PARTE 2: DONÉ MI SANGRE PARA SALVAR A LA HIJA DE MI JEFE Y ÉL ME CASTIGÓ QUITÁNDOME EL BONO; TRES MESES DESPUÉS, CUANDO PRESENTÉ MI RENUNCIA Y DESAPARECÍ, ME LLAMÓ 175 VECES PORQUE FINALMENTE DESCUBRIÓ CUÁNTO VALÍA REALMENTE MI TRABAJO.

—Se descontarán dos mil yuanes de tu bono de este mes.

Miré el aviso durante varios segundos.

Pensé que había oído mal.

—¿Dos mil?

La señora Vuong juntó las manos sobre el escritorio.

—Las normas deben aplicarse por igual.

—Esta mañana me dijiste que fuera inmediatamente al hospital.

—Te informé de una emergencia.

—Y también dijiste que se consideraría licencia pública.

Su expresión cambió apenas.

—No tengo autoridad para decidir eso definitivamente. El señor Chau revisó el asunto.

Entonces comprendí.

—¿Fue decisión suya?

La señora Vuong evitó mis ojos.

Eso fue suficiente.

Cogí el aviso y fui directamente al despacho del presidente.

Chau Chan Hoa estaba detrás de su enorme escritorio hablando por teléfono.

Esperé.

Cuando terminó, coloqué el documento delante de él.

—Presidente Chau, quiero preguntarle algo.

Ni siquiera levantó completamente la cabeza.

—Habla.

—¿Usted autorizó esta deducción?

Miró el papel.

—Sí.

—Salí porque su hija necesitaba sangre.

—Lo sé.

—Doné cuatrocientos cc.

—Y mi familia te lo agradece.

Su tono era tan indiferente que durante un instante pensé que estaba bromeando.

—Entonces no entiendo la sanción.

Chau dejó finalmente el bolígrafo.

—Hua Nac, una empresa con cientos de empleados no puede funcionar basándose en emociones.

Me miró como si estuviera explicándole algo elemental a una niña.

Las reglas son las reglas. Hay que tratar a todos por igual.

Algo dentro de mí se apagó.

No discutí.

—Entiendo.

Regresé a mi escritorio.

Mi compañero Liu Ming se acercó.

—¿Qué pasó?

Guardé mis archivos personales en una carpeta.

—Nada.

Abrí un documento nuevo.

Escribí cuatro líneas.

Lo imprimí.

Firmé.

Y quince minutos después regresé a Recursos Humanos.

La señora Vuong miró el papel que coloqué delante de ella.

RENUNCIA VOLUNTARIA.

—¿Estás loca?

—No.

—¡Hua Nac, son solo dos mil yuanes!

Sonreí.

—Exactamente.

La miré directamente.

—Si para la empresa dos mil yuanes son más importantes que la persona que salió corriendo a salvar a la hija del presidente, entonces no tenemos los mismos valores.

—No puedes renunciar por una cosa tan pequeña.

—No renuncio por dos mil yuanes.

Recogí mi bolso.

—Renuncio porque hoy descubrí cuánto valgo aquí.

La noticia llegó rápidamente a Chau Chan Hoa.

Me llamó esa misma tarde.

—Retira la renuncia.

—No.

Hubo un silencio.

Probablemente nadie le respondía así.

—Te devolveré los dos mil.

—No hace falta.

—Entonces ¿qué quieres?

Miré por última vez aquella oficina donde había trabajado seis años.

—Nada.

Cumplí correctamente con la entrega de funciones y me marché.

Pensé que allí terminaba todo.

Me equivocaba.

Durante seis años yo había sido responsable del análisis financiero de tres de los clientes industriales más grandes de la empresa.

No era directora.

No tenía despacho.

Nunca aparecía en las fotografías corporativas.

Pero había diseñado personalmente el sistema con el que detectábamos desviaciones de costes, riesgos contractuales y errores de facturación antes de que se convirtieran en pérdidas.

Mis compañeros lo llamaban simplemente el modelo de Hua Nac.

La dirección aparentemente creía que cualquier persona podía utilizarlo.

Dos semanas después de mi salida, Liu Ming me llamó.

—Nac Nac, aquí todo es un desastre.

—¿Qué pasó?

—El informe trimestral.

Recordé el documento que había dejado incompleto para ir al hospital.

—¿No lo terminó el nuevo responsable?

Liu soltó una risa amarga.

—No entiende tus fórmulas.

—Hay documentación.

—La está leyendo.

—Entonces aprenderá.

No era crueldad.

Simplemente ya no trabajaba allí.

Un mes después acepté una oferta de Jinhe Technology.

Me ofrecieron un puesto superior, un equipo propio y casi el doble de salario.

No mencioné a Chau.

No necesitaba hacerlo.

Hasta que, tres meses después, comenzaron las llamadas.

Primero fueron cuatro.

Después doce.

Luego treinta y siete.

El teléfono vibraba durante reuniones, comidas y trayectos.

Chau Chan Hoa.

No respondí.

El tercer día, el contador marcaba 175 llamadas.

Finalmente apareció un mensaje:

«Hua Nac, es urgente. La empresa puede perder el contrato de Tiancheng. Necesito hablar contigo».

Entendí inmediatamente.

Tiancheng era nuestro mayor cliente.

Durante cuatro años yo había gestionado personalmente su modelo de costes.

Respondí únicamente:

«Ya no soy empleada de su empresa».

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

«Te pagaré veinte mil yuanes por venir una tarde».

No contesté.

«Cincuenta mil».

Silencio.

«Cien mil».

Apagué el teléfono.

A la mañana siguiente, Chau apareció en la recepción de Jinhe Technology.

No venía solo.

La señora Vuong estaba con él.

Cuando bajé, ambos parecían agotados.

Chau se acercó.

—Hua Nac, necesito que regreses.

—No puedo.

—Te duplicaré el salario.

—Ya gano más aquí.

Su expresión se tensó.

—Entonces dime cuánto quieres.

La frase me hizo sonreír.

—Presidente Chau, sigue sin entenderlo.

—¿Qué?

—No todo se compra con dinero.

La señora Vuong intervino.

—Tiancheng encontró irregularidades en varios informes. Si cancelan el contrato, las pérdidas serán enormes.

—Lo siento.

Chau bajó la voz.

—Mi hija está viva gracias a ti.

Lo miré.

—Y me descontaste dos mil yuanes por ir a salvarla.

Su rostro enrojeció.

—Cometí un error.

Era la primera vez que lo admitía.

Pero ya era demasiado tarde.

—Entonces aprenda de él.

Me giré.

—Hua Nac.

Me detuve.

—¿Qué tengo que hacer para que vuelvas?

—Nada.

Regresé al ascensor.

Las puertas estaban a punto de cerrarse cuando la recepcionista me llamó.

—Directora Hua, el señor Chen la espera en la sala de juntas.

Chau levantó bruscamente la cabeza.

—¿Chen?

Yo también me sorprendí.

Chen Guowei era el presidente de Tiancheng.

Subí.

Cuando entré en la sala, había seis ejecutivos esperando.

Chen Guowei se levantó.

—Señorita Hua, finalmente nos conocemos personalmente.

—¿Personalmente?

Sonrió.

—Durante cuatro años recibí análisis firmados por su antigua empresa. Ayer descubrí quién los hacía realmente.

Mi nuevo jefe estaba sentado junto a él.

Sobre la mesa había un contrato.

Chen lo empujó hacia nosotros.

—Tiancheng ha decidido trasladar una parte importante de su negocio.

Sentí que mi corazón aceleraba.

—¿A Jinhe?

—Siempre que usted dirija el proyecto.

Miré el contrato.

La cifra era enorme.

Ciento ochenta millones de yuanes.

De pronto comprendí por qué Chau había llamado 175 veces.

No quería recuperar a una empleada.

Quería impedir que su cliente descubriera que la persona indispensable nunca había sido él.

Pero entonces Chen sacó una segunda carpeta.

—Antes de firmar, hay algo que debería conocer.

Su expresión se volvió seria.

—Durante la revisión encontramos ciertas anomalías antiguas.

—¿Qué tipo de anomalías?

Abrió varios registros.

Reconocí inmediatamente mis propios informes.

Solo que algunas cifras habían sido modificadas después de que yo los entregara.

—Yo no autoricé estos cambios.

—Lo sabemos.

Pasó otra página.

Había transferencias hacia una empresa que jamás había visto.

—¿Quién recibió este dinero?

Chen no respondió inmediatamente.

Me entregó la ficha corporativa.

Leí el nombre del representante legal.

Y me quedé inmóvil.

Chau Tu Tu.

La hija del presidente.

La joven a quien había donado mi sangre.

—Esto debe ser un error.

Chen negó lentamente.

—La sociedad fue creada dos años antes del accidente.

Continué leyendo.

Había millones en pagos.

Facturas sospechosas.

Contratos que utilizaban datos extraídos de mis análisis.

Entonces apareció una autorización interna.

La firma pertenecía a Chau Chan Hoa.

Pero debajo había otra.

La de la señora Vuong.

Levanté la mirada.

—¿Ellos estaban desviando dinero?

—Eso intentamos determinar.

Mi teléfono vibró.

Era Liu Ming.

Respondí.

Su voz sonaba aterrorizada.

—Nac Nac, no vengas a la antigua empresa.

—¿Qué ocurrió?

—Hay investigadores aquí.

Me puse de pie.

—¿Investigadores?

—Se llevaron ordenadores y documentos.

Bajó la voz.

—Y están preguntando por ti.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Por mí?

—Sí.

Escuché voces al otro lado.

Luego Liu susurró algo que me heló la sangre.

Dicen que alguien intentó hacer parecer que todas esas transferencias fueron autorizadas con tu cuenta antes de que renunciaras.

La llamada se cortó.

Miré los documentos sobre la mesa.

Entonces Chen señaló una fecha.

El día del accidente de Tu Tu.

Exactamente a la misma hora en que yo estaba en el hospital donándole sangre, mi usuario corporativo había autorizado una transferencia de nueve millones de yuanes.

Y de repente entendí que aquellos dos mil yuanes descontados de mi bono quizá nunca habían sido el verdadero castigo.

Tal vez necesitaban dejar registrado oficialmente que aquella tarde yo había “abandonado voluntariamente mi puesto”.

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