PARTE 2: LA ÚLTIMA VENGANZA

Tres días después, estaba sentada junto a la ventana de un avión rumbo a Vancouver.

Había dejado mi departamento, mi trabajo y casi todas mis pertenencias.

Solo llevaba dos maletas.

Y una decisión.

No volvería a mirar atrás.

O eso creía.

Cuando el avión aterrizó, mi madre me esperaba en el aeropuerto.

Me abrazó sin preguntar nada.

—¿Qué pasó?

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

—Me di cuenta de que estaba enamorada de alguien que nunca existió.

Mi padre se acercó.

—Entonces llegaste a casa.

Por primera vez en años, no tuve que explicar nada.


Dos semanas después, recibí el primer mensaje de Ethan.

“¿Dónde estás?”

No respondí.

Después llegó otro.

“Olivia, tenemos que hablar.”

Lo eliminé.

Luego apareció una llamada.

Después otra.

Finalmente, un mensaje de Bella.

“Ethan está desesperado. Solo quiere saber por qué desapareciste.”

Solté una risa amarga.

Él había tenido tres años para preguntarme cómo estaba.

Ahora que ya no podía verme, quería respuestas.

Bloqueé el número.

Pero esa misma noche recibí una llamada inesperada.

Era la directora del hospital donde Ethan había fingido estar internado.

—Señorita Olivia, necesito hablar con usted.

—¿Sobre qué?

—Sobre su donación de sangre.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué pasa?

—Hay algo que debería saber.


Al día siguiente fui a la clínica.

La directora colocó varios documentos sobre la mesa.

—Las bolsas que usted donó fueron registradas como desechadas.

—Lo vi.

—Pero no fueron desechadas.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces dónde están?

—Fueron transferidas a otro centro médico.

Miré el documento.

—¿Por qué?

La directora respiró profundamente.

—Porque usted tenía un tipo sanguíneo extremadamente compatible con un paciente pediátrico que necesitaba una transfusión urgente.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Ethan?

—Nunca necesitó sangre.

Cerré los ojos.

La mentira había sido todavía peor de lo que imaginaba.

Mi sangre había terminado salvando a un niño desconocido.

Mientras Ethan se burlaba de mí, alguien más había recibido aquello que yo había entregado por amor.

La directora me miró.

—Queríamos agradecerle personalmente. Ese niño está vivo gracias a usted.

No pude contener las lágrimas.

Pero esta vez no lloré por Ethan.

Lloré porque, sin saberlo, había hecho algo bueno.


Un mes después, mi vida comenzó a cambiar.

Encontré trabajo en un estudio de danza.

Volví a entrenar.

Volví a competir.

Y por primera vez, bailaba sin pensar en Bella.

Entonces llegó una invitación.

Una competencia nacional.

Mi antiguo entrenador me había inscrito.

Acepté.

La noche de la presentación, cuando salí al escenario, escuché al público.

Respiré profundamente.

Y bailé.

No para ganar.

No para demostrar nada.

Bailé porque era mío.

Porque durante años Ethan había conseguido convertir aquello que amaba en una fuente de culpa.

Ya no.

Cuando terminé, todo el teatro se puso de pie.

Y entre el público vi a mis padres.

Sonreí.


Al día siguiente gané el primer lugar.

Mi madre lloró.

Mi padre me abrazó.

Y entonces mi teléfono comenzó a vibrar.

Ethan.

Había descubierto que estaba en Vancouver.

No sabía cómo.

—Olivia, por favor.

Su voz sonaba diferente.

—Solo necesito cinco minutos.

—No.

—Escúchame.

—Ya te escuché durante tres años.

Silencio.

—Lo que hice fue una broma que se salió de control.

Cerré los ojos.

—Noventa y nueve veces no es una broma.

—Estaba enojado.

—¿Por qué?

—Por Bella.

—Entonces debiste hablar con ella.

—No podía.

—Así que decidiste destruirme.

Él respiró profundamente.

—Te amaba.

Mi respuesta fue inmediata.

—No.

Silencio.

—Amabas la idea de verme sufrir.


Entonces escuché otra voz.

Bella.

—Olivia.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué quieres?

—Decirte la verdad.

Esperé.

—Ethan hizo todo esto por mí.

—Lo sé.

—Pero nunca se quedó conmigo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Bella comenzó a llorar.

—Después de cada una de sus venganzas, yo le preguntaba si estaba satisfecho. Y cada vez parecía más vacío.

—Eso no cambia nada.

—Lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero quiero que sepas algo.

—¿Qué?

—La última venganza era dejarte.

Me quedé callada.

—Ethan planeaba terminar contigo después de la número noventa y nueve y volver conmigo.

Sentí una punzada de tristeza.

—¿Y qué ocurrió?

—Le dije que no.

—¿Por qué?

Bella respondió:

—Porque alguien capaz de destruir así a una persona que lo ama también podría hacerlo conmigo algún día.


Después de esa llamada, nunca volví a hablar con Ethan.

Meses después, terminé mi primer año en Vancouver.

Había aprendido algo que nadie podía enseñarme en una universidad.

El amor no debía doler para demostrar que era verdadero.

No necesitaba vengarme.

No necesitaba exponerlo públicamente.

No necesitaba que Ethan sufriera lo mismo que yo.

Mi silencio era suficiente.

Un año después, participé en una gala benéfica.

El hospital que había recibido mi sangre organizaba el evento.

Durante la ceremonia, una mujer se acercó con un niño de unos ocho años.

—¿Usted es Olivia?

Asentí.

Ella tomó la mano del pequeño.

—Él es Noah.

El niño sonrió tímidamente.

—Mi mamá dice que usted me ayudó.

Me quedé sin palabras.

—Yo no sabía…

—Yo sí —respondió él—. Gracias.

Me agaché y lo abracé.

En ese instante entendí algo.

Ethan había intentado convertir mi bondad en una debilidad.

Pero se había equivocado.

Mi sangre había salvado una vida.

Mi corazón había sobrevivido.

Y mi futuro ya no pertenecía a alguien que disfrutaba verme caer.

Aquella noche, mientras salía del evento, miré el cielo de Vancouver.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentí ganas de regresar.

Solo sonreí.

Porque la verdadera venganza nunca fue hacerle daño a Ethan.

Fue levantarme.

Volver a bailar.

Volver a confiar en mí.

Y construir una vida tan plena que su nombre finalmente dejó de significar algo.

La última venganza no la ganó Ethan.

La ganó la mujer que decidió no necesitarlo nunca más.

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