PARTE 2: LUCAS CREYÓ QUE VOLVERÍA A SUPLICARLE, HASTA QUE DESCUBRIÓ CON QUIÉN HABÍA PASADO MI CUMPLEAÑOS

A la mañana siguiente desperté con dolor de cabeza, la boca seca y un recuerdo que hizo que me sentara de golpe.

Daniel Chen me había besado.

Miré alrededor.

No estaba en su habitación.

Estaba acostada en el sofá de su departamento, todavía vestida, cubierta con una manta gris. Sobre la mesa había agua, un analgésico y una nota.

“Cuando despiertes, come algo. A las diez tienes revisión. No intentes escapar.”

Me tapé la cara.

Recordaba demasiado.

El pastel.

La crema.

Su mano sujetándome la muñeca.

“¿Y ya no soy solo el primo de Lucas?”

Y mi silencio antes de aquel beso.

La puerta de la cocina se abrió.

Daniel apareció con dos tazones.

—Despertaste.

No pude mirarlo.

—Anoche estaba borracha.

Él dejó un tazón frente a mí.

—Lo sé.

—Entonces…

—Por eso solo te besé cuando me dijiste claramente que sabías quién era.

Levanté la vista.

Daniel estaba completamente tranquilo, excepto por sus orejas.

Otra vez rojas.

—¿Te arrepientes? —preguntó.

Abrí la boca.

No salió nada.

Él sonrió apenas.

—Come.

A las nueve y cuarto, mi teléfono comenzó a vibrar.

Diecisiete llamadas perdidas.

Todas de números desconocidos.

Había bloqueado a Lucas, así que empezó a llamarme desde teléfonos de amigos.

Después llegó un mensaje.

“¿Ya terminaste tu berrinche? Desbloquéame. Tenemos que hablar.”

Me reí.

Daniel vio la pantalla.

—¿Lucas?

—Sí.

—¿Quieres volver con él?

La pregunta fue demasiado directa.

—No.

Daniel sostuvo mi mirada.

—Bien.

Una sola palabra.

Pero hizo que mi corazón acelerara.

Entonces llegó otro mensaje.

Una captura del grupo de WeChat.

“El hada de Van Hai” había publicado una fotografía abrazada al brazo de Lucas.

“Algunas personas solo valoran a un hombre cuando otra mujer lo elige.”

Debajo, Lucas había reaccionado con un corazón.

Daniel extendió la mano.

—Dame el teléfono.

—¿Para qué?

—Para evitar que contestes algo de lo que después te arrepientas.

—No iba a contestar.

—Mejor todavía.

Apagué la pantalla.

Por primera vez en años, no sentí necesidad de demostrarle nada a Lucas.

Eso fue precisamente lo que él no soportó.

Aquella tarde apareció en mi departamento.

Daniel acababa de dejarme después de la revisión cuando encontramos a Lucas esperando frente a la puerta.

Al vernos juntos, su expresión cambió.

—¿Qué haces con ella?

Daniel guardó las llaves del coche.

—La traje a casa.

Lucas me miró.

—¿Pasaste la noche con él?

—Eso ya no es asunto tuyo.

—Elena, deja de actuar como una niña.

Solté una carcajada.

—¿Yo?

Lucas avanzó.

—Lo de ayer era una broma.

—Presentaste a otra mujer como tu futura esposa.

—Porque llevábamos un mes sin hablarnos y tú no cedías.

Por fin.

La verdad.

—¿Entonces querías ponerme celosa?

Lucas apartó la mirada.

—Quería que reaccionaras.

—Pues reaccioné.

Saqué mis llaves.

—Terminé contigo.

Intentó sujetarme del brazo.

Daniel se interpuso.

—No la toques.

Lucas se quedó inmóvil.

—Primo, no te metas.

—Ya me metí.

El silencio entre ambos fue extraño.

Demasiado pesado para ser únicamente por mí.

Lucas miró a Daniel y de repente entendió algo.

—Espera.

Luego me miró.

—¿Dónde celebraste tu cumpleaños anoche?

No respondí.

Su cara se endureció.

—¿Con él?

Daniel habló antes que yo.

—Sí.

Lucas soltó una risa incrédula.

—Perfecto. Muy bien. Ya conseguiste lo que querías, Elena. Ponerme celoso.

—No hice nada pensando en ti.

Eso sí le dolió.

Lucas se acercó a Daniel.

—Ella es mi novia.

—Era.

—¿Y tú estabas esperando?

Daniel no respondió.

Lucas sonrió con desprecio.

—Claro.

Entonces dijo algo que me dejó helada.

—Por fin conseguiste a la chica que llevas queriendo desde la universidad.

Giré hacia Daniel.

Él no negó nada.

—¿Qué acaba de decir?

—Elena…

Lucas se rio.

—¿No te contó?

Daniel apretó la mandíbula.

—Cállate, Lucas.

—¿Por qué? ¿Ahora resulta que tú también tienes secretos?

Lo miré.

—Daniel.

Él respiró profundamente.

—Te conocí antes que Lucas.

—Eso ya lo sabía.

—No como tú crees.

Lucas se apoyó contra la pared.

—Cuéntale.

Daniel cerró los ojos un instante.

—Durante tu segundo año de universidad atendiste como voluntaria a una mujer que se desmayó frente a la biblioteca.

Recordé inmediatamente aquella tarde.

Una señora mayor.

Una ambulancia.

Un estudiante de medicina que llegó corriendo.

Nunca había visto bien su rostro.

—Eras tú.

Daniel asintió.

—Mi madre.

Me quedé inmóvil.

—Después pregunté quién eras.

Lucas perdió la sonrisa.

Daniel continuó:

—Te vi varias veces durante los siguientes meses. Nunca me acerqué porque estaba terminando la residencia y…

—Porque tenías miedo —interrumpió Lucas.

Daniel lo ignoró.

—Cuando finalmente decidí invitarte a salir, Lucas me dijo que acababa de empezar a verte.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿Lucas sabía que te gustaba?

Silencio.

Miré a mi ex.

—¿Lo sabías?

Lucas desvió los ojos.

Sí.

Daniel dio un paso hacia él.

—Y aun así me dijiste que ella estaba enamorada de ti.

—¡Porque lo estaba!

—No en aquel momento.

Lucas palideció.

Aquello cambió todo.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Daniel miró a su primo.

—Díselo.

—No hay nada que decir.

—Lucas.

—¡Cállate!

Nunca lo había visto perder el control así.

Daniel sacó el teléfono.

—Entonces se lo enseño yo.

Lucas intentó arrebatárselo.

—¡No!

Daniel fue más rápido.

Abrió una conversación antigua.

La fecha era de cinco años atrás.

Un mensaje enviado por Lucas.

“No te acerques a Elena. Ya estoy saliendo con ella.”

Debajo aparecía la respuesta de Daniel:

“¿Desde cuándo?”

Lucas:

“Desde hace semanas. Y está muy enamorada de mí.”

Sentí frío.

Cinco años atrás, en esa fecha…

Lucas y yo ni siquiera habíamos tenido nuestra primera cita.

—Mentiste.

Lucas abrió la boca.

—Elena, escucha…

—Le mentiste para que no se acercara a mí.

—Porque sabía cómo era Daniel.

—¿Cómo era?

Lucas no respondió.

Daniel sí.

—Mayor que tú. Médico. Siempre trabajando. Lucas decía que yo terminaría haciéndote daño.

Me reí sin humor.

—Qué considerado.

Lucas dio un paso hacia mí.

—Yo sí te amaba.

—¿Por eso presentaste ayer a otra como tu prometida?

—¡Porque sabía que volverías!

La frase quedó suspendida.

Lucas también pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir.

—Siempre vuelves —añadió más bajo—. Discutimos, te enojas, pasan unos días y regresas.

Lo miré durante varios segundos.

—Ese fue tu error.

Abrí la puerta.

—Pensaste que yo siempre estaría esperando.

Lucas me miró.

Después miró a Daniel.

Y algo parecido al pánico apareció en su rostro.

—No puedes estar hablando en serio.

Daniel se quedó junto a mí.

—Ella ya terminó contigo.

Lucas apretó los puños.

—Tú no sabes lo que estás haciendo, Elena.

—Sí.

—No, no sabes.

Sacó su teléfono.

—Porque “el hada de Van Hai” tampoco es quien tú crees.

Fruncí el ceño.

—No me importa quién sea.

—Debería.

Lucas abrió una fotografía.

Era la chica del grupo.

Pero no estaba con él.

Estaba sentada frente a Daniel en un restaurante.

La fecha era de dos semanas atrás.

Durante nuestra guerra fría.

Miré lentamente a Daniel.

Por primera vez desde que lo había encontrado en aquel bar, su rostro perdió toda tranquilidad.

—Elena —dijo—, puedo explicarlo.

Lucas sonrió.

—Claro que puede.

Amplió la fotografía.

Sobre la mesa, delante de Daniel y aquella mujer, había una carpeta roja.

En caracteres dorados podía leerse:

“ACUERDO MATRIMONIAL.”

Sentí que el corazón se me detenía.

Lucas guardó el teléfono.

—Pregúntale a mi primo por qué la mujer que yo presenté ayer como mi futura esposa…

Me miró directamente.

—iba a casarse originalmente con él.

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