El licenciado Salcedo esperó hasta que el cementerio comenzó a vaciarse.
Las flores seguían cubriendo el ataúd cuando me entregó el sobre.
—Su esposo insistió en que nadie debía escuchar esta conversación.
Mis manos temblaban.
Reconocí de inmediato la letra de Tomás.
Abrí la carta con cuidado.
“Mariana:”
“Si estás leyendo esto, significa que perdí la última partida de ajedrez contra el tiempo.”
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
“Lo primero que necesito decirte es gracias.”
“No por casarte conmigo.”
“Gracias por haber hecho que dejara de sentirme un hombre esperando la muerte y volviera a sentirme una persona.”
Respiré hondo antes de continuar.
“Ahora viene la parte que nunca pude contarte.”
“Durante cuatro meses fingí ser únicamente un enfermo con una casa pequeña y demasiados libros.”
“No fue una mentira completa.”
“Pero tampoco era toda la verdad.”
Levanté lentamente la vista hacia el abogado.
Él permanecía completamente serio.
Volví a la carta.
“Hace quince años fundé Beltrán Biotecnología junto con dos socios.”
“Cinco años después vendí oficialmente mi participación.”
“Todos creen que salí del negocio sin nada.”
“Eso era exactamente lo que necesitaba que el mundo creyera.”
Sentí un escalofrío.
“Nunca vendí mis acciones.”
“Las coloqué en un fideicomiso imposible de rastrear mientras viviera.”
Mis dedos comenzaron a temblar.
El licenciado abrió entonces otra carpeta.
Dentro había estados financieros.
Contratos.
Documentos notariales.
“El valor actual del fideicomiso supera los seiscientos ochenta millones de pesos.”
La carta cayó unos centímetros entre mis manos.
Negué con la cabeza.
—No…
Salcedo habló por primera vez.
—Todo está debidamente registrado.
Volví a leer.
“No te casaste con un hombre rico.”
“Te casaste con un hombre que llevaba años escondiéndose de las personas que solo amaban su dinero.”
Las siguientes líneas me dejaron sin aliento.
“Durante estos meses observé algo que nadie más vio.”
“Jamás preguntaste cuánto tenía.”
“Nunca revisaste mis documentos.”
“Ni una sola vez aceptaste dinero por acompañarme.”
“Por eso eres la única persona en quien confío.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.

Entonces apareció el verdadero motivo de aquella carta.
“No heredaste una fortuna.”
“Heredaste una responsabilidad.”
“Porque alguien lleva años intentando encontrar ese fideicomiso.”
En ese instante el teléfono del abogado vibró.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió por completo.
—Nos encontraron.
—¿Quiénes?
No respondió.
Guardó apresuradamente todos los documentos dentro del portafolio.
—Tenemos que salir de aquí ahora mismo.
—¿Qué está pasando?
Antes de que pudiera responder, tres camionetas negras entraron lentamente por la puerta principal del cementerio.
Los hombres que descendieron no llevaban flores.
Llevaban la fotografía de Tomás… y uno de ellos sostenía una carpeta con mi nombre escrito en la portada.
Solo entonces comprendí que el matrimonio de diez días nunca había sido el final de la historia.
Había sido el comienzo del peligro que Tomás intentó mantener lejos de mí hasta su último aliento.