Elliot dejó el vaso de agua sobre la mesa.
—Respira, Alexia.
—No puedo.
—Eso parece evidente.
Lo miré horrorizada.
—Quiero renunciar.
—No.
—¿No?
—No hasta que terminemos esta conversación.
Me cubrí la cara con ambas manos.
—Voy a morir de vergüenza.
—Preferiría que no.
Bajé lentamente las manos.
Elliot estaba sonriendo.
—¿Te estás burlando de mí?
—No.
—Entonces deja de sonreír.
—Lo intentaré.
No lo intentó.
A la mañana siguiente llegué veinte minutos antes.
Pensé que sería suficiente para evitarlo.
No lo fue.
Elliot ya estaba sentado detrás de su escritorio.
—Buenos días, señorita Summers.
—Buenos días.
—¿Durmió bien?
—No.
—Yo tampoco.
Levanté la mirada.
—¿Por qué?
—Porque llevo toda la noche intentando decidir si ese beso fue una crítica profesional o una declaración.
Casi dejé caer la carpeta.
—Fue un accidente.
—¿Cinco segundos?
—Un accidente prolongado.
Su sonrisa apareció otra vez.
—Entiendo.
Me giré para salir.
—Alexia.
Me detuve.
—Ayer dijiste algo más.
—No.
—Sí.
—No recuerdo nada.
—Dijiste que nadie te veía.
Aquello me hizo callar.
Elliot dejó de sonreír.
—Te equivocas.
Lo miré.
—¿Qué?
—Te veo.
Mi corazón dio un golpe.
—Entonces ¿por qué nunca dijiste nada?
Elliot se levantó.
—Porque eres mi empleada y yo soy tu jefe.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es exactamente la respuesta.
Ese día todo cambió.
Elliot comenzó a tratarme de una manera distinta.
No más distante.
No más cercana.
Simplemente más honesta.
Cuando presenté una nueva propuesta, no la rechazó.
La escuchó completa.
Después dijo:
—Esta es buena.
Lo miré sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿No va a decir “interesante, pero no”?
Sonrió.
—No.
La junta aprobó mi proyecto dos semanas después.
Fue el primer paso para que mi trabajo dejara de ser invisible.
Pero entonces apareció Sienna.
La modelo de la que yo había hablado aquella noche.
Entró en la oficina con un contrato bajo el brazo.
—Elliot, necesitamos hablar.
Me miró.
—¿Interrumpo?
—No —respondí.
Elliot permaneció serio.
Sienna se acercó.
—Tenemos una cena esta noche.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Tengo otros planes.
Ella miró hacia mí.
Después sonrió.
—¿Con ella?
Elliot no respondió.
Y por alguna razón, eso me puso nerviosa.
Aquella tarde Elliot me pidió que entrara en su despacho.
—Necesito decirte algo.
—¿Sobre el proyecto?
—No.
Cerró la puerta.
—He pensado mucho en lo que ocurrió aquella noche.
Mi estómago se contrajo.
—Elliot…
—No voy a pedirte que hagas nada.
Respiré.
—Bien.
—Pero tampoco voy a fingir que no pasó.
Lo miré.
—¿Y qué quieres?
—Conocerte fuera de esta oficina.
Me quedé en silencio.
—Eso podría complicar todo.
—Sí.
—Eres mi jefe.
—Por eso voy a hacer algo.
Sacó un documento.
—He hablado con Recursos Humanos.
Fruncí el ceño.
—¿Qué es?
—A partir del próximo lunes dejarás de reportarme directamente.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué?
—Ascenderás a directora de proyectos estratégicos y trabajarás con la vicepresidenta.
—¿Lo hiciste por mí?
—Lo hice porque si alguna vez ocurre algo entre nosotros, quiero que puedas decidir libremente sin que tu carrera dependa de mí.
No supe qué responder.

Una semana después acepté cenar con él.
No fue en un restaurante elegante.
Fue en una pequeña cafetería.
Elliot llegó sin traje.
Yo apenas lo reconocí.
—Te ves diferente.
—Tú también.
—¿Porque no estoy trabajando?
—Porque estás sonriendo.
Bajé la mirada.
—Quizá porque no estoy preocupada por si vas a rechazar mi trabajo.
Él se rio.
—Nunca quise que pensaras eso.
—Entonces tenías una manera terrible de demostrarlo.
—Lo sé.
La relación comenzó lentamente.
Sin secretos.
Sin órdenes.
Sin jerarquías.
Y cuando finalmente nos besamos de nuevo, no había ningún cartel de Forbes cerca.
Fue un beso real.
Breve.
Elegido por los dos.
Seis meses después, mi proyecto se convirtió en una nueva división de la empresa.
Elliot apareció en el escenario para anunciarlo.
—La persona responsable de esta idea no soy yo.
Me miró.
—Es Alexia Summers.
La sala aplaudió.
Yo sonreí.
Después de la presentación, Elliot se acercó.
—¿Te acuerdas de aquella noche?
—Desgraciadamente.
—Yo no.
Lo miré sorprendida.
—¿No?
—No me arrepiento de haber escuchado cada palabra.
—¿Ni siquiera cuando insulté tu cartel?
—Especialmente eso.
Me reí.
—¿Y el beso?
Elliot sonrió.
—Ese fue mi favorito.
Un año después, el mismo cartel de Forbes seguía en la recepción.
Pero ahora mi fotografía estaba junto a él.
No como su asistente.
No como “la mujer que besó un cartel”.
Como directora ejecutiva de la nueva división que yo misma había creado.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Elliot apareció detrás.
—¿Qué haces?
—Recordando.
—¿La peor noche de tu vida?
Sonreí.
—La noche más vergonzosa de mi vida.
—Yo la recuerdo de otra manera.
Me volví.
—¿Cómo?
—Como la noche en que finalmente descubrí que la mujer que llevaba un año admirando también podía decir exactamente lo que pensaba.
Me reí.
—¿Admirando?
—Mucho.
—¿Y por qué nunca dijiste nada?
Elliot inclinó la cabeza.
—Porque esperaba que algún día dejaras de pensar que solo eras mi asistente.
Tomé su mano.
—Ya no lo pienso.
Y aquella vez, cuando me besó, no había un cartel entre nosotros.
Solo nosotros.
Y una certeza:
A veces, el momento más vergonzoso de tu vida no es el final de tu dignidad. Puede ser el comienzo de una vida en la que finalmente dejas de esconder lo que quieres.