Los dos hombres seguían inmóviles frente a mí.
El teléfono continuaba emitiendo aquella voz fría.
—Veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos para el retorno.
El hombre más alto recuperó la compostura y avanzó hacia mí.
—No sé qué clase de truco estás haciendo, pero vas a venir con nosotros.
Sonreí.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te llevaremos a la fuerza.
Antes de que pudiera tocarme, las luces de la habitación se apagaron.
Durante unos segundos, todo quedó completamente oscuro.
Después, mi teléfono volvió a hablar.
—Protocolo de protección activado.
Los dos hombres retrocedieron.
Una alarma comenzó a sonar en toda la mansión.
Puertas se cerraron automáticamente.
Las cámaras del pasillo se encendieron.
Y, desde el altavoz del teléfono, escuché una frase que jamás esperaba oír.
—Anfitriona Emily Whitmore: la muerte de Clara Whitmore ha sido registrada como consecuencia de una negligencia médica intencional.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué?
Entonces apareció un archivo en la pantalla.
Era el historial de la operación de Clara.
Lo abrí con manos temblorosas.
Había una grabación.
La voz de Daniel se escuchaba claramente.
—No pienso ir. Si Clara muere, será problema del hospital.
Después apareció otra grabación.
La voz de Adrian.
—Bloquea mi número. No quiero que Emily vuelva a llamarme.
Me quedé mirando la pantalla.
Durante diez años había amado a ese hombre.
Y aquella noche descubrí que ni siquiera había considerado que mi llamada podía significar una vida o una muerte.
Pero había algo más.
Debajo de las grabaciones aparecía un documento firmado.
Daniel y Adrian habían recibido una transferencia de Hailey aquella misma mañana.
Me quedé helada.
—No…
El teléfono mostró el concepto del pago.
“Por garantizar que Clara no sobreviva a la cirugía.”
Los dos hombres palidecieron.
—Eso es falso —dijo uno de ellos.
Yo levanté la mirada.
—Entonces tendremos que preguntárselo a Hailey.
La puerta se abrió de golpe.
Hailey estaba en el pasillo.
Por primera vez, su expresión dulce había desaparecido.
—Dame ese teléfono.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que descubra algo más?
Ella apretó los dientes.
—Clara siempre fue demasiado inteligente.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
Hailey soltó una pequeña risa.
—¿De verdad creías que todo esto empezó hoy?
Sentí un escalofrío.
—Habla.
—Clara descubrió hace meses que yo sabía la verdad sobre ustedes dos.
—¿Qué verdad?
Hailey me miró directamente.
—Ustedes no eran las únicas transmigradoras.
El mundo pareció quedarse en silencio.
—¿Qué?
—Yo también llegué a este mundo con un sistema.
Daniel y Adrian la miraron horrorizados.
Hailey continuó:
—Cuando descubrí que ustedes podían regresar con recompensas, decidí quedarme con todo. La familia. El dinero. Las empresas. Y los hombres que ustedes amaban.
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
—Entonces Clara…
—Clara fue la primera que intentó regresar.
Hailey sonrió.
—Y por eso tenía que desaparecer.
Uno de los hombres detrás de ella bajó la cabeza.
—Señorita Hailey, nosotros no sabíamos que…
—¡Cállate!
Pero ya era demasiado tarde.
Las cámaras de la mansión habían grabado cada palabra.
El teléfono me mostró un mensaje.
—Evidencia recopilada. Entrega automática a las autoridades confirmada.
Hailey se quedó completamente blanca.
—No…
En ese instante, las puertas principales de la mansión se abrieron.
Entraron agentes de policía.
Daniel intentó acercarse a Hailey.
—¡Hailey, corre!
Pero los agentes lo esposaron primero.
Adrian también fue detenido.
Yo los observé sin sentir satisfacción.

Solo una enorme tristeza.
Daniel me miró.
—Emily, espera. Yo no sabía que ella quería matar a Clara.
—Pero elegiste no ir.
Bajó la cabeza.
—Lo siento.
—Tu disculpa llegó demasiado tarde.
Adrian comenzó a llorar.
—Emily, yo te amaba.
Lo miré durante unos segundos.
—Yo también te amaba. Ese fue mi error.
Después me alejé.
Horas más tarde, el hospital me entregó las cenizas de Clara.
Recordé su última petición.
Llevé la urna hasta el mar.
El cielo estaba teñido de naranja cuando abrí la tapa.
—Clara, ya puedes volver a casa.
El viento levantó suavemente las cenizas y las llevó sobre el agua.
Entonces mi teléfono vibró.
—Retorno disponible. Recompensa: diez mil millones.
Sonreí entre lágrimas.
—Acepto.
Pero antes de partir, apareció un último mensaje.
—¿Deseas transferir la mitad de tu recompensa a otra anfitriona fallecida?
Me quedé paralizada.
—¿Otra anfitriona?
La pantalla mostró un nombre.
Clara Whitmore.
Mi respiración se detuvo.
—¿Está viva?
La respuesta apareció inmediatamente.
—No. Su cuerpo pertenece a este mundo. Pero su conciencia ha regresado al sistema.
Me cubrí la boca para contener un sollozo.
Entonces apareció el último mensaje:
—Recompensa de Clara: diez mil millones. ¿Deseas compartir tu mundo de origen con ella?
Me reí.
Esta vez de verdad.
—Claro que sí.
La luz envolvió mi cuerpo.
Y por primera vez en diez años, sentí que dejaba atrás aquella vida.
No regresé sola.
Clara tampoco.
Mientras el mar desaparecía ante mis ojos, entendí que nuestra historia nunca había sido sobre los hombres que nos abandonaron.
Había sido sobre dos amigas que, incluso después de perderlo todo, encontraron juntas el camino de regreso a casa.
Y esta vez, nadie podría separarnos.