Parte 2: LOS CUATRO HIJOS QUE SOFÍA ESCONDIÓ DURANTE CINCO AÑOS Y EL SECRETO POR EL QUE ESTUVO DISPUESTA A MORIR

Las puertas de los SUV se abrieron al mismo tiempo.

Doce hombres descendieron.

No parecían policías.

—Elena, lleva a los niños al sótano —ordené.

—Alejandro…

—Ahora.

Mateo me observaba con la fotografía de Sofía todavía entre sus dedos.

—¿Vas a venir con nosotros?

Aquella pregunta me atravesó de una forma que ninguna bala había conseguido jamás.

Me agaché frente a él.

—Sí.

—¿Lo prometes?

Miré sus ojos.

Mis ojos.

—Lo prometo.

Elena reunió a los cuatro.

—Mateo, Nicolás, Gabriel, Tomás. Conmigo.

Los nombres me golpearon uno tras otro.

Mis hijos tenían nombres y yo acababa de conocerlos.

Antes de poder procesarlo, Marco, jefe de mi seguridad, apareció.

—Han bloqueado la entrada trasera.

—¿Quiénes son?

Su expresión bastó para inquietarme.

—Hombres de Vittorio Salazar.

Sentí que el pasado regresaba de golpe.

Vittorio había sido socio de mi padre hacía más de veinte años. Después se convirtió en su enemigo.

Yo creía que estaba muerto.

—Vittorio murió hace seis años.

—Eso creíamos.

Un disparo destrozó una ventana.

Empujé a Elena hacia el pasillo.

—¡Abajo!

Mis hombres respondieron desde el vestíbulo.

Corrí hasta el estudio y abrí el compartimento oculto detrás de la biblioteca.

Dentro había armas, documentos y una salida subterránea.

Pero Elena no entró.

—No podemos huir.

—¿Por qué?

—Porque esto no terminará mientras no sepas la verdad.

—Entonces habla.

Miró a los niños.

—Sofía descubrió algo semanas antes de saber que estaba embarazada.

—¿Qué?

—Que alguien dentro de tu organización trabajaba para Salazar.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Quién?

Elena tragó saliva.

—Tu hermano.

El mundo pareció detenerse.

—¿Daniel?

—Sí.

Negué inmediatamente.

—Daniel murió con Sofía.

—No.

Elena abrió el collar que llevaba al cuello y sacó una pequeña llave.

—Daniel provocó el accidente en el que murió Sofía. Y Daniel sigue vivo.

La miré sin respirar.

Cinco años atrás, el auto de Sofía había explotado camino al aeropuerto. Daniel supuestamente viajaba con ella.

Solo encontramos restos irreconocibles.

Dos ataúdes cerrados.

Dos funerales.

—¿Por qué Sofía no me lo dijo?

—Lo intentó.

Elena señaló la fotografía.

—Pero descubrió que Daniel controlaba a dos de tus guardaespaldas, a tu abogado y al médico que atendía su embarazo. Si te contaba que esperaba cuatrillizos, los niños se convertían inmediatamente en objetivos.

—¿Por qué?

Elena cerró los ojos.

—Porque tu padre dejó un segundo testamento.

Otro disparo resonó arriba.

—¿Qué testamento?

—Uno que Daniel jamás pudo encontrar.

Elena metió la llave en un pequeño cofre escondido bajo una tabla del sótano.

Dentro había una memoria USB y un sobre amarillento.

Reconocí la firma de mi padre.

Abrí el documento.

Las palabras me helaron.

Si Alejandro Moretti tuviera descendencia legítima, el control mayoritario del patrimonio familiar pasaría a sus hijos.

Daniel recibiría apenas una fracción.

Comprendí todo.

—Los niños heredaban el imperio.

—Exactamente —dijo Elena—. Daniel necesitaba que murieran antes de que alguien supiera que existían.

—Pero Sofía murió.

Elena bajó la mirada.

—Sofía debía desaparecer aquella noche. Teníamos preparado otro automóvil. Otra identidad.

Mi voz tembló.

—¿Qué pasó?

—Daniel llegó antes.

Silencio.

—Sofía consiguió entregarme a los bebés. Tenían apenas tres semanas. Luego regresó.

—¿Regresó? ¿Por qué?

—Porque había dejado algo que podía destruirlo.

Elena señaló la memoria USB.

—Esto.

Un estruendo sacudió la puerta principal.

Marco gritó desde las escaleras:

—¡JEFE, ENTRARON!

Tomé el arma.

—Saca a los niños por el túnel.

Entonces una voz conocida sonó desde arriba.

—Yo no haría eso, hermano.

Se me congeló la sangre.

Daniel descendió lentamente las escaleras.

Más viejo.

Una cicatriz cruzaba su mejilla.

Pero vivo.

Mi hermano muerto estaba parado frente a mí.

—Cinco años —dije.

Sonrió.

—Cinco años buscándolos.

Mateo se escondió detrás de mí.

Daniel lo vio.

Su sonrisa desapareció.

—Así que Sofía realmente consiguió salvarlos.

—No los mires.

—Siempre tan protector.

Levantó su arma.

—Entrégame la memoria.

—¿Mataste a Sofía?

Daniel inclinó la cabeza.

—Sofía eligió mal.

Me lancé sobre él.

El disparo golpeó la pared.

Caímos contra una mesa.

Daniel me golpeó en las costillas. Le respondí en la mandíbula.

Sus hombres bajaron.

Entonces las luces se apagaron.

—¡Ahora! —gritó Elena.

Marco y mis guardias aparecieron desde el corredor lateral.

El sótano explotó en gritos.

Agarré a Daniel y lo lancé contra el suelo.

El arma quedó entre nosotros.

Él alcanzó primero la empuñadura.

—Siempre fuiste el favorito —escupió.

Apuntó hacia mí.

Pero una voz infantil gritó:

—¡Papá!

Me quedé inmóvil.

Mateo acababa de llamarme papá.

Daniel también se distrajo.

Fue suficiente.

Le golpeé la muñeca y aparté el arma.

Marco lo redujo.

—Se acabó.

Daniel empezó a reír.

—¿De verdad crees eso?

Miró la memoria.

—No sabes lo que contiene.

Elena sí.

Conectó la memoria a la computadora de seguridad.

Aparecieron archivos bancarios, grabaciones y transferencias.

Después apareció un video.

Sofía llenó la pantalla.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Estaba embarazada.

—Alejandro —dijo la grabación—, si estás viendo esto, probablemente no pude regresar.

Me acerqué.

—Descubrí lo que Daniel está haciendo. Está financiando a Salazar con dinero de la familia. Pero eso no es lo peor.

La imagen tembló.

—Daniel planea matarte y hacer parecer que Salazar fue responsable.

Miré a mi hermano.

Su rostro había perdido todo color.

Sofía continuó:

—Si nuestros hijos nacen, también estarán en peligro. Por eso voy a esconderlos. Y necesito que creas que es de ti de quien los escondo.

Las lágrimas me ardieron.

Por fin comprendí aquellas cinco palabras.

MANTENLOS A SALVO DE ALEJANDRO.

No significaban que yo fuera la amenaza.

Significaban que nadie debía saber que Alejandro Moretti tenía hijos.

—Perdóname —susurró Sofía desde la pantalla—. Sé que vas a odiarme. Pero prefiero que me odies y que nuestros hijos vivan.

Daniel intentó correr.

Marco lo derribó.

Afuera comenzaron a escucharse sirenas.

Lo miré.

—¿Policía?

Marco asintió.

—Elena los llamó antes de que llegaras.

La miré sorprendido.

—¿Sabías que esto ocurriría?

—Sabía que algún día encontrarían a los niños. Llevo cinco años preparando este momento.

Ese fue el último secreto de Elena: nunca había estado simplemente escondiéndolos. Había estado reuniendo las pruebas necesarias para terminar la guerra que Sofía había comenzado.

Daniel fue arrestado junto con los hombres de Salazar.

Las pruebas de la memoria permitieron localizar a Vittorio aquella misma noche.

Por primera vez en cinco años, nadie perseguía a mis hijos.

Cuando amaneció, regresé al comedor.

Los cuatro estaban sentados frente a platos de panqueques.

Nicolás me miró.

—Elena dice que esta mesa estaba prohibida.

—Lo estaba.

—¿Nos van a castigar?

Observé aquella enorme mesa que llevaba cinco años vacía.

—No.

Tomás levantó la mano.

—¿Podemos comer aquí mañana?

—Sí.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Y pasado mañana?

Sonreí.

—También.

Mateo permanecía callado.

Finalmente preguntó:

—¿De verdad eres nuestro papá?

Me arrodillé frente a ellos.

—Sí.

—¿Y dónde estabas?

No existía respuesta sencilla.

—No sabía que ustedes existían.

—Mamá sí sabía.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué no te contó?

Miré la fotografía sobre la mesa.

—Porque su mamá era muchísimo más valiente de lo que yo entendí.

Mateo pensó unos segundos.

Después rodeó mi cuello con sus pequeños brazos.

Los otros tres lo imitaron.

Y Alejandro Moretti, el hombre cuyo nombre hacía bajar la voz a media ciudad, terminó sentado en el suelo llorando mientras cuatro niños discutían quién podía abrazarlo más fuerte.

Elena se quedó en la puerta.

Me levanté y caminé hacia ella.

—Me robaste cinco años.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sé.

Quise enfadarme.

Tenía derecho.

Pero entonces miré a mis hijos.

Vivos.

Seguros.

—Y les diste cinco años que Daniel quería quitarles.

Elena empezó a llorar.

La abracé.

—Cumpliste tu promesa.

Meses después vendí las empresas ilegales que mi padre había dejado detrás de su apellido y convertí el resto en negocios legítimos.

El comedor dejó de estar prohibido.

Se convirtió en el lugar más ruidoso de la casa.

Había juguetes bajo las sillas, vasos derramados y discusiones constantes sobre quién se sentaría a mi lado.

Sobre la chimenea puse una sola fotografía.

Sofía sonriendo.

Una noche, Mateo se quedó mirándola conmigo.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Todavía extrañas a mamá?

—Todos los días.

Tomó mi mano.

—Nosotros también.

Miré a mis cuatro hijos corriendo alrededor de aquella casa que durante años había parecido un mausoleo.

Entonces comprendí finalmente lo que Sofía había hecho.

No me había abandonado.

No había desconfiado de mí.

Había sacrificado su vida para asegurarse de que nuestros hijos tuvieran una.

Besé los dedos de Mateo y miré nuevamente la fotografía.

—Los mantuviste a salvo, Sofía.

Mateo sonrió.

—Ahora tú también.

Lo abracé.

—Sí.

Y esta vez pude hacer una promesa sabiendo que nadie volvería a separarnos.

—Ahora me toca a mí.

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