La mañana siguiente, Adrian dejó un sobre sobre la mesa de la cocina.
—Los documentos del divorcio —dijo.
Lo miré.
—Gracias.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
No respondió.
Tomé el sobre y regresé a mi habitación.
Durante los días siguientes, nuestra casa se convirtió en un lugar extraño. Adrian seguía trabajando, saliendo temprano y regresando tarde. Yo continuaba preparando mis cosas y buscando un departamento.
Hasta que el viernes por la tarde recibí un mensaje suyo.
“Necesito que vengas conmigo mañana.”
Respondí:
“¿Para qué?”
“Una boda.”
Pensé que había leído mal.
“¿La boda de quién?”
“De un amigo.”
Después llegó otro mensaje.
“Quiero que vayas como mi esposa.”
Me quedé mirando la pantalla.
Después de todo lo que había sucedido, aquello me parecía absurdo.
“Adrian, estamos divorciándonos.”
“Lo sé.”
“Entonces ve con Olivia.”
Tardó varios minutos en responder.
“Ella no puede ir.”
Sonreí sin humor.
Claro que no podía.
Por primera vez, entendí exactamente qué quería de mí.
No me quería como esposa.
Quería la imagen de una esposa.
La mujer que aparecía a su lado cuando necesitaba mantener las apariencias.
La mujer que sonreía frente a sus socios.
La mujer que fingía que su matrimonio seguía intacto mientras él construía otra vida.
Escribí:
“No.”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Es importante.”
“También era importante para mí que vinieras al hospital.”
No respondió.
Al día siguiente, Adrian volvió a insistir.
Entró en mi habitación mientras terminaba de guardar ropa.
—Maya, solo serán unas horas.
—No.
—Hay personas que no saben que estamos divorciándonos.
—Ese ya no es mi problema.
—Puede afectar negocios.
Me volví.
—Entonces contrata a una actriz.
Se quedó mirándome.
—No seas así.
—¿Así cómo?
—Fría.
Solté una pequeña risa.
—Adrian, tú me enseñaste a ser así.
Su mandíbula se tensó.
—¿De verdad vas a destruir seis años por una boda?
—No.
Cerré la maleta.
—Tú destruiste seis años mucho antes.
Entonces Adrian dijo algo que no esperaba.
—Olivia no va a estar allí.
Lo miré.
—¿Por qué?
Guardó silencio.
—Porque terminamos.
Sentí una extraña calma.
—¿Y ahora qué?
—Ahora quiero que vengas conmigo.
Negué.
—No soy tu segunda opción.
Él bajó la mirada.
—Nunca fuiste eso.
—Entonces ¿qué fui?
No respondió.
Y esa ausencia de respuesta fue suficiente.
Esa noche recibí una llamada de Sofía.
—Maya, necesito contarte algo.
—¿Qué pasó?
—Me enteré de algo sobre el accidente.
Me senté.

—¿Qué cosa?
—El hospital revisó las cámaras.
Mi corazón se aceleró.
—¿Y?
—La persona que informó a Adrian de que Olivia estaba en estado crítico no fue el hospital.
Fruncí el ceño.
—Entonces, ¿quién?
—Alguien del equipo de Olivia.
Silencio.
—Pero hay algo más.
—Dime.
—La llamada que recibió Adrian ocurrió casi una hora después de que tú entraras en urgencias.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando te acusó de inventar tu accidente para llamar su atención, él ya sabía que tú estabas realmente herida.
Sentí un vacío en el estómago.
No había sido una confusión.
Había elegido creer lo peor de mí.
Al día siguiente, antes de la boda, Adrian me esperaba junto al automóvil.
—¿Vienes?
Lo miré.
—No.
—Maya…
—Tengo una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Por qué terminaste con Olivia?
Su expresión cambió.
—No funcionó.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿La amabas?
Adrian guardó silencio.
—Creo que sí.
Asentí.
—Entonces no tienes nada que hacer conmigo.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Y si te digo que me equivoqué?
—Te diría que llegaste tarde.
Entré en la casa.
Esta vez no me siguió.
Una semana después firmamos los documentos.
El divorcio quedó formalizado.
Cuando salí del despacho del abogado, Adrian estaba esperándome.
—Maya.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
Me entregó una carpeta.
—La casa es tuya.
Fruncí el ceño.
—No.
—La compré, pero tú pagaste parte de la hipoteca durante años.
—No quiero la casa.
—Entonces véndela.
Lo miré.
—¿Por qué haces esto?
Respiró profundamente.
—Porque durante años pensé que todo lo que hacía por ti era suficiente.
Bajó la mirada.
—Nunca entendí que lo que necesitabas no era dinero.
—¿Qué necesitaba?
—Que te eligiera.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Pero negué.
—Ya no.
Él asintió lentamente.
—Lo sé.
Tres meses después, me mudé a un departamento pequeño cerca del lago.
Conseguí un nuevo trabajo.
Volví a salir con amigas.
Volví a reír.
Y, poco a poco, dejé de pensar en Adrian.
Hasta que una tarde recibí una invitación.
Era para una boda.
La boda del mismo amigo.
El remitente era Adrian.
Solo decía:
“Esta vez no necesito que vengas como mi esposa. Solo quería invitarte como alguien que fue importante para mí.”
Guardé la invitación.
No fui.
No porque estuviera enojada.
Sino porque ya no necesitaba regresar a ningún lugar donde había tenido que rogar por ser elegida.
Meses después, Sofía me preguntó si alguna vez volvería con Adrian.
Sonreí.
—Quizá algún día pueda perdonarlo completamente.
—¿Y amarlo otra vez?
Miré por la ventana.
—No necesito saberlo.
Porque finalmente había entendido algo.
Adrian había pasado años pensando que yo estaría allí cada vez que necesitara una esposa para una fotografía, una cena o una boda.
Pero cuando llegó el momento de elegir entre fingir y marcharme, fui yo quien dijo basta.
No perdí un matrimonio aquella noche.
Recuperé la vida que había dejado de vivir mientras intentaba salvarlo.
Y por primera vez, cuando cerré la puerta de mi nuevo departamento, no sentí que estaba dejando atrás a alguien.
Sentí que finalmente estaba llegando a casa.