Vincent dejó el teléfono sobre la mesa.
—Tenemos un problema.
Damian no apartó la mirada de la pantalla.
—Habla.
Vincent tragó saliva.
—El centro de rehabilitación de Noah acaba de recibir una orden de traslado.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
Damian me miró.
—¿Noah es tu hermano?
Asentí.
Vincent continuó:
—Alguien intentó moverlo esta noche a una instalación privada. Sin autorización de la familia.
Damian se quedó inmóvil.
—¿Quién firmó la orden?
Vincent miró nuevamente el teléfono.
—Un abogado que trabaja para Hamilton Holdings.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—No.
Damian levantó una mano.
—¿Quién es?
Vincent dijo un nombre.
Richard Hale.
El director financiero de una de nuestras compañías.
Damian se recostó.
—Aterrizamos en cuarenta minutos.
—Señor —dije—, necesito llegar a Pensilvania.
—Llegarás.
—No puedo permitirme perderlo.
Damian me observó.
—No lo perderás.
Fue la primera vez que su voz sonó diferente conmigo.
No como mi jefe.
Como alguien que acababa de tomar una decisión.
Cuando el avión aterrizó, un vehículo ya esperaba en la pista.
Damian bajó primero.
Yo lo seguí.
—¿Por qué haces esto?
—Porque alguien utilizó mi empresa para tocar a tu familia.
—No tienes que involucrarte.
Se detuvo.
—Sí tengo.
Vincent recibió otra llamada.
—Jefe, encontraron al abogado.
Damian miró su reloj.
—¿Dónde?
—En la oficina de Richard.
—Vamos.
Llegamos al edificio antes de las cuatro de la mañana.
Richard estaba esperando.
Cuando vio a Damian, perdió el color del rostro.
—Damian, puedo explicar—
—No.
La palabra fue suficiente.
Damian colocó un documento sobre la mesa.
—Intentaste trasladar al hermano de mi asistente.
Richard negó.
—No era personal.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Damian señaló el documento.
—¿Por qué?
Richard permaneció callado.
Entonces cometió el error de mirarme.
—Porque ella tiene acceso a demasiada información.
Sentí un escalofrío.
Damian giró lentamente hacia mí.
—¿Qué información?
Richard respondió:
—Las cuentas de las subsidiarias. Los contratos. Las adquisiciones.
Damian comprendió inmediatamente.
—¿Intentabas utilizar a Noah para presionarla?
Richard no respondió.
Eso fue suficiente.
Dos horas después, la policía llegó.
Descubrieron transferencias, documentos falsificados y varias comunicaciones que demostraban que Richard había utilizado información interna para obtener beneficios personales.
Pero todavía faltaba algo.
El traslado de Noah no había sido su idea original.
Había alguien más.
Una mujer.
El nombre apareció en uno de los correos.
Marianne Hamilton.
La madre de Damian.
Vincent levantó la mirada.
—Jefe…
Damian permaneció completamente inmóvil.
—¿Mi madre?
Richard cerró los ojos.
—Ella quería que renunciaras.
Damian lo miró.
—¿Y pensó que utilizar a una joven de veintinueve años y a su hermano herido era aceptable?
Richard no respondió.
Damian tomó el teléfono.
—Llámenla.
Marianne llegó esa mañana.
Elegante.
Impecable.
Sin una sola señal de miedo.
—Damian, esto es ridículo.
—¿Ordenaste el traslado de Noah?
—Solo quería que tu asistente entendiera que trabajar para ti tiene consecuencias.
Mi corazón se hundió.
Damian la observó.
—Ella trabaja para mí.
—Exactamente.
—No.
Su voz fue baja.
—Ella trabaja conmigo.
Marianne frunció el ceño.
—No seas sentimental.
Damian dio un paso hacia ella.
—No confundas respeto con sentimentalismo.
Silencio.
—La contraté porque es la mejor asistente que he tenido.
Me quedé inmóvil.
Nunca me había dicho eso.
—Y si vuelves a utilizar a su familia para presionarla —continuó—, dejarás de tener cualquier relación con mis empresas.
Marianne palideció.
Días después, Noah volvió a su habitación habitual.
Cuando entré, estaba despierto.
Sus ojos se movieron lentamente hacia mí.
—¿Hermana?
Me arrodillé junto a su cama.
—Sí.
Sus dedos buscaron los míos.
Los apretó débilmente.
Lloré.
No de tristeza.
De alivio.

Una semana después regresamos a Chicago.
Pensé que todo volvería a ser como antes.
No fue así.
Damian me llamó a su despacho.
—Siéntate.
Lo hice.
—Quiero ofrecerte un nuevo puesto.
Fruncí el ceño.
—¿Un ascenso?
—Directora de operaciones especiales.
Me quedé en silencio.
—No puedo aceptar.
—¿Por qué?
—Porque necesito seguir cuidando a Noah.
—El puesto incluye flexibilidad completa.
—Damian…
—Y un seguro médico que cubre el tratamiento completo de tu hermano.
No supe qué responder.
—No tienes que aceptar por gratitud —añadió—. Quiero que aceptes porque eres capaz.
Miré la propuesta.
—¿Y si digo que no?
—Seguirás siendo mi asistente.
Sonreí.
—Entonces aceptaré.
Damian sonrió también.
Tres meses después, ocurrió algo inesperado.
Durante un vuelo de regreso a Chicago, estaba agotada después de una semana de negociaciones.
Me senté junto a Damian.
—Solo cerraré los ojos cinco minutos.
Él asintió.
No recuerdo haberme quedado dormida.
Pero cuando desperté, mi cabeza estaba apoyada sobre su hombro.
Me incorporé inmediatamente.
—Lo siento.
Damian negó.
—No pasa nada.
Vincent estaba sentado enfrente.
Me miró.
Luego miró a Damian.
Y sonrió.
—No voy a decir nada.
Damian lo fulminó con la mirada.
—Será mejor.
Me reí nerviosamente.
Pero antes de volver a dormir, Damian dijo algo en voz baja.
—Puedes descansar.
Lo miré.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Seguro?
Damian asintió.
—Nadie te despertará.
Cerré los ojos.
Y por primera vez en años, me permití confiar en alguien sin preguntarme cuánto podría costarme.
No sabía qué ocurriría después.
No sabía si Damian Hamilton podía convertirse en algo más que mi jefe.
Pero sí sabía una cosa.
Cuando todos habían intentado utilizar mi debilidad para controlarme, él había hecho lo contrario.
Había protegido lo único que yo nunca estaba dispuesta a perder.
Mi familia.
Y aquella noche entendí que quizá el hombre más temido de la cabina no era alguien de quien necesitaba tener miedo.
Era el primer hombre que había decidido estar de mi lado sin pedirme nada a cambio.