Parte 2: EL SECRETO DE ROSE HOUSE Y LA MUJER QUE ADRIAN NUNCA CONOCIÓ

El tren llevaba casi una hora avanzando hacia el sur cuando comprendí que Adrian no había regresado a Port Avalon por casualidad.

Miré otra vez el mensaje.

“El avión de Adrian Whitmore acaba de cambiar de rumbo.”

Cinco años casada con él me habían enseñado algo: Adrian jamás modificaba un plan importante sin una razón extraordinaria.

Y aquella noche, la razón era yo.

Apagué el teléfono.

Por primera vez, no quería saber cuántas veces llamaría.

No quería imaginarlo entrando en nuestra habitación, encontrando el armario medio vacío y descubriendo que solo faltaban las pocas cosas que habían sido verdaderamente mías.

Pero a cientos de kilómetros, eso fue exactamente lo que ocurrió.

Adrian llegó a la mansión Whitmore poco después de las diez.

—¿Dónde está Elena?

El señor Hale lo esperaba en el vestíbulo.

—Se marchó, señor.

Adrian dejó las llaves sobre la mesa.

—Ya sé que salió. Pregunté adónde fue.

—No lo sé.

—Entonces llámela.

El anciano permaneció inmóvil.

—La señora Whitmore dejó de utilizar su teléfono.

Adrian frunció el ceño.

Todavía no estaba preocupado.

Estaba molesto.

Durante cinco años, cada discusión había terminado igual.

Yo me alejaba.

Él esperaba.

Y finalmente era yo quien regresaba.

—¿Cuánto equipaje llevó?

—Una maleta pequeña.

—Perfecto.

Adrian comenzó a subir las escaleras.

—Volverá.

Entonces Hale pronunció la frase que lo detuvo.

Señor, esta vez dejó su anillo.

Adrian giró lentamente.

Sobre una bandeja de plata descansaba nuestra alianza.

Junto a ella estaba la tarjeta bancaria que él me había entregado después de casarnos.

Las llaves de la casa.

Las llaves del automóvil.

Incluso el pequeño broche de diamantes que había pertenecido a su abuela.

Todo.

—¿Qué se llevó?

—Un vestido, una horquilla y una flor de jazmín.

El rostro de Adrian cambió.

Porque recordaba perfectamente el día en que me conoció.

Yo llevaba aquel vestido.

La horquilla sujetaba mi cabello.

Y tenía una flor de jazmín entre los dedos.

Me había marchado exactamente como había llegado.

Mientras Adrian comenzaba a comprenderlo, yo desperté cuando el tren redujo la velocidad.

Santa Aurelia apareció detrás de la ventana bajo una lluvia suave.

Eran casi las seis de la mañana.

En el andén me esperaba una mujer de unos sesenta años con un paraguas negro.

—¿Elena Reed?

Hacía años que nadie pronunciaba aquel nombre.

—Sí.

La mujer sonrió.

—Soy Ruth Bell. Cuidé de su madre.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Conoció a Margaret?

—Mucho más de lo que imagina.

Un automóvil antiguo nos llevó fuera de la ciudad.

Atravesamos colinas cubiertas de viñedos hasta detenernos frente a una verja de hierro.

Detrás se levantaba una enorme casa blanca rodeada de rosales.

Sobre la entrada podía leerse:

ROSE HOUSE.

Ruth introdujo una llave.

—Su madre compró esta propiedad veintisiete años atrás.

La miré desconcertada.

—Mi madre era profesora.

Ruth soltó una sonrisa triste.

—Eso fue lo que Margaret quiso que usted creyera.

Dentro, las paredes estaban cubiertas de fotografías.

Mi madre delante de edificios que no reconocía.

Mi madre estrechando manos en recepciones elegantes.

Mi madre junto a hombres cuyos rostros recordaba haber visto alguna vez en periódicos financieros.

Entonces vi una fotografía que me hizo detenerme.

Margaret aparecía mucho más joven.

A su lado estaba Edmund Whitmore, el abuelo de Adrian.

—¿Qué hacía mi madre con él?

Ruth cerró la puerta.

—Su matrimonio con Adrian nunca fue una coincidencia.

Sentí frío.

—Explíquese.

Pero Ruth me condujo hasta una biblioteca.

Sacó una caja de seguridad escondida detrás de una estantería y colocó mi colgante de jade sobre una pequeña cavidad.

Se oyó un clic.

La caja se abrió.

Dentro había documentos, fotografías y una carpeta marcada con mi nombre.

ELENA MARGARET REED.

Abrí la primera página.

Había certificados empresariales.

Participaciones.

Un fideicomiso.

Y una cifra tan enorme que pensé que estaba interpretándola mal.

—Esto no puede pertenecerme.

—Sí.

Ruth señaló una firma.

—Su madre fundó Reed Maritime Technologies con dos socios. Cuando enfermó, transfirió sus acciones a un fideicomiso protegido.

Pasé otra página.

Entonces apareció un nombre conocido.

WHITMORE GLOBAL HOLDINGS.

—No entiendo.

—Los Whitmore construyeron una parte importante de su expansión utilizando patentes desarrolladas por la empresa de su madre.

Me quedé sin palabras.

—¿Adrian lo sabía?

Ruth tardó demasiado en responder.

—No sé cuánto sabe Adrian.

Aquella respuesta fue peor.

Mi teléfono vibró.

Había diecisiete llamadas perdidas.

Todas de Adrian.

Después llegó un mensaje.

“Elena, contesta.”

Otro.

“Sé que estás en Santa Aurelia.”

Mi sangre se heló.

Yo no le había dicho a nadie mi destino.

Ruth también lo vio.

—Tenemos que movernos.

—¿Por qué?

Antes de responder, escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.

Ruth palideció.

Pero no era Adrian.

Un hombre alto, de cabello gris, entró acompañado por dos abogados.

Al verme, se quedó inmóvil.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Dios mío…

Me observó como si hubiera esperado aquel momento durante años.

—Tienes los ojos de Margaret.

—¿Quién es usted?

El hombre respiró profundamente.

—Thomas Reed.

Mi corazón dio un vuelco.

Reed.

Mi apellido.

—Soy el hermano de tu madre.

Retrocedí.

—Mi madre era hija única.

—Eso fue lo que tuvo que decirte.

Thomas dejó una carpeta sobre la mesa.

—Margaret te escondió porque alguien intentó quitarte lo que te pertenecía.

—¿Quién?

Thomas miró hacia la fotografía de Edmund Whitmore.

—La familia de tu marido.

En ese momento sonó el teléfono de Ruth.

Respondió.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Está segura?

Colgó.

—Elena…

—¿Qué ocurre?

—Un jet privado acaba de aterrizar en Santa Aurelia.

No necesitaba preguntar de quién era.

Thomas cerró rápidamente la carpeta.

—Adrian no puede verte todavía.

—¿Por qué?

Entonces sacó el último documento.

Era una copia de un acuerdo firmado tres semanas antes de mi boda.

En la parte inferior reconocí la firma de Adrian.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué es esto?

Thomas me miró directamente.

La prueba de que Adrian sabía quién eras antes de casarse contigo.

Afuera se escuchó el sonido de otro automóvil acercándose por el camino.

Ruth corrió hacia la ventana.

Y se quedó completamente inmóvil.

—Demasiado tarde.

Me acerqué.

Un automóvil negro acababa de cruzar la verja.

La puerta trasera se abrió.

Adrian bajó.

Pero no venía solo.

A su lado descendió Sophie, recién llegada de Suiza.

La joven llevaba algo entre las manos.

Mi colgante de jade blanco.

El mismo que yo había entregado a Nadia.

Y entonces comprendí algo aterrador:

alguien dentro de la red que mi madre había preparado para protegerme acababa de traicionarme.

Adrian levantó la mirada hacia la ventana.

Nuestros ojos se encontraron.

Y, por primera vez desde que lo conocía, vi miedo verdadero en su rostro.

No miedo a perderme.

Miedo a lo que yo estaba a punto de descubrir.

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