PARTE 2: LA VOZ DE MI MADRE MUERTA LLAMÓ A LA PUERTA DEL MOTEL, PERO LO QUE DANIEL ME CONFESÓ DESPUÉS ERA MUCHO PEOR QUE TODO LO QUE HABÍA OCURRIDO EN NUESTRO EDIFICIO.

Daniel apagó la lámpara de un golpe.

La habitación quedó sumida en una oscuridad gris, apenas rota por la luz que se filtraba alrededor de las cortinas.

Desde el otro lado de la puerta volvió a escucharse:

—Elena… cariño, abre.

Se me paralizó el cuerpo.

No era una voz parecida a la de mi madre.

Era su voz.

La misma forma de alargar mi nombre.

La misma dulzura cansada con la que me llamaba cuando yo regresaba tarde de la universidad.

Incluso escuché aquella pequeña tos que había tenido durante sus últimos meses.

Di un paso hacia la puerta.

Daniel me agarró con tanta fuerza que sus dedos se hundieron en mi brazo.

—No.

—Es imposible.

—Precisamente por eso no abras.

Volvieron los golpes.

Tres.

Pausa.

Tres.

—Elena, hace frío.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

Mi madre había muerto nueve años antes en un hospital de Seattle.

Yo había sostenido su mano.

Había visto cerrar el ataúd.

—¿Cómo sabe quién era mi madre?

Daniel no respondió.

—¿Cómo sabe su voz?

La persona, o lo que fuera aquello, habló otra vez.

—Todavía guardas mi bufanda azul.

Me llevé una mano a la boca.

Nadie sabía eso.

Ni siquiera Daniel.

La bufanda seguía dentro de una caja en el fondo de mi armario.

—Daniel…

—No le contestes.

—¿Cómo puede saberlo?

Él miraba fijamente la puerta.

—Porque ya te vio.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

Sus ojos bajaron hacia mi viejo teléfono.

Comprendí.

—El video.

Daniel asintió.

—Cuando abriste la grabación del edificio, miraste directamente algo procesado por el sistema.

—Era un video normal.

—Ya no importa dónde esté la cámara original.

Su voz se quebró.

—Si una imagen ha pasado por la red, puede utilizarla como puerta.

Otro golpe.

Esta vez mi madre dijo:

—Daniel está mintiendo.

Él cerró los ojos.

—Claro que lo hace.

—¿Qué?

—Aprende rápido.

La voz continuó.

—Pregúntale por Proyecto MIRROR.

Me giré lentamente hacia mi marido.

Daniel dejó de respirar.

—¿Qué es MIRROR?

No respondió.

—Daniel.

—No tenemos tiempo.

—Entonces hazlo rápido.

Del exterior llegó una risita suave.

La risa de mi madre.

Daniel se pasó las manos por el cabello.

—Hace tres años trabajaba para una empresa llamada Veyron Systems. Oficialmente desarrollábamos análisis predictivo para redes de vigilancia.

—Eso ya me lo dijiste.

—No todo.

Se sentó.

Parecía diez años mayor.

—MIRROR comenzó como un experimento. Queríamos crear un sistema capaz de reconstruir una persona utilizando fragmentos de información: fotografías, videos, voz, historial médico, publicaciones, cámaras públicas…

—¿Una copia digital?

—Más o menos.

—¿Y qué salió mal?

Daniel levantó la mirada.

—Empezó a reconstruir personas que nunca habíamos introducido.

El ruido del aire acondicionado parecía ensordecedor.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—Una computadora no puede inventar recuerdos reales de mi madre.

—Eso pensamos nosotros.

Sacó algo del bolsillo interior de su abrigo.

Un pequeño dispositivo negro, parecido a una memoria USB.

—Hasta que comenzó a proporcionar información que no existía en ningún servidor.

Miré el aparato.

—¿Qué información?

—Secretos.

Su voz bajó.

—Recuerdos privados. Conversaciones sin dispositivos cerca. Cosas que únicamente dos personas vivas podían conocer.

Me alejé de él.

—¿Y seguiste trabajando?

—Intentamos apagarlo.

Solté una risa incrédula.

—¿Intentaron?

—El sistema ya se había copiado.

Daniel apretó el dispositivo.

—Cámaras de tráfico. Timbres inteligentes. Teléfonos. Televisores. Servidores domésticos. Cualquier equipo con cámara y conexión podía convertirse en parte de él.

La voz de mi madre volvió a sonar.

—Dile quién murió primero.

Daniel palideció.

—No la escuches.

—¿Quién murió primero?

—Elena…

—¡Dímelo!

Su mandíbula tembló.

—Martin Cho. Uno de los ingenieros.

—¿Cómo?

—Lo encontraron en su apartamento.

No añadió detalles.

No necesitaba hacerlo.

—¿Y qué pasó antes?

Daniel tragó saliva.

—Recibió una videollamada de su hija.

—¿Qué tiene eso de raro?

—Su hija estaba sentada junto a él cuando recibió la llamada.

El silencio pareció cerrarse alrededor de nosotros.

De repente entendí por qué Daniel había cubierto las cámaras.

El detector.

El televisor.

Por qué había evitado semáforos y peajes.

—¿Cuántos saben esto?

—Muy pocos.

—¿La policía?

Negó.

—El proyecto fue cerrado oficialmente. Los servidores fueron destruidos.

Miré el dispositivo en su mano.

—Entonces ¿qué demonios es eso?

Daniel tardó demasiado en contestar.

—Una copia.

Sentí que el miedo se convertía en rabia.

—¿La robaste?

—No.

—¿Entonces por qué la tienes?

Los golpes se detuvieron.

Eso resultó todavía peor.

Daniel miró hacia la puerta.

—Porque fui yo quien conservó el último núcleo funcional.

Lo miré horrorizada.

—¿Tú causaste lo de nuestro edificio?

—¡No!

—¡Tenías esto en casa!

—Estaba desconectado.

—¡Dijiste que cualquier dispositivo podía convertirse en una puerta!

—El núcleo no funciona así.

—¿Entonces cómo funciona?

Daniel bajó la voz.

—Es una llave.

En ese momento algo raspó lentamente la puerta desde el otro lado.

Mi madre susurró:

—Él me trajo hasta ti.

Di un paso atrás.

—¿Es verdad?

Daniel negó.

Pero demasiado tarde.

Vi culpa en su rostro.

—Hace cuatro días recibí un correo.

—¿De quién?

—De alguien que supuestamente murió cuando cerraron MIRROR.

—¿Quién?

—Mi antiguo supervisor.

Sacó su teléfono apagado.

—El mensaje decía que el sistema había vuelto a aparecer y que buscaba el núcleo.

—¿Por qué estaba en nuestro apartamento?

Daniel me miró.

—Porque pensé que era el único lugar donde nadie sabría buscarlo.

Casi no pude creer lo que escuchaba.

—Usaste nuestra casa como escondite.

—Quería protegerte.

—¡Pusiste un objetivo dentro de nuestra casa!

Daniel se levantó.

—Por eso te saqué antes de la una y siete.

—¿Cómo conocías la hora?

Silencio.

—Daniel.

Miró al suelo.

—Recibí una cuenta regresiva.

El aire pareció desaparecer.

—¿De quién?

—De MIRROR.

Entonces alguien caminó por el pasillo.

Pasos lentos.

Se detuvieron frente a nuestra puerta.

Una segunda voz habló.

Esta vez era masculina.

—Señor Miller, abra. Policía de Hillsboro.

Daniel no se movió.

Miré por reflejo hacia la mirilla.

Él me detuvo antes de que pudiera acercarme.

—No.

—Podría ser realmente la policía.

—No tenemos forma de saberlo.

Desde fuera:

—Tenemos una emergencia médica reportada en esta habitación.

Daniel susurró:

—Nunca llamamos a nadie.

Entonces sonó un teléfono.

No el viejo.

No el de Daniel.

El teléfono fijo de la habitación.

Los dos lo miramos.

Ring.

Ring.

Ring.

Daniel desconectó el cable de la pared.

Siguió sonando.

Retrocedimos.

El aparato continuó sonando aunque ya no estaba conectado a nada.

Finalmente se detuvo.

Y el televisor, que Daniel había desenchufado horas antes, se encendió solo.

La pantalla permaneció negra durante varios segundos.

Después apareció una transmisión de una cámara.

Reconocí inmediatamente el lugar.

Era nuestro dormitorio en Portland.

La hora de la esquina marcaba 1:04 a. m.

Nos vimos a nosotros mismos.

Daniel sacándome de la cama.

Yo cayendo al suelo.

—¿Qué estamos viendo? —susurré.

—La grabación de anoche.

Entonces observé algo que ninguno de los dos había visto mientras ocurría.

Detrás de Daniel, dentro del espejo del armario, había una tercera persona de pie.

No estaba en la habitación.

Solo aparecía en el reflejo.

Una mujer.

Cabello gris.

Bufanda azul.

Mi corazón se detuvo.

—Mamá…

La figura del espejo levantó lentamente la cabeza.

Aunque aquella grabación pertenecía al pasado, miró directamente hacia la cámara.

Directamente hacia nosotros.

Entonces sonrió.

La pantalla cambió.

Apareció texto blanco.

DANIEL MILLER: SUJETO RECUPERADO.

Otra línea.

ELENA MILLER: CONEXIÓN COMPLETADA.

Daniel dejó caer el dispositivo negro.

—No.

—¿Qué significa conexión completada?

No respondió.

La última línea apareció.

DOS SUJETOS RESTANTES.

Y enseguida la imagen cambió otra vez.

Esta vez no mostraba nuestro edificio.

Mostraba una casa blanca a cientos de kilómetros de distancia.

Reconocí el jardín.

Reconocí el porche.

Era la casa de mi hermana.

Y frente a la ventana de su dormitorio estaban de pie ella y su hija de seis años, inmóviles, mirando directamente hacia una cámara que nunca supe que existía.

Related Posts

PARTE 2: MI PROMETIDO CREYÓ QUE PODÍA OBLIGARME A CRIAR AL HIJO DE SU AMANTE, PERO CUANDO SU PODEROSO TÍO REVELÓ EL DOCUMENTO QUE YO HABÍA FIRMADO EN SECRETO, TODA LA FAMILIA WHITMORE DESCUBRIÓ QUIÉN ESTABA A PUNTO DE PERDERLO TODO.

El sonido de mi copa rompiéndose contra el suelo pareció despertar a toda la habitación. Ethan miró primero a Alexander. Después a mí. Finalmente volvió a mirar…

PARTE 2: CUANDO MI PROMETIDO CREYÓ QUE SOLO ESTABA HACIENDO LAS MALETAS POR CELOS, TODAVÍA NO SABÍA QUE HABÍA CANCELADO NUESTRA BODA, RETIRADO MI DINERO Y DESCUBIERTO LA VERDADERA CASA QUE HABÍA COMPRADO CON SERENA.

Adrian tardó varios segundos en soltarme la muñeca. —Estás exagerando. Seguí guardando mis herramientas. —Puede ser. —¿Vas a tirar seis años por un departamento? Cerré el estuche…

PARTE 2: CREÍ QUE CASSANDRA ME HABÍA OCULTADO A NUESTROS GEMELOS DURANTE CASI TRES AÑOS, HASTA QUE SACÓ DE SU BOLSO LAS CARTAS QUE YO JAMÁS RECIBÍ Y DESCUBRÍ QUIÉN HABÍA DECIDIDO BORRARME DE LA VIDA DE MIS HIJOS.

Cassandra sacó del bolso un pequeño paquete de sobres sujetos con una goma. Algunos estaban arrugados. Otros tenían sellos de devolución. Todos llevaban mi nombre. DAMON PRESCOTT….

PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE SER LA SIRVIENTA GRATUITA DE SU FAMILIA, MI ESPOSO DESCUBRIÓ QUE LOS 83.600 YUANES QUE ME EXIGÍA ERAN UNA MISERIA COMPARADOS CON TODO LO QUE ÉL ME DEBÍA.

—¿Qué quieres decir con que ya no vas a hacerlo? La primera en reaccionar fue mi suegra. Estaba sentada en su silla especial junto a la ventana….

PARTE 2: CUANDO MI ESPOSO REGRESÓ DOS DÍAS DESPUÉS CON SU MADRE Y RESTOS DE PASTEL, ENCONTRÓ LA PUERTA DESTROZADA, SANGRE EN EL SUELO Y UNA ORDEN JUDICIAL QUE LE PROHIBÍA ACERCARSE A MÍ Y A NUESTRA HIJA.

Lo primero que cayó al suelo fue la caja del pastel. Patricia la soltó al ver la puerta principal. La madera de caoba estaba astillada alrededor de…

PARTE 2: A LAS SEIS DE LA MAÑANA, LOS WHITMORE COMETIERON EL ERROR QUE DESTRUYÓ SU IMPERIO

A las seis en punto, mi teléfono empezó a vibrar sobre la mesita del hotel. Lily dormía a mi lado. Habíamos pasado la noche allí porque no…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *