bui Lam…
—Si algún día quieres volver a hablar conmigo, estaré aquí.
Se dio la vuelta.
—Pero esta vez no habrá “la próxima vez”.
Cerró la puerta.
Y por primera vez en cinco años, no corrí detrás de él.
Pasaron tres meses.
Me concentré en mi nueva vida.
Comencé mi nuevo trabajo.
Conocí gente nueva.
Aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas que había dejado de hacer porque siempre estaba esperando a que Bui Lam tuviera tiempo.
Entonces llegó una carta.
No era de él.
Era de Su Wan.
La abrí con cautela.
—Shen Yan:
—No espero que me perdones ni que me entiendas. Solo quiero decirte algo que Bui Lam nunca tuvo el valor de decir.
Seguí leyendo.
—Las fotografías que viste son reales. Él estuvo conmigo muchas veces en Kanas. Pero no porque quisiera reemplazarte.
Después apareció una frase que me dejó inmóvil.
—Cada vez que hablaba de ti, decía que algún día quería que vieras aquel lugar.
Mi mano tembló.
—La razón por la que nunca te llevó fue porque tu nombre aparecía en una solicitud especial que había preparado para ti. Quería sorprenderte.
—Yo le dije varias veces que debía contártelo.
—Él siempre respondía: “Cuando esté terminado”.
La carta terminaba con una sola frase:
—A veces una persona puede amar sinceramente y aun así hacerte sentir completamente sola.
Cerré los ojos.
Esa era la verdad que más necesitaba escuchar.
Bui Lam no había sido necesariamente el hombre que yo había imaginado durante aquellos días de dolor.
Pero tampoco había sido el hombre que yo necesitaba.
Porque amar a alguien no sirve de mucho si esa persona nunca aprende a incluirte en su vida.
Guardé la carta.
No llamé a Su Wan.
Tampoco llamé a Bui Lam.
Pero seis meses después, recibí una invitación.
Era oficial.
El puesto fronterizo de Kanas inauguraría un nuevo monumento conmemorativo.
Mi nombre aparecía en la lista de invitados.
Esta vez no era una promesa.
No era “la próxima vez”.
Era una invitación real.
Viajé sola.
Cuando llegué, el paisaje estaba cubierto de nieve.
A lo lejos vi el monumento.
Bui Lam estaba allí.
No corrió hacia mí.
No intentó abrazarme.
Simplemente permaneció a unos metros.
—Hola, Shen Yan.
Sonreí débilmente.
—Hola.
Miré el monumento.
—Finalmente lo vi.
—Sí.
—Es hermoso.
Bui Lam asintió.
—Lo es.
Nos quedamos en silencio.
Después me entregó algo.
Una fotografía.
Esta vez no era de Su Wan.
Era de nosotros.
La había tomado cinco años atrás.
Yo estaba riendo mientras sostenía una taza de té.
—¿Por qué nunca la vi?
—Porque tenía miedo de perderla.
Lo miré.
—Eso no tiene sentido.
—Ahora lo sé.
Respiró profundamente.
—Pasé cinco años pensando que amar era proteger algo.
—Y descubriste que no.
—Descubrí que amar también significa compartirlo.
No respondí inmediatamente.
Miré la nieve.
Luego las seis insignias que había llevado conmigo.
Las coloqué una junto a otra.
—Estas fueron importantes para mí.
—Lo sé.
—Pero ahora sé que no eran suficientes.
Bui Lam bajó la mirada.
—Lo sé.
Sonreí.
—No sé si volveré contigo.
Él asintió.
—No te lo pediré.
—Pero quizá podamos empezar por conocernos otra vez.
Por primera vez en mucho tiempo, Bui Lam sonrió.
—Esta vez, sin promesas.
—Sin “la próxima vez”.
—Sin “la próxima vez”.
Caminamos juntos hacia el monumento.
No como prometidos.
No como marido y mujer.
Solo como dos personas que finalmente habían aprendido que el amor no consiste en esperar eternamente.
Y mientras la nieve caía alrededor de nosotros, comprendí algo:
**No me fui porque dejara de amar a Bui Lam.
Me fui porque finalmente aprendí que también tenía que elegirme a mí misma.**
Y si alguna vez volví a tomar su mano, sería porque ambos habíamos aprendido a caminar hacia el otro.
No porque uno de los dos siguiera esperando.