Parte 2: EL NIÑO QUE ENTERRÉ NO ERA MI HIJO

El silencio que siguió fue peor que cualquier confesión.

Elena retrocedió hasta chocar contra la puerta.

Leo seguía tranquilo en mis brazos, jugando con el botón de mi camisa, ajeno al miedo que acababa de apoderarse de la habitación.

—Te hice una pregunta —dije.

Mi voz salió baja.

Demasiado baja.

Dominic conocía ese tono. Guardó el arma lentamente y miró a Lorenzo.

—Jefe, quizá deberíamos sacar a—

—Nadie sale.

Elena cerró los ojos como si aquellas dos palabras acabaran de condenarla.

Me levanté con Leo todavía contra mi pecho.

—¿Quién es su padre?

—No puedo decírselo.

—¿No puedes?

Avancé hacia ella.

—Vives bajo mi techo. Trabajas para mí desde hace más de dos años. Has criado a ese niño delante de mis ojos y ahora descubro que tiene el rostro de mi hijo muerto.

Elena comenzó a llorar.

—Leo no tiene nada que ver con esto.

—Entonces explícame la marca.

Su mirada cayó inmediatamente bajo la oreja del bebé.

Ese pequeño gesto fue suficiente.

Ella sabía exactamente de qué estaba hablando.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Tú conocías a Mateo.

No fue una pregunta.

Elena apretó los labios.

—Señor Moretti…

—¿Conocías a mi hijo?

—Sí.

Dominic soltó una maldición.

Yo apenas podía respirar.

Tres años atrás había permanecido frente a un ataúd blanco mientras un sacerdote pronunciaba palabras que nunca escuché realmente.

Recordaba a mi esposa, Isabella, sedada y sostenida por su hermana.

Recordaba al médico asegurándome que no debía ver el cuerpo de Mateo.

«Es mejor que recuerde a su hijo como era».

Y yo había aceptado.

Por primera vez en mi vida había confiado ciegamente en alguien.

—¿Dónde lo conociste?

Elena miró hacia Lorenzo.

Fue apenas un segundo.

Pero lo vi.

Y Dominic también.

De inmediato volvió a apuntarle.

—¿Qué demonios sabes tú? —gruñó.

Lorenzo palideció.

—Nada.

—Mientes —dije.

Elena negó desesperadamente.

—Él no tiene relación con Leo.

—Entonces deja de proteger a todos y dime la verdad.

Leo comenzó a inquietarse.

Mi tono lo había asustado.

Me obligué a bajar la voz mientras acariciaba su espalda.

El gesto me destrozó.

Mateo hacía exactamente lo mismo cuando tenía miedo: enterraba el rostro contra mi pecho y agarraba mi camisa.

Leo acababa de hacerlo también.

Elena lo vio.

Se cubrió la boca.

—Dios mío…

—Habla.

Sus hombros se rindieron.

—Trabajaba como auxiliar en una clínica privada de Connecticut.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

Tardó demasiado en responder.

—Saint Gabriel.

Sentí un golpe en el pecho.

Mateo había sido llevado allí después del accidente.

Dominic me miró.

—Jefe…

—Continúa.

—Yo estaba de turno aquella noche —susurró Elena—. Hubo mucha confusión. Seguridad privada. Médicos entrando y saliendo. Después aparecieron dos hombres que no pertenecían al hospital.

—¿Quiénes?

—Nunca supe sus nombres.

Lorenzo dejó escapar una risa amarga desde el suelo.

—Está mintiendo.

Dominic lo golpeó contra el escritorio.

—Cállate.

Pero Elena se volvió hacia él.

Y algo cambió en su rostro.

Ya no era miedo.

Era reconocimiento.

—Tú estabas allí.

Lorenzo dejó de respirar.

El mundo entero pareció detenerse.

—¿Qué has dicho? —pregunté.

Elena señaló con una mano temblorosa.

—Era más joven. Tenía barba. Pero recuerdo sus ojos.

Lorenzo negó frenéticamente.

—¡Nunca había visto a esta mujer!

Dominic le registró los bolsillos.

Sacó un teléfono, unas llaves y una cartera.

Nada.

Entonces encontró algo cosido dentro del forro de su chaqueta.

Una fotografía doblada.

Dominic la abrió.

Su expresión cambió.

Me la entregó.

Era una fotografía antigua de Isabella.

Mi esposa muerta.

Estaba saliendo de Saint Gabriel acompañada por un hombre cuyo rostro quedaba fuera del encuadre.

En la esquina aparecía una fecha.

Dos días después del supuesto fallecimiento de Mateo.

—¿De dónde sacaste esto?

Lorenzo guardó silencio.

Sentí que una furia fría me recorría.

—Dominic.

Mi hombre de confianza entendió.

Pero antes de que pudiera acercarse, Elena gritó:

—¡Espere!

Todos la miramos.

Ella estaba blanca.

—Hay algo más.

Se acercó lentamente a Leo y levantó la manga diminuta de su brazo derecho.

Había una cicatriz muy tenue cerca del codo.

—Cuando Mateo llegó a Saint Gabriel —dijo— tenía esta herida.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque yo lo atendí.

El aire abandonó mis pulmones.

—Mateo tenía tres años.

—Lo sé.

Miré al bebé.

—Leo tiene ocho meses.

—Lo sé.

—Entonces no puede ser Mateo.

Elena comenzó a llorar otra vez.

—Nunca dije que lo fuera.

Aquellas palabras fueron incluso peores.

—Entonces ¿quién es?

Elena miró hacia la puerta.

Parecía estar calculando si podía escapar.

Dominic la bloqueó.

—No hagas que te lo pregunte otra vez.

Finalmente susurró:

—Leo nació de mí.

—Eso ya lo sé.

—Pero yo no fui quien eligió a su padre.

Un escalofrío me recorrió.

—Explícate.

Elena apretó las manos.

—Después de aquella noche descubrí que Saint Gabriel tenía una planta restringida. No aparecía en los registros normales. Allí guardaban historiales, muestras biológicas y expedientes que jamás llegaban al sistema oficial.

Dominic frunció el ceño.

—¿Muestras de quién?

Elena me miró directamente.

—De familias importantes.

Mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Nadie se movió.

Volvió a vibrar.

Cogí el aparato.

Número desconocido.

Había llegado una fotografía.

Era Mateo.

Mi hijo aparecía sentado en una cama de hospital, vivo, mirando hacia la cámara.

La fecha estampada en la imagen correspondía a cuatro meses después de su funeral.

Debajo había un mensaje.

«Por fin estás haciendo las preguntas correctas, Alessandro».

Sentí que las piernas me fallaban.

Llegó un segundo mensaje.

«Pero estás mirando al niño equivocado».

Entonces Lorenzo comenzó a reír.

Una risa rota, nerviosa.

Dominic volvió el arma hacia él.

—¿Qué tiene tanta gracia?

Lorenzo levantó lentamente la cabeza.

—Que durante tres años creyó que enterró a su hijo.

Me acerqué.

—¿Dónde está Mateo?

Su sonrisa desapareció.

—Esa no es la pregunta que debería hacer.

—¿Dónde está mi hijo?

Lorenzo miró a Leo.

Después miró a Elena.

Y finalmente clavó los ojos en mí.

Pregúntele quién ordenó utilizar su sangre para crear a ese bebé.

Elena soltó un sollozo.

Mi teléfono vibró por tercera vez.

Esta vez apareció un video.

Antes de reproducirlo vi la imagen congelada en la pantalla.

Un niño de unos seis años estaba sentado frente a una cámara.

Tenía mis ojos.

Los rizos de Mateo.

Y bajo la oreja izquierda…

una pequeña media luna.

Entonces el video comenzó y el niño pronunció una sola palabra:

Papá.
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