PARTE 2: LA MUJER QUE DAVID NO QUISO DEJAR IR.

David seguía sonriendo.

Era una sonrisa pequeña, casi oxidada, como si llevara demasiado tiempo sin usarla.

Maya lo señaló.

—Lo hiciste otra vez.

—¿Qué?

—Parecer humano.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Aquello volvió a hacerlo reír.

Y por primera vez en años, David Prescott pasó una noche con una mujer sin mirar el reloj ni pensar en cómo terminaría la mañana.

Hablaron.

Eso fue todo.

Maya le contó sobre su madre, sobre los dos trabajos que había aceptado después de conocer el costo de la cirugía y sobre cómo llevaba semanas fingiendo delante de ella que el dinero “ya estaba casi solucionado”.

David escuchó.

A medianoche, Maya miró el reloj.

—Debería irme.

La expresión de David cambió.

—Puedes quedarte.

Ella arqueó una ceja.

—¿Eso forma parte de las famosas instrucciones?

—No.

—Entonces me voy.

David no insistió.

Maya llegó hasta la puerta antes de volverse.

—Una cosa más.

—¿Qué?

—No quiero los ochenta mil si esperas algo a cambio.

David la observó largamente.

—No espero nada.

—Entonces tampoco quiero caridad.

—No es caridad.

—¿Qué es?

Por primera vez, David no tuvo una respuesta preparada.

—Considéralo un préstamo.

Maya sonrió.

—Con contrato.

—Por supuesto.

—Interés razonable.

—Estás negociando conmigo dentro de mi propia casa.

—¿Funciona?

David casi sonrió.

—Sorprendentemente.


A la mañana siguiente, Marcus encontró a David desayunando solo.

—¿Ya se fue?

—Sí.

Marcus miró el reloj.

—Son las siete.

—Sé leer la hora.

—Normalmente tengo que recordarles dónde está la salida.

David levantó la mirada.

—No pasó nada.

Marcus permaneció inmóvil.

—¿Nada?

—Hablamos.

—¿Toda la noche?

—Sí.

Marcus comenzó a sonreír.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu cara lo está diciendo.

David señaló la puerta.

—Fuera.

Marcus salió riéndose.

Pero aquella noche, a las 10:09, regresó deliberadamente al despacho.

David estaba trabajando.

Marcus esperó.

10:10.

10:12.

Finalmente preguntó:

—¿Quieres que llame a alguien?

David continuó leyendo.

—No.

Marcus escondió una sonrisa.

Era la primera noche en años que David Prescott elegía estar solo.


La operación de la madre de Maya se realizó diez días después.

David no apareció en el hospital.

No envió flores gigantes.

No convirtió su ayuda en una demostración de poder.

Simplemente hizo que sus abogados prepararan el préstamo exactamente como Maya había pedido.

Ella comenzó a devolverlo tres meses después.

Ciento cincuenta dólares.

Luego doscientos.

Después cien.

David guardó cada comprobante.

Marcus lo descubrió.

—Tienes miles de millones y estás archivando transferencias de ciento cincuenta dólares.

—Es una deuda.

—Claro.

—Marcus.

—¿Sí?

—Desaparece.

Pero Maya no desapareció.

Primero fue un café.

Después una cena.

Luego una exposición que ella quería visitar.

David nunca la invitaba a pasar la noche.

Maya tampoco lo ofrecía.

Se conocieron lentamente.

Y aquello resultó mucho más peligroso para David que cualquier relación anterior.

Porque Maya empezó a conocer al hombre detrás del dinero.

Sabía cuándo estaba preocupado porque se aflojaba el reloj.

Sabía cuándo mentía diciendo que había comido.

Sabía que odiaba los cumpleaños porque Victoria lo había abandonado durante el suyo.

Y David aprendió que Maya cantaba cuando estaba nerviosa, odiaba las rosas y llamaba a su madre cada noche exactamente a las nueve.

Seis meses después, Maya estaba cenando en su casa cuando preguntó:

—¿Sigues llamando mujeres a las 10:09?

David levantó la mirada.

—No.

—¿Desde cuándo?

—Desde aquella noche.

Maya dejó el tenedor.

—David…

—No significa que tengas que hacer nada.

Ella permaneció callada.

David respiró lentamente.

—Antes utilizaba extraños porque sabía que se marcharían. Contigo ocurre lo contrario.

—¿Qué ocurre conmigo?

La miró.

—Me preocupa que te marches.

Maya perdió su sonrisa.

—Eso suena peligrosamente parecido a sentir algo.

—Lo sé.

—¿Y no estás huyendo?

—Lo estoy intentando.

Ella se rio.

Después extendió la mano sobre la mesa.

David la tomó.


No todo fue sencillo.

Victoria reapareció dos meses después.

Había visto fotografías de David y Maya.

Entró en una gala usando el mismo perfume que llevaba años atrás y encontró a David solo junto al balcón.

—Has cambiado.

—Sí.

—Escuché que ahora juegas a ser romántico.

David no respondió.

Victoria sonrió.

—Ella terminará queriendo tu dinero.

—Maya todavía me debe setenta y seis mil cuatrocientos dólares.

Victoria parpadeó.

—¿Qué?

—Y no me ha permitido perdonarle un centavo.

Maya apareció detrás de ellos.

Había escuchado suficiente.

Victoria la recorrió con la mirada.

—Así que tú eres la sustituta.

Maya negó.

—No.

Tomó una copa de la bandeja de un camarero.

—Soy la mujer que llegó después de que él entendiera que tú no representabas a todas las demás.

David la miró.

Victoria se marchó poco después.

Aquella noche, él le preguntó:

—¿Cómo haces eso?

—¿Qué cosa?

—No tenerle miedo a nada.

Maya sonrió.

—Tengo miedo constantemente.

—No parece.

—Porque tener miedo y dejar que el miedo decida son cosas diferentes.

David nunca olvidó aquella frase.


Un año después, Marcus entró al despacho a las 10:09.

—David.

—¿Qué?

Marcus señaló el reloj.

Los dos se quedaron mirándolo.

David comprendió la broma.

—Ni se te ocurra.

—¿Traigo a alguien?

David le lanzó un bolígrafo.

Marcus lo esquivó riéndose.

Entonces Maya apareció en la puerta con una bolsa de comida.

—¿Interrumpo algo?

—No —dijo David.

Marcus sonrió.

—Precisamente hablábamos de ti.

—Marcus.

—Ya me voy.

Cuando quedaron solos, Maya dejó la comida sobre la mesa.

David la observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás haciendo esa cosa.

—¿Qué cosa?

—Mirarme como si estuvieras pensando demasiado.

David abrió un cajón.

Sacó una pequeña caja.

Maya dejó de respirar.

—David…

—No voy a pedirte que respondas esta noche.

—Eso no suele ser así como funcionan estas cosas.

—Con nosotros sí.

Abrió la caja.

—Pasé años asegurándome de que ninguna mujer permaneciera hasta la mañana.

Su voz se suavizó.

—Después llegaste tú y descubrí que no quería una noche.

Tomó su mano.

—Quería todos los días que vinieran después.

Maya tenía lágrimas en los ojos.

—Eso ha sido terriblemente romántico para alguien que decía no saber hacerlo.

—¿Es un sí?

Ella lo hizo esperar tres segundos.

Solo para castigarlo.

—Sí.

David sonrió.

Y años después, cuando Marcus contó aquella historia durante su boda, terminó diciendo que Maya Carter había conseguido algo que nadie había logrado con todo el dinero de David Prescott.

No lo conquistó.

No lo arregló.

Ni lo salvó.

Simplemente le enseñó que amar a alguien no significaba garantizar que nunca pudiera herirte.

Significaba encontrar a una persona por la que valiera la pena dejar de vivir escondido.

Y desde la noche en que Maya entró en aquella enorme casa pensando que ochenta mil dólares podían salvar la vida de su madre, David Prescott nunca volvió a necesitar que Marcus buscara a alguien a las 10:09.

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