La puerta principal se cerró.
Guardé la carpeta exactamente donde la había encontrado y salí del despacho antes de que Gabriel pudiera verme.
—Luciana.
Su voz llegó desde el pasillo.
Me giré.
—Hola.
Me estudió durante unos segundos.
—¿Qué haces aquí?
—Buscaba unos documentos.
—¿En mi despacho?
—Necesitaba una factura.
Su mirada permaneció fija en la mía.
—¿Encontraste algo?
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—No.
Gabriel no dijo nada.
Solo asintió.
Pero esa noche no dormí.
A las tres de la mañana me levanté y revisé mi teléfono.
Había una notificación de un correo antiguo que nunca había abierto.
El remitente era desconocido.
El asunto decía:
“Si quieres saber por qué Gabriel te eligió, pregunta por Orfeo.”
Abrí el mensaje.
Solo había una fotografía.
Era una imagen tomada seis años atrás.
Yo aparecía frente a un hospital.
Y junto a mí estaba el padre de Gabriel.
El hombre que supuestamente había muerto.
A la mañana siguiente fui a ver a Valeria.
—Necesito que me ayudes.
Ella dejó su taza de café.
—¿Qué pasó?
Le mostré la fotografía.
Su expresión cambió.
—¿Quién es ese hombre?
—El padre de Gabriel.
—¿Pero no murió?
—Eso dicen.
Valeria miró nuevamente la imagen.
—Luciana, ¿estás segura de que es él?
—Sí.
Entonces recordé algo.
—Mi absceso.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver?
—El médico dijo que necesitaba revisar mis antecedentes porque había una infección extraña.
—¿Y?
—Nunca me había pasado algo parecido.
Saqué el informe médico.
Había una anotación que no recordaba haber visto.
Paciente vinculada a protocolo Orfeo.
Valeria levantó la mirada.
—Eso no parece normal.
—No lo es.
Regresé al hospital.
No fui a buscar a Gabriel.
Fui al archivo.
Después de varias preguntas, una enfermera me entregó una copia de un documento antiguo.
Era un consentimiento médico firmado seis años antes.
Mi firma estaba allí.
Pero yo nunca había firmado aquello.
El documento hablaba de un programa experimental de reconstrucción vascular.
Y debajo aparecía un nombre:
Dr. Rafael Navarro.
El padre de Gabriel.
Sentí un escalofrío.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Gabriel.
—¿Qué haces?
Me giré con el documento en la mano.
—Buscando la verdad.
Su rostro perdió color.
—Luciana, dame eso.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que significa.
—Entonces explícamelo.
Guardó silencio.
—¿Tu padre está vivo?
Gabriel cerró los ojos.
—Sí.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Dónde?
—En este hospital.
—¿Y por qué me ocultaste todo?
—Porque hace seis años tuviste una emergencia médica que tú misma no recuerdas completamente.
—¿Qué emergencia?
Gabriel respiró profundamente.
—Un accidente.
Comencé a recordar fragmentos.
Una carretera mojada.
Luces.
Una ambulancia.
Una voz masculina diciéndome que no cerrara los ojos.
—¿Él me salvó?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Y por qué dice el documento que yo era parte de Orfeo?
—Porque tu caso permitió desarrollar una técnica que después utilizamos para salvar a otros pacientes.
Lo miré.
—¿Y la cicatriz?
Gabriel bajó la mirada.
—La tengo porque hace meses intentaron localizar a mi padre.
—¿Quién?
—Personas que querían destruir todo lo relacionado con Orfeo.

Entonces comprendí el verdadero motivo de su silencio.
No me había ocultado una aventura.
No estaba ocultando una enfermedad.
Estaba intentando mantenerme fuera de una investigación peligrosa.
—Pero hay algo que todavía no entiendo —dije—. ¿Por qué la carpeta dice que la esposa no puede conocer la identidad del paciente que sobrevivió?
Gabriel permaneció inmóvil.
—Porque ese paciente eras tú.
Mi respiración se detuvo.
—¿Yo?
—Sí.
—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?
—Porque tu memoria fue afectada por el accidente. Los médicos pensaron que era mejor que llevaras una vida normal.
—¿Y tú?
—Yo descubrí la verdad meses después.
—¿Cuándo?
—Cuando te conocí.
Lo miré fijamente.
—¿Te casaste conmigo porque sabías quién era?
Gabriel negó.
—Me casé contigo porque me enamoré de ti.
Hizo una pausa.
—Después descubrí quién eras.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Y nunca pensaste que merecía saberlo?
—Pensé que mantenerte lejos de Orfeo era la única manera de protegerte.
En ese momento, una alarma comenzó a sonar.
Gabriel miró su teléfono.
Su expresión cambió.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
—Mi padre desapareció.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Qué?
Gabriel tomó mi mano.
—Alguien entró en su habitación.
—¿Está vivo?
—No lo sé.
Corrimos por el pasillo.
Pero cuando llegamos a la habitación, encontramos una nota sobre la cama.
Gabriel la recogió.
Solo decía:
“Si quieren encontrarme, busquen al paciente cero.”
Debajo había una dirección.
Y una hora.
Gabriel me miró.
—Ahora entiendes por qué intenté protegerte.
Yo negué.
—No.
Tomé la nota.
—Ahora entiendo por qué tenemos que descubrir toda la verdad.
Él sostuvo mi mirada.
—Luciana…
—Durante ocho meses pensé que eras simplemente mi esposo.
Respiré profundamente.
—Resulta que también eres el hombre que conoce la parte de mi vida que yo misma olvidé.
Gabriel apretó mi mano.
—Entonces la descubriremos juntos.
Por primera vez, no intentó ocultarme nada.
Y mientras salíamos del hospital, comprendí que aquella pequeña inflamación que me había llevado a una camilla no había sido el verdadero problema.
Había sido la puerta.
Una puerta hacia seis años de secretos, una identidad borrada y un proyecto que alguien estaba dispuesto a proteger a cualquier precio.
Pero esta vez yo no iba a quedarme esperando respuestas.
Iba a encontrarlas.