PARTE 2: LA HIJA QUE NUNCA LE OCULTÉ

—Suéltame.

Sebastian pareció no escucharme.

—Clara, te pregunté si es mi hija.

Luna frunció el ceño.

—Tío, estás apretando a mi mami.

Eso consiguió que reaccionara.

Me soltó inmediatamente.

Me froté la muñeca.

—No. Luna no es tu hija.

Sebastian me miró como si acabara de decirle la mentira más evidente del mundo.

—Tiene cuatro años.

—Sé contar.

—Terminamos hace cuatro años.

—También recuerdo cuándo terminamos.

—Y se parece a ti.

Suspiré.

—Porque es hija de mi hermana.

El silencio fue absoluto.

Sebastian parpadeó.

—¿Qué?

—Mi hermana y mi cuñado murieron poco después de que termináramos. Luna tenía tres meses. Soy su tutora legal.

Luna levantó una mano.

—Pero afuera le digo mami.

—Gracias por la aclaración, cariño.

Sebastian se quedó inmóvil.

Toda la rabia desapareció.

Y detrás quedó algo parecido a vergüenza.

Jason, que había presenciado la escena desde unos metros, decidió desaparecer discretamente.

Sebastian miró a Luna.

—Entonces… ¿tu mamá biológica era la hermana de Clara?

Luna asintió.

—Está en el cielo.

Su expresión se suavizó.

—Lo siento.

—Está bien. Tengo a mi tía.

Después me señaló.

—Aunque afuera es mi mamá para espantar tíos.

Cerré los ojos.

Sebastian me miró.

—¿Espantar tíos?

—Es una historia larga.

Por primera vez en cuatro años, una sonrisa apareció en su rostro.

Duró poco.

Porque todavía quedaba una pregunta mucho más incómoda.

La mía.

—¿Y tu prometida?

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué prometida?

Lo miré incrédula.

—La mujer por la que terminamos.

—Clara, tú terminaste conmigo sin explicarme nada.

—Porque descubrí que tu familia llevaba años preparando tu matrimonio con Evelyn Zhao.

Sebastian se quedó completamente quieto.

—¿Quién te dijo eso?

—Lo escuché de tu madre.

La noche antes de nuestra graduación había ido a buscarlo a casa.

Desde el pasillo escuché a la señora Fu hablando con otra mujer.

“Cuando Evelyn regrese del extranjero anunciaremos el compromiso.”

“Sebastian terminará entendiendo que esa chica Song nunca fue apropiada.”

No necesité escuchar más.

Sebastian se pasó una mano por el rostro.

—Evelyn era la candidata que mi abuelo quería.

—Exactamente.

—Yo nunca acepté.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué?

—Rechacé ese compromiso antes de conocerte.

Negué.

—Tu madre dijo…

—Mi madre pasó tres años esperando que cambiara de opinión.

Se inclinó hacia mí.

—¿Tú pensaste durante todo este tiempo que tenía una prometida?

—¿No la tenías?

—No.

Una sola palabra.

Cuatro años perdidos dentro de ella.

—Entonces ¿por qué te fuiste al extranjero?

—Porque tú me dejaste.

Su voz se endureció.

—Me dijiste que regresabas a tu ciudad. Me dijiste que nuestras vidas no volverían a cruzarse. Y después de nuestra última noche juntos, desapareciste.

Bajé la mirada.

—Pensé que habías dicho que te cansaste de jugar.

—Porque estaba furioso.

Soltó una risa amarga.

—Pensé que quien había estado jugando eras tú.

Nos quedamos mirándonos.

Dos personas que habían pasado cuatro años odiando versiones equivocadas de la misma historia.

Entonces Luna levantó su vaso.

—Tengo sed.

La tensión murió instantáneamente.

—Vamos por agua —dije.

Pero cuando intenté marcharme, Sebastian habló.

—Clara.

Me detuve.

—No pienso pedirte que volvamos.

Eso me sorprendió.

—Bien.

—Pero tampoco voy a fingir que descubrir esto no cambia nada.

Lo miré.

—Han pasado cuatro años.

—Lo sé.

Sus ojos bajaron hacia Luna.

—Y veo que pasaron muchas cosas mientras yo estaba enfadado contigo.

Aquella noche pensé que terminaría ahí.

No fue así.

A la mañana siguiente, Sebastian apareció en la reunión profesional.

No se sentó conmigo.

No intentó impresionarme.

No mencionó nuestra relación.

Simplemente trabajó.

Y eso fue mucho más peligroso.

Porque durante los siguientes días descubrí al hombre en que se había convertido.

Ya no era el universitario orgulloso que explotaba cuando algo escapaba de su control.

Escuchaba.

Esperaba.

Y, sobre todo, respetaba mis límites.

Luna, naturalmente, decidió complicarlo todo.

El tercer día regresó de la zona infantil sosteniendo dos helados.

Le entregó uno a Sebastian.

—Tío, puedes sentarte con nosotras.

—¿Tengo autorización?

Luna me miró.

—Mami, ¿puede?

—Tía.

—Aquí estamos afuera.

Sebastian se atragantó intentando no reírse.

Lo fulminé con la mirada.

—Siéntate.

Esa tarde finalmente hablamos de aquellos cuatro años.

Le conté sobre mi hermana.

Sobre el funeral.

Sobre aprender a preparar biberones mientras todavía intentaba superar nuestra ruptura.

Sobre cómo Luna había transformado mi vida.

Sebastian me contó que Evelyn se había casado hacía dos años.

—¿Tu madre fue a la boda?

—Sí.

—Debió ser devastador.

Se rio.

Después se puso serio.

—Mi madre sabía que tú habías escuchado aquella conversación.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo?

—Me lo confesó hace dos años.

Sentí frío.

—¿Y nunca me buscaste?

—Lo hice.

Sacó el teléfono.

Abrió una carpeta antigua.

Correos devueltos.

Mensajes nunca entregados.

Incluso una carta enviada a la dirección de mis padres.

—Tu número cambió. Dejaste Jincheng. Tu antiguo estudio cerró.

Miré las fechas.

Había intentado encontrarme durante meses.

—Nunca recibí la carta.

—Ya lo imaginaba.

Entonces vi una anotación.

“Devuelta por destinatario.”

Pero la firma de quien había rechazado la entrega me resultó familiar.

Mi padre.

Sentí un vacío en el estómago.

Llamé esa misma noche.

Papá guardó silencio cuando pregunté.

Finalmente confesó.

—Acababas de perder a tu hermana. Tenías una bebé que criar. Ese muchacho solo iba a complicarte la vida.

—Eso no lo decidías tú.

—Intentaba protegerte.

—Me quitaste la posibilidad de decidir.

Colgué.

Aquella fue quizá la lección más amarga.

Sebastian y yo habíamos cometido errores.

Pero otras personas también habían tomado decisiones por nosotros creyendo saber qué era lo mejor.

Esta vez no permitiría que ocurriera.

Cuando terminó el encuentro profesional, Sebastian me acompañó al vestíbulo.

—¿Qué hacemos ahora?

—Nada.

Asintió.

No discutió.

—Está bien.

Di dos pasos.

Después me detuve.

—Aunque…

Se volvió.

—Puedes invitarme a tomar café cuando volvamos a Jincheng.

Su expresión cambió.

—¿Eso es una cita?

—Es café.

—Entendido.

Luna tiró de mi manga.

—Mami, ¿este tío ya no necesita ser espantado?

Sebastian me miró esperando mi respuesta.

Sonreí.

—Todavía está bajo evaluación.

Cuatro meses después seguía bajo evaluación.

No recuperamos mágicamente los años perdidos.

No volvimos a ser quienes éramos en la universidad.

Empezamos desde cero.

Sebastian conoció a mis padres nuevamente.

Visitó la tumba de mi hermana.

Y jamás intentó ocupar un lugar en la vida de Luna que ella no quisiera darle.

Hasta que una tarde, mientras los tres comíamos, Luna lo miró muy seria.

—Tío Sebastian.

—¿Sí?

—Cuando conociste a mi tía pensaste que yo era tu hija, ¿verdad?

Él casi dejó caer los palillos.

—¿Quién te contó eso?

—Mami.

—¡Luna!

La niña comenzó a reír.

Sebastian también.

Y yo terminé riéndome con ellos.

Había pasado cuatro años convencida de que aquella noche antes de graduarnos había descubierto una traición.

Sebastian había pasado cuatro años convencido de que yo simplemente había dejado de amarlo.

Los dos estábamos equivocados.

Pero quizá eso fue lo único bueno de encontrarnos otra vez.

Esta vez no asumimos.

Preguntamos.

No permitimos que nuestras familias decidieran.

Decidimos nosotros.

Y respecto a la niña que Sebastian creyó que le había ocultado durante cuatro años…

Luna terminó convirtiéndose en quien más disfrutaba contar aquella historia.

Siempre terminaba igual:

—Mi tía dice que Sebastian era el hombre más inteligente de su universidad.

Entonces hacía una pausa dramática.

—Pero cuando me conoció, tardó diez segundos en decidir que era mi papá.

Y Sebastian jamás consiguió defenderse.

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