PARTE 2: ALESSANDRO CONFESÓ QUE SIEMPRE SUPO DÓNDE ESTÁBAMOS, PERO CUANDO REVELÓ QUIÉN HABÍA ESTADO BUSCANDO A NUESTRA HIJA DURANTE DOS AÑOS, ENTENDÍ POR QUÉ NUNCA HABÍAMOS ESTADO REALMENTE A SALVO.

El estruendo del cristal todavía resonaba cuando Alessandro me empujó hacia el coche.

—¡Lily primero!

Uno de sus hombres abrió la puerta trasera.

Apreté a mi hija contra mi pecho y entré.

Alessandro subió detrás de nosotras mientras los otros vehículos bloqueaban la calle.

Lily comenzó a llorar.

—Mami…

—Estoy aquí.

La abracé mientras Alessandro daba una orden al conductor.

—Muévete.

El coche arrancó.

Sólo cuando doblamos la esquina comprendí algo.

—Sabías que esto podía pasar.

Alessandro no respondió.

—Por eso había tres coches afuera.

Su silencio fue suficiente.

—¿Quién nos está buscando?

Miró a Lily.

—No delante de ella.

Veinte minutos después llegamos a una casa que jamás había visto.

No era su mansión de Chicago.

Era una propiedad discreta rodeada de árboles, cámaras y hombres armados.

Una mujer mayor llamada Rosa llevó a Lily a una habitación para prepararle chocolate caliente.

Esperé hasta que desapareció por el pasillo.

Entonces me volví hacia Alessandro.

—Habla.

Se quitó el abrigo.

Un fragmento de cristal había rasgado su hombro.

—Primero necesito saber qué le dijo Lily.

—¿En la calle?

Asintió.

Recordé el momento en que mi hija le había susurrado al oído.

—No lo sé.

Alessandro cerró los ojos un instante.

—Dijo: “El señor del coche rojo también tiene tu foto”.

Sentí frío.

—¿Qué señor?

—Eso quiero descubrir.

Tomé mi bolso.

—Entonces nos iremos.

Alessandro bloqueó la puerta.

—No.

—No vuelvas a darme órdenes.

—Alguien acaba de atacar una panadería mientras nuestra hija estaba afuera.

—Nuestra hija no habría estado en peligro si tú no hubieras aparecido.

Su expresión cambió.

—Ella, yo aparecí porque el peligro ya estaba allí.

Me quedé inmóvil.

Alessandro caminó hacia una caja fuerte y sacó una carpeta gruesa.

La dejó frente a mí.

Dentro había fotografías.

Mías.

Saliendo del supermercado.

Llevando a Lily al parque.

Entrando al pequeño edificio donde vivíamos.

Había imágenes tomadas durante meses.

Levanté la mirada horrorizada.

—¿Me vigilabas?

—Sí.

La respuesta llegó sin disculpas.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Desde el día que te fuiste.

Lo abofeteé.

Alessandro ni siquiera intentó detenerme.

—¡Me dejaste creer que había escapado!

—Eso era exactamente lo que necesitaba que creyeran los demás.

—¿Quiénes?

Sacó otra fotografía.

Mostraba a un hombre de unos sesenta años entrando en un restaurante.

Reconocí el apellido escrito debajo.

Moretti.

Mi estómago se contrajo.

—Creí que los Moretti habían desaparecido.

—Casi todos.

Alessandro señaló al hombre.

—Vittorio Moretti sobrevivió.

Recordé aquel nombre.

Dos semanas antes de abandonar a Alessandro, escuché una discusión en su despacho.

Vittorio había jurado destruir todo lo que él amara.

—Pero eso ocurrió antes de que Lily naciera.

Alessandro me miró.

—Vittorio sabía que estabas embarazada antes que yo.

No pude respirar.

—Eso es imposible.

—Uno de mis médicos trabajaba para él.

Las piezas comenzaron a encajar de una manera horrible.

Yo había descubierto mi embarazo pocas semanas antes de huir.

Nunca se lo dije a Alessandro.

Creía que llevarme a nuestra hija era la única manera de impedir que creciera rodeada de violencia.

—Entonces… ¿sabías de Lily?

—Supe que estabas embarazada once días después de que desaparecieras.

—¿Y no viniste?

Una emoción dolorosa cruzó su rostro.

—Encontré tu primer apartamento en cuarenta y ocho horas.

Me quedé paralizada.

Alessandro se acercó.

—Encontré el segundo en tres días. El tercero antes de que terminaras de desempacar.

Recordé su pregunta en la panadería.

¿De verdad pensaste que me tomó dos años encontrarte?

—Entonces ¿por qué nunca apareciste?

—Porque Vittorio estaba observándome.

Su voz bajó.

—Si yo iba hacia ti, lo llevaba directamente hasta ustedes.

Miré nuevamente las fotografías.

—¿Todos esos hombres que pensé que eran desconocidos…?

—Algunos eran míos.

—¿Y los demás?

Alessandro no respondió.

Eso me asustó más.

Sacó varios documentos.

Reportes policiales.

Fotografías de vehículos.

Nombres.

Fechas.

—Durante dos años eliminamos cualquier rastro que pudiera conducir hasta ti. Cambiamos registros, interceptamos personas que preguntaban por tu apellido y vigilamos a cualquiera que se acercara demasiado.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque te conozco.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que habrías seguido huyendo.

Tenía razón.

Y lo odié por ello.

—Hoy cambió algo —continuó—. Vittorio dejó de buscar.

—Eso debería ser bueno.

—No.

Alessandro señaló la ventana destruida de la panadería en una fotografía que uno de sus hombres acababa de enviarle.

—La gente deja de buscar cuando encuentra lo que quería.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Entonces recordé algo.

—Lily mencionó un coche rojo.

Alessandro levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Lo había mencionado antes?

Pensé.

Y entonces lo recordé.

Dos noches atrás, Lily estaba dibujando en la mesa.

Había hecho nuestra casa, un árbol y un automóvil rojo.

Le pregunté qué era.

Me respondió que pertenecía al “amigo de mamá”.

Yo pensé que hablaba de algún vecino.

Sentí náuseas.

—Lo ha visto antes.

Alessandro tomó su teléfono.

—¿Cuántas veces?

—No sé.

Marcó inmediatamente.

—Revisen todas las cámaras alrededor del apartamento de Ella. Busquen un vehículo rojo. Últimos treinta días.

Colgó.

—Nos vamos.

—¿Adónde?

—A otro lugar.

En ese momento apareció Rosa.

Estaba sola.

Alessandro se puso rígido.

—¿Dónde está Lily?

Rosa parecía confundida.

—Con usted.

El mundo se detuvo.

—¿Qué?

—Un hombre vino a buscarla hace unos minutos. Dijo que usted lo había enviado.

Alessandro perdió el color del rostro.

Corrió hacia el pasillo.

Yo fui detrás.

La habitación estaba vacía.

El conejo de Lily estaba tirado junto a la cama.

Grité su nombre.

Nada.

Alessandro tomó el juguete.

Por primera vez desde que lo conocía, vi miedo verdadero en los ojos del hombre al que toda Chicago temía.

Entonces su teléfono sonó.

Un mensaje.

Una fotografía.

Lily estaba sentada en el asiento trasero de un coche rojo.

Parecía ilesa.

Debajo había una sola frase:

“TRAEME A ELLA Y RECUPERARÁS A TU HIJA.”

Sentí que las piernas me fallaban.

Pero Alessandro seguía mirando la pantalla.

—¿Qué pasa?

No respondió.

—¡Alessandro!

Finalmente levantó los ojos.

—Ese mensaje no viene de Vittorio.

—¿Entonces de quién?

Giró lentamente el teléfono hacia mí.

El número no estaba guardado.

Pero debajo de la fotografía había una segunda imagen.

Una fotografía antigua de nuestra boda.

Alguien había marcado mi rostro con un círculo rojo.

Y en una esquina aparecía una mano sosteniendo la fotografía.

Reconocí inmediatamente el anillo.

Lo había visto cientos de veces durante mi matrimonio.

Miré a Alessandro.

—No puede ser.

Su mandíbula se endureció.

—Sí.

Porque aquel anillo pertenecía al único hombre en quien Alessandro había confiado para protegerme la noche en que escapé de él.

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