Niko dejó el reloj sobre la mesa.
—Primera regla: no interfieres en mis negocios. Segunda: en público actuamos como un matrimonio. En privado, cada uno vive su vida.
Asentí demasiado rápido.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Eso te tranquiliza?
—Sí.
—Interesante.
Se acercó un poco.
Yo retrocedí instintivamente.
Niko se detuvo.
Toda aquella frialdad desapareció de su rostro durante un segundo.
—¿Me tienes miedo?
—No.
—Acabas de retroceder.
—Me casaron con un desconocido hace seis horas. Perdóname si todavía no estoy cómoda.
Me estudió en silencio.
Después miró mis manos.
Yo seguía apretándolas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
—Los periódicos te describen de otra manera.
Ahí estaba.
Los rumores.
Fiestas universitarias.
Fotografías fuera de clubes.
Titulares sobre “la hija salvaje del senador Shaw”.
—Entonces debiste casarte con los periódicos.
Por primera vez, casi sonrió.
—También dicen que has tenido media docena de relaciones.
—¿Y eso te importa?
—No.
—Perfecto.
Niko caminó hacia la puerta.
—Usaré otra habitación.
Me sorprendió.
—¿Eso es todo?
Se volvió.
—¿Esperabas otra cosa?
No respondí.
Y él comprendió.
Su expresión cambió lentamente.
—Espera.
Sentí calor en el rostro.
—Olvídalo.
—¿Nunca has…?
—No termines esa pregunta.
El silencio se volvió insoportable.
Niko me observó como si acabara de descubrir que todo el expediente que tenía sobre mí estaba equivocado.
—¿Nadie lo sabe?
—Ahora tú.
—¿Por qué ocultarlo?
Solté una risa amarga.
—Porque ser hija de Arthur Shaw significa que cualquier detalle privado termina convertido en herramienta política.
Niko bajó la mirada.
—Entonces alguien hizo un trabajo excelente construyéndote una reputación falsa.
Aquella frase me hizo levantar la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Niko abrió la puerta.
—Duerme. Mañana hablaremos.
—No.
Me interpuse.
—Mi padre estaba aterrorizado cuando me habló de este matrimonio. Tú sabes por qué.
Niko permaneció inmóvil.
—Pregúntaselo a él.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Su mandíbula se tensó.
Finalmente sacó el teléfono.
Abrió un documento.
Me lo entregó.
Era una fotografía de mi padre entrando en un estacionamiento subterráneo.
Debajo aparecía una fecha de tres meses atrás.
Y junto a él estaba un hombre que reconocí inmediatamente.
El fiscal federal que investigaba a los Santoro.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi padre trabaja con él?
—Tu padre llevaba meses entregándole información.
Lo miré horrorizada.
—Entonces ¿me obligaste a casarme contigo para castigarlo?
—No.
—¿Para garantizar su silencio?
—Tampoco.
Niko deslizó la pantalla.
Apareció otra fotografía.
Esta vez era yo saliendo de la facultad de Derecho.
Después otra frente a mi apartamento.
Otra con Stella.
—¿Me vigilaban?
—No eran mis hombres.
Mi estómago se cerró.
—¿De quién?
—Eso es lo que tu padre descubrió demasiado tarde.
Niko recuperó el teléfono.
—Alguien dentro de su propio círculo estaba preparando un escándalo. Querían destruirlo políticamente y utilizarte para presionarlo.
—¿Y los Santoro qué tienen que ver?
—Tu padre vino a nosotros.
Me quedé helada.
—Él dijo que había llegado a un acuerdo con ustedes.
—Mintió.
Niko me miró directamente.
—Arthur pidió protección para ti.
Todo lo que creía saber cambió de forma.
—¿Y el matrimonio?
—Fue la solución de mi padre.
—¿Y tú aceptaste?
—Sí.
—¿Por qué?
Niko tardó demasiado en responder.
—Porque reconocí uno de los nombres del expediente.
Sacó una carpeta del cajón y la dejó sobre la cama.
La abrí.
Había transferencias bancarias, fotografías, registros de llamadas.
Y al final, una lista de personas que habían filtrado información sobre mí durante casi dos años.
Mi respiración se detuvo.
—No.
El primer nombre era imposible.
Stella Morgan.
Mi mejor amiga.
La mujer que dos días antes me había abrazado y dicho:
“Huye”.
—Eso está falsificado.
—Ojalá.
—Stella jamás…
—Vendió fotografías tuyas. Horarios. Lugares. Incluso historias inventadas sobre tus supuestas relaciones.
Recordé cada titular.
Cada rumor.
Cada vez que Stella había dicho:
“No leas internet, sabes cómo es la gente”.
Sentí náuseas.
—¿Por qué?
—Dinero, al principio.
Niko pasó otra página.
—Después empezó a trabajar para alguien más.
—¿Quién?
Antes de responder, sonó mi teléfono.
Papá.
Contesté.
—¿Por qué no me dijiste la verdad?
Silencio.
Después escuché su respiración.
—¿Niko te enseñó el expediente?
—Sí.
Mi padre soltó el aire.

—Entonces escúchame con atención. No confíes completamente en los Santoro tampoco.
Miré a Niko.
Él podía escuchar.
No reaccionó.
—Papá, ¿qué está pasando?
—Cometí errores, cariño. Muchos. Pero el matrimonio nunca fue por dinero.
Su voz se quebró.
—Era la única forma que encontré de colocarte bajo una protección que nuestros enemigos no se atreverían a desafiar.
—Me amenazaste con desheredarme.
—Porque necesitaba que me odiaras lo suficiente para aceptar alejarte de mí.
Cerré los ojos.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
Entonces escuché un ruido al otro lado de la llamada.
Mi padre dejó de hablar.
—¿Papá?
Nada.
—¿Papá?
La llamada terminó.
Niko ya estaba marcando otro número.
Su rostro había cambiado por completo.
—¿Qué pasa?
—El equipo que protegía a tu padre dejó de responder hace siete minutos.
Sentí que las piernas me fallaban.
Niko me sostuvo antes de que cayera.
—Tenemos que irnos.
—Quiero encontrar a mi padre.
—Eso haremos.
Abrió un compartimento oculto y sacó otra carpeta.
—Pero primero necesitas conocer la parte que Arthur no se atrevió a contarte.
Dentro había un certificado antiguo.
Mi nombre.
Mi fecha de nacimiento.
Y debajo, un segundo apellido que jamás había visto.
—¿Qué es esto?
Niko me miró.
—La razón por la que alguien lleva años vigilándote.
Levanté los ojos.
—¿Quién soy?
—Nora Shaw.
Hizo una pausa.
—Pero Arthur Shaw no es tu padre biológico.
El aire abandonó mis pulmones.
Niko señaló el segundo apellido.
Santoro.
Negué inmediatamente.
—No.
—Mi padre tenía un hermano mayor.
Miré el documento otra vez.
Después a Niko.
Él comprendió exactamente lo que estaba pensando.
—No somos familia biológica —aclaró—. Santoro fue el apellido legal que quedó en ese registro por una operación de protección realizada cuando eras bebé. Por eso pedí verificarlo antes de aceptar este matrimonio.
Sentí una mezcla de alivio y horror.
—Entonces ¿quién era mi padre?
Niko cerró la carpeta.
—Ese es el secreto por el que Arthur estuvo dispuesto a entregarte su fortuna, su carrera y hasta hacer que lo odiaras.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje del número de mi padre.
Solo tenía una fotografía.
Arthur estaba sentado en una habitación desconocida.
Y detrás de él estaba Stella.
Debajo había seis palabras:
“TRAE A NORA. SIN LA FAMILIA SANTORO.”
Niko miró la pantalla.
Yo también.
Y finalmente comprendí algo.
La noche de bodas que había temido no iba a terminar conmigo atrapada en un matrimonio peligroso.
Iba a terminar descubriendo que el hombre al que todos me habían enseñado a temer quizá era la única persona que sabía quién llevaba años intentando destruirme.