—Tu hija subió ayer.
Clara sintió que el corazón se le detenía.
—Lo siento, señora Isabella. Yo no sabía que…
Isabella levantó una mano.
—No estoy enojada.
Aquello la sorprendió todavía más.
—Entonces…
—Quiero saber exactamente qué hizo.
Clara dudó.
—Cantó para el señor Moretti.
Isabella permaneció en silencio.
—¿Cantó?
—Sí.
—¿Qué canción?
Clara bajó la mirada.
—Una canción que le cantaba cuando tenía miedo.
Isabella se acercó a la ventana.
—¿Y Lorenzo reaccionó?
Clara abrió los ojos.
—¿Cómo sabe usted?
Isabella giró lentamente.
—Porque anoche el monitor cambió.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Está mejor?
—No lo sabemos.
Isabella hizo una pausa.
—Pero por primera vez en cuarenta y nueve noches, algo cambió.
A las nueve de la mañana, Elena llegó al despacho con la tira del monitor.
—Necesito hablar contigo.
Isabella cerró la puerta.
Elena colocó el papel sobre el escritorio.
—Esto ocurrió mientras Mia estaba cantando.
Isabella estudió las líneas.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Podría haber sido una coincidencia?
—Podría. Por eso no dije nada anoche.
Isabella levantó la mirada.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero volver a comprobarlo.
Clara permaneció junto a la puerta.
—No quiero problemas.
Elena la miró.
—No los tendrás.
Isabella respiró profundamente.
—Pero hay algo que debes saber.
Clara esperó.
—Lorenzo no despertó después del accidente porque había una lesión que complicó su recuperación.
—¿Qué lesión?
Isabella negó.
—No puedo explicarte todo.
Entonces Elena intervino.
—Pero podemos decirte que su estado no era completamente inexplicable.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Elena respondió:
—Significa que algunos medicamentos que recibió durante las primeras semanas no produjeron los resultados esperados.
Isabella la miró.
—¿Estás diciendo que alguien hizo algo?
—Estoy diciendo que debemos investigar.
Esa misma tarde, Mia volvió a entrar en la habitación.
Esta vez no estaba sola.
Elena permaneció cerca de la puerta.
Clara sostuvo la mano de su hija.
—Solo unos minutos, cariño.
Mia asintió.
Se acercó a Lorenzo.
—Hola.
Nada.
Colocó a Conejo sobre la silla.
—Hoy voy a cantar despacito.
Comenzó la misma melodía.
Elena observó el monitor.
Al principio no ocurrió nada.
Después, el ritmo cambió.
Uno.
Dos.
Tres latidos más rápidos.
Elena se acercó.
—Clara…
Antes de terminar la frase, el dedo índice de Lorenzo se movió.
Mia dejó de cantar.
—Mamá.
Clara se quedó paralizada.
—¿Qué?
—Se movió.
Elena miró la mano.
—Lo vi.
Entonces ocurrió algo todavía más extraño.
Los dedos de Lorenzo volvieron a moverse.
El monitor comenzó a emitir una señal diferente.
Elena tomó el teléfono.
—Necesito al médico. Ahora.
El doctor llegó corriendo.
Revisó las pupilas, los monitores y los reflejos.
—Lorenzo.
No hubo respuesta.
Mia se acercó.
—¿Puedo cantar otra vez?
El médico miró a Elena.
—Déjala.
Mia volvió a cantar.
Durante unos segundos, Lorenzo permaneció inmóvil.
Entonces sus ojos se abrieron apenas.
Clara se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
El médico se acercó.
—Lorenzo, si puedes escucharme, aprieta mi mano.
Nada.
Pasaron cinco segundos.
Entonces los dedos de Lorenzo se cerraron ligeramente.
Elena soltó el aire.
—Respondió.
La noticia recorrió la finca en minutos.
Pero Isabella no sonrió.
Porque alguien había estado vigilando los monitores.
Y esa persona desapareció de la casa antes de que terminara la tarde.
Una revisión de seguridad encontró que faltaban registros de dos noches.
Las cámaras habían sido desconectadas.
Y alguien había entrado en el ala médica sin autorización.
Elena abrió el archivo de medicamentos.
—Aquí está.
Isabella se acercó.
—¿Qué?
—Una modificación.
—¿De cuándo?
—De la noche anterior al accidente.

Clara sintió un escalofrío.
—¿Alguien intentó hacerle daño?
Elena respondió con cuidado:
—No puedo afirmarlo todavía.
Pero Isabella sí entendió lo que significaba.
—Lorenzo no sufrió simplemente un accidente.
Horas después, Lorenzo despertó lo suficiente para hablar.
Su voz era débil.
Isabella se inclinó sobre él.
—¿Puedes decirme quién conducía el coche?
Lorenzo cerró los ojos.
Respiró.
—No…
—¿No lo recuerdas?
Sus ojos se abrieron.
—Sí recuerdo.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Quién fue?
Lorenzo miró hacia la puerta.
—No fue un accidente.
Elena intercambió una mirada con Isabella.
—¿Quién lo hizo?
Lorenzo intentó hablar.
Pero su voz apenas salió.
—La persona…
Pausa.
—…que tenía acceso a mi habitación.
Isabella palideció.
—¿Quién?
Lorenzo volvió a cerrar los ojos.
—No confíen…
La máquina comenzó a emitir una alarma.
Los médicos entraron rápidamente.
Clara abrazó a Mia y salió de la habitación.
Una hora después, Isabella encontró a Clara en la cocina.
—Necesito pedirte algo.
Clara levantó la mirada.
—¿Qué?
—No te vayas.
Clara frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tu hija consiguió algo que nosotros no pudimos conseguir durante cuarenta y nueve días.
Clara miró hacia el pasillo.
—¿Qué consiguió?
Isabella respondió en voz baja:
—Una respuesta.
Esa noche, Mia estaba dormida en su habitación cuando Clara escuchó pasos.
Abrió la puerta.
Era Lorenzo.
Todavía débil, acompañado por Elena.
Se detuvo frente a ella.
—¿Puedo verla?
Clara dudó.
Después asintió.
Lorenzo entró.
Mia abrió los ojos.
—¿Ya estás despierto?
Lorenzo sonrió débilmente.
—Gracias a ti.
Mia levantó a Conejo.
—Te lo presto.
Lorenzo soltó una pequeña risa.
—Gracias.
Luego miró a Clara.
—Quiero protegerlas.
Clara permaneció seria.
—Primero tienes que descubrir quién intentó destruirte.
Lorenzo asintió.
—Lo haré.
Desde el pasillo, Elena observó en silencio.
Porque ahora había dos misterios.
Quién había intentado acabar con Lorenzo.
Y por qué una niña de tres años había sido la única persona capaz de llegar hasta él.
Y cuando Elena revisó nuevamente el expediente médico, encontró una anotación que nadie había visto antes.
Una frase escrita a mano en la última página:
“Si despierta, ella será el siguiente objetivo.”
Elena levantó lentamente la mirada hacia Clara.
La amenaza ya no estaba dirigida solamente a Lorenzo.
Ahora también podía estar dirigida a Mia.