A las nueve y veinte de la mañana, sonó el timbre.
No tuve que mirar la cámara para saber quién era.
Lucas llevaba llamándome sin descanso desde hacía más de una hora.
Me puse una bata, bajé las escaleras y abrí la puerta.
Él estaba allí.
El hombre que siempre aparecía impecable ante el mundo tenía el cabello desordenado, la corbata floja y los ojos enrojecidos.
—Elena.
Intentó entrar.
No me aparté.
—¿Qué haces aquí?
La pregunta pareció desconcertarlo.
—Esta es mi casa.
—Por ahora.
Lucas se quedó inmóvil.
Entonces vio la carpeta que sostenía bajo el brazo.
Los documentos de divorcio.
—No hagas esto por unas fotografías.
Casi sonreí.
—Sigues sin entenderlo.
—Natalia no es mi amante.
—Nunca dije que lo fuera.
—Entonces, ¿qué quieres?
Lo miré durante unos segundos.
Tres años antes habría querido muchas cosas.
Una disculpa.
Una explicación.
Que me tomara de la mano delante de sus empleados y dijera: “Ella es mi esposa.”
Aquella mañana ya no quería ninguna.
—Quiero terminar nuestro matrimonio.
Su rostro se endureció.
—¿Por qué?
—Porque me cansé de estar casada con un hombre que actúa como soltero cuando hay público.
—¡Fue un malentendido!
—Un malentendido ocurre una vez, Lucas. Anoche decenas de personas llamaron esposa a Natalia y tú tuviste horas para corregirlos.
Él abrió la boca.
No salió ninguna respuesta.
—Le pusiste tu capa sobre los hombros.
—Tenía frío.
—Cortaste el pastel con ella.
—El comité lo organizó.
—La llevaste del brazo.
—Era protocolo.
Asentí lentamente.
—Curioso. Durante tres años, el protocolo nunca necesitó a tu verdadera esposa.
Lucas bajó la mirada.
Su teléfono comenzó a sonar.
Lo ignoró.
Volvió a sonar.
—Contesta —dije.
—Ahora tú eres más importante.
—No. Ahora probablemente es tu empresa la que necesita que contestes.
Aquello consiguió que me mirara.
—¿Qué hiciste?
—Dejé de hacer algo.
—¿Qué?
—Protegerte.
Su teléfono sonó por tercera vez.
Esta vez respondió.
—¿Qué pasa?
La voz al otro lado hablaba tan rápido que incluso yo podía escucharla sin distinguir las palabras.
Lucas palideció.
—¿Suspendieron la votación?
Silencio.
—¿Quién solicitó eso?
Sus ojos se clavaron en mí.
—Entiendo.
Colgó lentamente.
—Retiraste mi representación sobre tus acciones.
—Sí.
—Elena, son el treinta y cuatro por ciento.
—Sé perfectamente cuántas son.
—Sin ese bloque no puedo garantizar la renovación de mis poderes.
—También lo sé.
Su expresión cambió.
Por primera vez aquella mañana dejó de hablarme como esposo.
Empezó a mirarme como presidente.
—¿Cuánto quieres?
Solté una pequeña risa.
—Ahí está Lucas Lu.
—Hablo en serio.
—Yo también.
—¿Quieres dinero? ¿Acciones adicionales? ¿Una propiedad?
—Quiero el divorcio.
—No puedes poner en peligro a miles de empleados por una discusión matrimonial.
Me acerqué un paso.
—No fui yo quien permitió que una empleada fuera presentada ante accionistas y socios como la esposa del presidente.
Su mandíbula se tensó.

—Eso no afecta la empresa.
—Pregúntaselo al comité de auditoría.
El silencio fue inmediato.
Lucas me observó.
—¿Qué sabes?
—Lo suficiente.
—Elena.
—Durante los últimos dieciocho meses, Natalia firmó contratos utilizando autoridad delegada por ti. Algunos involucran empresas vinculadas a personas de su familia.
El color desapareció de su rostro.
—Eso es imposible.
—Entonces no tienes nada que temer de la auditoría.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció el nombre del director financiero.
Lucas respondió inmediatamente.
Escuchó.
Su rostro se volvió todavía más serio.
—No aprueben ningún pago hasta que llegue.
Colgó.
—Tengo que irme.
—Adelante.
Dio dos pasos y se detuvo.
—Ven conmigo.
—No.
—El consejo querrá hablar contigo.
—Mi abogada estará presente.
—Eres mi esposa.
Miré el anillo que todavía llevaba.
Me lo quité lentamente.
Lo coloqué sobre la mesa junto a la entrada.
—Ese argumento llega tres años tarde.
Lucas permaneció mirando el anillo.
Después salió sin decir nada.
A las once, mi abogada y yo llegamos a la sede del Grupo Lu.
Por primera vez atravesé aquellas puertas no como una visitante anónima.
El vestíbulo estaba lleno de empleados.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
Algunos me reconocieron.
Otros no.
Natalia sí.
Estaba junto a los ascensores.
Seguía llevando el peinado de la noche anterior, aunque había cambiado el vestido blanco por un traje gris.
Cuando me vio, su expresión se congeló.
—Señora Lu.
Me detuve.
—Así que sí conocías el título.
Natalia palideció.
—Sobre lo de anoche…
—No tienes que explicarme nada.
—De verdad fue un error.
—Perfecto. Explícaselo al comité.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entré sin mirar atrás.
La reunión del consejo ya había comenzado cuando llegamos.
Lucas estaba sentado en la cabecera.
Frente a él había doce directores.
Cuando entré, todos se pusieron de pie.
Todos excepto Lucas.
El presidente del consejo me señaló el asiento a su derecha.
—Señora Elena Lu, gracias por venir.
Me senté.
Lucas parecía no haber dormido.
—Antes de continuar con la votación —dijo el presidente— necesitamos aclarar dos asuntos.
Colocó varias fotografías de la gala sobre la mesa.
—Primero, la representación pública de la señorita Natalia Song como esposa del presidente.
Lucas respiró hondo.
—Fue una confusión social.
—Entonces pasemos al segundo asunto.
Otra carpeta apareció sobre la mesa.
Esta vez Natalia dejó de respirar.
—Seis contratos aprobados mediante autorización ejecutiva delegada presentan posibles conflictos de interés.
Lucas giró hacia ella.
—Natalia.
—Puedo explicarlo.
—¿Conoces estas empresas?
Ella permaneció callada.
El director financiero deslizó un documento hacia Lucas.
Él lo leyó.
Su expresión cambió.
—Una pertenece a tu hermano.
Natalia cerró los ojos.
—Lucas, escúchame.
—Me dijiste que no conocías personalmente a los propietarios.
—Yo…
Lucas golpeó la mesa con la palma.
—¡¿Me mentiste?!
Nadie habló.
Yo observé en silencio.
No sentía satisfacción.
Solo una extraña tranquilidad.
El presidente del consejo carraspeó.
—Señor Lu, precisamente por eso debemos decidir si continúa teniendo autoridad ejecutiva durante la investigación.
Lucas levantó la cabeza.
—¿Van a suspenderme?
—Habrá una votación.
Entonces me miró.
Comprendió inmediatamente.
Con mi treinta y cuatro por ciento, yo podía inclinar la decisión.
Sus ojos encontraron los míos.
Por primera vez no había arrogancia en ellos.
—Elena…
No respondí.
El secretario comenzó a distribuir las papeletas.
Pero antes de que llegaran a mí, la puerta se abrió.
Entró mi abogada.
Llevaba una carpeta negra que yo no había visto antes.
Se inclinó hacia mí.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
Bajó la voz.
—Revisamos los documentos originales de las acciones después de tu llamada.
Sentí un escalofrío.
—¿Y?
Colocó una página frente a mí.
Reconocí inmediatamente la firma de mi padre.
Pero debajo había otra firma.
Una que no debería existir.
Mi abogada señaló la fecha.
—Elena, alguien intentó transferir parte de tus acciones hace seis meses.
Levanté la mirada hacia Lucas.
Él parecía tan sorprendido como yo.
—¿A quién? —pregunté.
Mi abogada giró lentamente la última página.
El nombre del beneficiario apareció ante nosotros.
Y entonces comprendí por qué Natalia había estado tan tranquila durante años.
Las acciones habían sido transferidas a una sociedad secreta cuyo representante legal era Natalia Song.