Shen Nianqing tardó menos de diez minutos en entenderlo.
Cinco millones.
Eso era exactamente lo que Jiang Zhiyi había recibido después del divorcio.
Había vendido la casa de tres millones, sumado parte del efectivo y comprado aquella propiedad en Xi’an.
No había ningún hombre misterioso financiándola.
No había ningún amante rico.
La vida que Jiang Zhiyi tenía ahora había sido construida con lo último que él le entregó al abandonarla.
Tres horas y media después, Shen Nianqing llegó a Xi’an.
No avisó a Zhou Ming.
Tampoco reservó hotel.
Fue directamente a la dirección que tenía.
Cuando el taxi se detuvo frente al complejo residencial, eran casi las diez de la noche.
Shen Nianqing permaneció varios minutos dentro del vehículo.
Había imaginado aquel encuentro durante todo el viaje.
Pero cuando vio una luz encendida en el séptimo piso, por primera vez en años sintió miedo.
Finalmente subió.
Tocó el timbre.
Una vez.
Dos veces.
La puerta se abrió.
Y Shen Nianqing quedó inmóvil.
El hombre que había contestado el teléfono estaba allí.
Alto, con ropa de casa y unas pantuflas grises.
—¿Usted?
Shen Nianqing apretó la mandíbula.
—Quiero ver a Jiang Zhiyi.
—Está durmiendo.
—Entonces la esperaré.
El hombre lo observó unos segundos.
—Señor Shen, son las diez de la noche. No creo que sea apropiado que venga a buscar a mi esposa.
Aquella palabra volvió a perforarlo.
Esposa.
—Quiero oírlo de ella.
—¿Oír qué?
Una voz femenina llegó desde el interior.
Shen Nianqing levantó la mirada.
Jiang Zhiyi estaba al final del pasillo.
Tres años.
Había imaginado muchas veces cómo sería volver a verla.
Nunca imaginó que ella lo miraría como se mira a un desconocido.
—Zhiyi.
Ella tardó unos segundos en responder.
—Shen Nianqing.
Entonces miró al hombre.
—Hermano, entra.
Shen Nianqing se quedó paralizado.
—¿Hermano?
El hombre sonrió.
—¿Qué creyó?
Jiang Zhiyi frunció el ceño.
—¿Por qué estás aquí?
Shen Nianqing ignoró la pregunta.
—¿No es tu esposo?
—No.
Primer golpe.
El hombre del teléfono era Jiang Zhiming, primo de Jiang Zhiyi.
Había contestado así porque reconoció el nombre de Shen Nianqing y quiso molestarlo.
Pero Shen Nianqing apenas pudo sentir alivio.
Porque en ese instante escuchó unos pequeños pasos.
—Mamá…
Una niña apareció abrazando un conejo de peluche.
Detrás de ella salió un niño medio dormido.
Shen Nianqing dejó de respirar.
Esta vez no había sombreros.
No había fotografías borrosas.
Los veía de frente.
El niño tenía sus cejas.
Sus ojos.
Incluso aquella expresión seria que aparecía en sus propias fotografías infantiles.
La niña se parecía más a Jiang Zhiyi, pero tenía exactamente su nariz.
No hacía falta ninguna prueba.
Eran sus hijos.
Shen Nianqing dio un paso.
—Ellos…
Jiang Zhiyi se interpuso inmediatamente.
—Vuelvan a la habitación.
El niño miró al desconocido.
—Mamá, ¿quién es?
Silencio.
Shen Nianqing sintió que algo se rompía dentro de él.
Jiang Zhiyi respondió:
—Una persona que conocí hace mucho tiempo.
Ni siquiera dijo que era su padre.
Los niños regresaron al dormitorio con Jiang Zhiming.
Entonces Jiang Zhiyi cerró la puerta principal detrás de ella y salió al pasillo.
—¿Quién te lo dijo?
—Lo investigué.
Ella soltó una risa fría.
—Claro. Sigues resolviendo todo de la misma manera.
—Zhiyi, necesito saber si son míos.
Ella lo miró fijamente.
—Sí.
Una sola palabra.
Sin dramatismo.
Sin lágrimas.
Y precisamente por eso dolió más.
Shen Nianqing sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Por qué no me dijiste?
Jiang Zhiyi permaneció callada unos segundos.
Después preguntó:
—¿De verdad no te lo dije?
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La prueba de embarazo.
El recuerdo volvió.
Ella saliendo del baño.
Él hablando por teléfono.
Su mano indicándole que se marchara.
—Aquella mañana iba a decírtelo.
Shen Nianqing palideció.
—Yo…
—Y dos días después lo intenté otra vez. Te dije que necesitaba hablar contigo después de cenar. ¿Recuerdas qué respondiste?
No recordaba.
Ella sí.
—Dijiste: «Si no es urgente, otro día».
Jiang Zhiyi sonrió con amargura.
—Al día siguiente tu madre me llevó al hospital.
Shen Nianqing levantó bruscamente la cabeza.
—¿Mi madre sabía?
—Sí.
Segundo golpe.
Jiang Zhiyi sacó el teléfono.
Buscó una fotografía antigua.
Era un informe médico.
Embarazo gemelar.
Ocho semanas.
—Tu madre lo supo antes que tú.
La voz de Jiang Zhiyi tembló por primera vez.
—¿Sabes qué me dijo?
Shen Nianqing no respondió.
—Que un embarazo no cambiaría nada. Que tú estabas cansado de nuestro matrimonio y que usar a los niños para retenerte solo conseguiría que me despreciaras más.
—Ella no tenía derecho…
—Pero tú sí tenías derecho a preguntarme.
Aquella frase lo silenció.
Jiang Zhiyi continuó:
—Esperé.
—Una semana.
—Después dos.
—Pensaba que notarías algo.
Sus ojos se humedecieron.
—Pero estabas demasiado ocupado para verme.
Shen Nianqing sintió una presión insoportable en el pecho.
—¿Y el divorcio?
—Cuando lo propusiste, entendí.
—¿Entendiste qué?
—Que si tenía que utilizar a mis hijos para convencer a su padre de quedarse, entonces ese matrimonio ya estaba muerto.
Shen Nianqing bajó la mirada.
Por primera vez no tenía defensa.
—Quiero compensarlos.
—No.
—Soy su padre.
—Biológicamente.
Él levantó la cabeza.
—Dame una oportunidad.

—¿Para qué? ¿Para convertirte en padre cuando ya aprendí a criarlos sin ti?
Antes de que pudiera responder, el ascensor se abrió.
Shen Nianqing se volvió.
Y vio a Shen Yucen.
Detrás de ella estaban Zhou Ming y dos guardaespaldas.
—¡Nianqing!
El rostro de Jiang Zhiyi perdió todo color.
Shen Nianqing miró inmediatamente a Zhou Ming.
—¿Tú le dijiste?
—No, director general. La señora Shen revisó su itinerario.
Shen Yucen ni siquiera saludó.
—¿Dónde están mis nietos?
Jiang Zhiyi retrocedió.
Shen Nianqing se colocó delante de ella.
—Mamá, vete.
—¿Qué dijiste?
—Que te vayas.
—¡Son sangre de la familia Shen!
—Son hijos de Jiang Zhiyi.
—¡También son tuyos!
—Precisamente por eso no permitiré que vuelvas a decidir por nosotros.
Shen Yucen quedó atónita.
—¿Te ha contado tonterías?
Shen Nianqing sacó el teléfono.
—Me contó que sabías que estaba embarazada.
El rostro de su madre cambió.
Aquello bastó.
—¿Es verdad?
—Yo solo quería protegerte. En ese momento estabas negociando aquella fusión. Si ella utilizaba el embarazo…
—¡Basta!
La voz de Shen Nianqing resonó por el pasillo.
Por primera vez en su vida, Shen Yucen guardó silencio ante su hijo.
—Tres años —dijo él—. Perdí tres años porque nunca escuché a mi esposa y porque permití que tú la trataras como si fuera un problema.
—Nianqing…
—Si vuelves a acercarte a los niños sin permiso de Zhiyi, no volverás a verme a mí tampoco.
Shen Yucen palideció.
Media hora después se marchó.
Pero Jiang Zhiyi tampoco permitió que Shen Nianqing entrara.
—Gracias —dijo simplemente.
—No lo hice para que me agradecieras.
—Lo sé.
—Zhiyi…
—Buenas noches.
La puerta se cerró.
Durante los siguientes tres meses, Shen Nianqing no volvió a presionarla.
Pero tampoco desapareció.
Viajaba a Xi’an cada viernes.
Al principio veía a los gemelos solo una hora, en presencia de Jiang Zhiyi.
Descubrió que el niño se llamaba Jiang An.
La niña, Jiang Ning.
Descubrió que An odiaba las zanahorias.
Que Ning tenía miedo de los truenos.
Que ambos adoraban los dinosaurios.
Y descubrió algo todavía más doloroso:
ser padre no consistía en compartir sangre, sino en estar presente.
Un viernes, Jiang An cayó mientras corría por el parque.
Shen Nianqing lo levantó inmediatamente.
—¿Te duele?
El niño aguantó las lágrimas.
—Un poquito.
Shen Nianqing se arrodilló y limpió la herida.
Entonces escuchó:
—Papá Shen…
Sus manos se detuvieron.
Jiang An también pareció sorprendido por lo que acababa de decir.
—Mamá dijo que eres nuestro papá.
Shen Nianqing levantó lentamente la cabeza.
Jiang Zhiyi estaba unos metros más atrás.
Sus miradas se encontraron.
Aquella noche, después de dormir a los niños, ella le entregó un sobre.
Shen Nianqing lo abrió.
Era una prueba de ADN.
Probabilidad de paternidad: 99,99 %.
—La hice para que nunca haya dudas —dijo ella.
Él cerró el informe.
—Nunca las tuve después de verlos.
—Yo sí tenía una.
—¿Cuál?
Jiang Zhiyi lo miró.
—Si regresarías porque los amas… o porque no soportas haber perdido algo que considerabas tuyo.
Shen Nianqing permaneció en silencio.
Después dejó el informe sobre la mesa.
—Al principio, probablemente fue lo segundo.
Ella se sorprendió.
—Pero ahora sé la diferencia.
Señaló hacia la habitación de los niños.
—Ellos no me pertenecen.
Luego la miró.
—Y tú tampoco.
Respiró profundamente.
—Si algún día me permites regresar, quiero que sea porque tú me elegiste. No porque fui tu esposo. No porque soy su padre.
Jiang Zhiyi bajó los ojos.
—¿Y si nunca ocurre?
—Entonces seguiré siendo su padre y respetaré tu decisión.
Pasaron otros seis meses.
Shen Nianqing trasladó parte de las operaciones de la empresa a Xi’an.
No se mudó con ella.
Alquiló un departamento a diez minutos.
Shen Yucen pidió disculpas personalmente y, durante meses, aceptó ver a sus nietos únicamente cuando Jiang Zhiyi lo permitía.
Nada volvió a ser como antes.
Y precisamente por eso pudo empezar algo nuevo.
Una tarde de primavera, Shen Nianqing llegó al parque Nanhu.
Jiang Ning corrió hacia él.
—¡Papá!
Jiang An llegó detrás.
—¡Llegaste tarde tres minutos!
—Lo siento.
—Mamá dice que llegar tarde está mal.
Shen Nianqing miró a Jiang Zhiyi.
—Tu mamá tiene razón.
Ella sonrió.
Esta vez no era aquella sonrisa forzada del certificado de divorcio.
Era real.
Shen Nianqing caminó hasta ella.
—Zhiyi.
—¿Sí?
Sacó del bolsillo una pequeña caja.
Ella inmediatamente frunció el ceño.
—Shen Nianqing…
—No es un anillo.
La abrió.
Dentro había una llave.
—Compré una casa cerca de aquí.
—¿Y?
—Tiene cuatro habitaciones.
Ella levantó una ceja.
—¿Me estás proponiendo mudarnos juntos?
—No.
Él puso la llave en su mano.
—Te estoy diciendo dónde estaré si algún día quieres venir.
Jiang Zhiyi observó la llave durante varios segundos.
Después cerró los dedos alrededor de ella.
—¿Y si solo voy a cenar?
—Cocinaré.
—Cocinas horrible.
—Aprenderé.
—¿Y si los niños destruyen tu casa?
—Será su casa.
Jiang Zhiyi levantó la mirada.
—¿Y si vuelvo a confiar en ti y vuelves a hacerme daño?
Esta vez Shen Nianqing tardó en responder.
—Entonces tendrás derecho a marcharte otra vez.
Se acercó un poco.
—Pero espero pasar el resto de mi vida asegurándome de que nunca necesites hacerlo.
Jiang Zhiyi no respondió.
Solo comenzó a caminar.
Después de unos pasos se volvió.
—¿No vienes?
Shen Nianqing sonrió.
Corrió hacia ella.
Los gemelos iban delante, discutiendo por quién llegaría primero.
Jiang Zhiyi caminaba a su lado.
Y Shen Nianqing comprendió finalmente algo que tres años atrás había sido demasiado arrogante para entender.
El amor no era esperar que alguien regresara.
Era darle razones para quedarse.
Un año después, volvieron a registrar su matrimonio.
Esta vez no hubo reuniones pendientes.
No hubo llamadas de negocios.
No hubo nadie mirando el reloj.
Cuando salieron de la Oficina de Asuntos Civiles, Jiang Zhiyi se detuvo exactamente donde se había despedido de él cuatro años atrás.
—Shen Nianqing.
—¿Sí?
Ella levantó el nuevo certificado de matrimonio.
—La última vez te dije que algún día te arrepentirías.
Él tomó su mano.
—Y tenías razón.
—¿Y ahora?
Shen Nianqing miró a Jiang An y Jiang Ning, que los esperaban junto al coche.
Después volvió a mirarla.
—Ahora pienso dedicar toda mi vida a no tener que arrepentirme otra vez.
Jiang Zhiyi sonrió.
Y esta vez, cuando comenzaron a caminar…
Shen Nianqing no se adelantó.
No miró el reloj.
No se volvió hacia otro lugar.
Simplemente tomó su mano.
Y regresaron juntos a casa.