Mi primera orden fue sencilla.
—Saca al niño de aquí.
Mi mano derecha, Vincent Moretti, cerró la puerta de la habitación.
—Ya lo intentamos.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
—La carretera está cerrada por la tormenta. Nadie entra ni sale de Hollow Falls hasta que retiren la nieve.
Miré hacia la ventana.
El mundo entero había desaparecido detrás de una cortina blanca.
—Entonces protégelo.
Vincent asintió.
—Ya tengo cuatro hombres abajo.
—Pon ocho.
—Reaper…
—Ocho. Y dos con su abuelo.
Vincent dejó de discutir.
El niño se llamaba Caleb Morgan.
Su abuelo, Walter, tenía sesenta y ocho años y administraba un pequeño taller mecánico en las afueras del pueblo.
No tenían guardaespaldas.
No tenían enemigos.
No tenían absolutamente nada que ver con mi mundo.
Hasta que Caleb había encontrado mi cuerpo bajo la nieve.
Eso bastaba para convertirlos en testigos.
Y en mi mundo, los testigos podían convertirse rápidamente en cadáveres.
Me levanté de la cama.
El dolor me atravesó las costillas.
Vincent dio un paso adelante.
—El médico dijo que no puedes levantarte.
—El médico tampoco sabe quién viene.
Me vestí con la ropa que Vincent había traído.
Entonces sonaron tres golpes.
Todos mis músculos se tensaron.
Vincent abrió apenas la puerta.
Era Walter.
Goliat estaba a su lado.
—Caleb quiere verlo —dijo.
—¿Dónde está?
—En la cafetería con una enfermera.
Vincent y yo nos miramos.
—¿Qué enfermera? —pregunté.
Walter frunció el ceño.
—Una mujer rubia. Dijo que usted había pedido que le llevaran algo de comer.
Yo no había pedido nada.
Vincent ya tenía el teléfono en la mano.
—Cierren el edificio.
Salí al pasillo.
Las enfermeras protestaron cuando me vieron caminar, pero no me detuve.
Llegamos a la cafetería.
Había seis personas.
Ninguna era Caleb.
Sobre una mesa encontré su chocolate caliente.
Todavía salía vapor de la taza.
Y debajo había un guante infantil.
Walter palideció.
—Caleb.
Goliat empezó a gruñir.
Después corrió.
Seguimos al perro hasta una puerta de servicio.
Estaba entreabierta.
Del otro lado había un pasillo estrecho que conducía hacia lavandería y mantenimiento.
Goliat ladró.
Una vez.
Dos.
Entonces escuché un grito.
—¡Goliat!
Caleb.
Corrí.
Al doblar la esquina vi a una mujer vestida con uniforme médico sujetando al niño por el brazo.
En la otra mano llevaba algo oculto junto al cuerpo.
Vincent se detuvo.
—Suéltalo.
La mujer sonrió.
—Llegaron rápido.
Caleb intentó soltarse.
—¡Señor Reaper!
La mujer miró al niño.
—Así que ese es su nombre.
Yo avancé un paso.
—Déjalo ir.
—No puedo.
—No vine a negociar.
Ella inclinó la cabeza.
—Eso es exactamente lo que estás haciendo.
Dos de mis hombres aparecieron detrás.
La sonrisa de la mujer desapareció.
Soltó a Caleb y retrocedió.
Goliat se lanzó entre ambos.
Caleb corrió hacia su abuelo.
Vincent y sus hombres bloquearon el pasillo.
Pero la mujer no parecía asustada.
Eso me preocupó más que cualquier arma.
—¿Quién te contrató? —pregunté.
—Ya lo sabes.
—Quiero escucharlo.
Ella me miró directamente.
—Tu hermano.
Walter apretó a Caleb contra su pecho.
Yo no reaccioné.
Mi hermano se llamaba Dominic Vale.
Era tres años menor que yo.
Durante décadas había estado sentado a mi mesa.
Había asistido al funeral de nuestra madre.
Había sido padrino de mi matrimonio.
Y aparentemente había decidido que mi imperio le pertenecía.

—¿Por qué Caleb? —pregunté.
La mujer sonrió nuevamente.
—Porque el niño vio algo.
Caleb levantó la cabeza.
—Yo sólo lo encontré a usted.
—No —respondió ella—. Viste más.
Todos miramos al niño.
Caleb parecía confundido.
Entonces Walter preguntó:
—¿Qué viste en el bosque?
Caleb tardó varios segundos en responder.
—Un coche.
Sentí que Vincent se tensaba.
—¿Qué coche?
—Negro.
—¿Viste a alguien?
Caleb negó con la cabeza.
Después se detuvo.
—Esperen.
Sus ojos se abrieron.
—Había un hombre.
—¿Puedes describirlo?
—No vi su cara.
Mi decepción duró apenas un segundo.
—Pero vi su mano.
Vincent se acercó.
—¿Su mano?
Caleb señaló su propio dedo.
—Tenía un anillo.
El pasillo quedó en silencio.
—¿Cómo era?
—Un pájaro negro.
Mi sangre se enfrió.
Vincent me miró.
Ambos sabíamos exactamente lo que significaba.
El sello de nuestra familia llevaba un cuervo.
Pero sólo existían tres anillos originales.
Uno era mío.
Otro había pertenecido a mi padre.
Y el tercero estaba en manos de Dominic.
La mujer aprovechó aquel instante.
Intentó alcanzar una puerta lateral.
Mis hombres la interceptaron.
—Se acabó —dijo Vincent.
Ella soltó una carcajada.
—No tienen idea.
Me acerqué.
—Ilumíname.
—Crees que Dominic quiere tu organización.
—Eso parece.
—Dominic no organizó esto por dinero.
Su expresión cambió.
Por primera vez vi auténtico miedo.
—Pregúntate por qué te enterraron en Virginia Occidental.
No respondí.
—Podían matarte en Nueva York. Podían hacer desaparecer tu coche. Podían fabricar un accidente.
Tenía razón.
—Pero te trajeron precisamente aquí.
Miré a Caleb.
La mujer también.
Y entonces entendí.
El niño no había encontrado accidentalmente el lugar donde me enterraron.
Yo había sido llevado hasta el lugar donde vivía el niño.
—¿Por qué? —pregunté.
La mujer guardó silencio.
Vincent dio un paso adelante.
—Habla.
—Porque Dominic llevaba meses buscando a alguien.
Señaló a Caleb.
Walter retrocedió protegiendo a su nieto.
—¿A mi nieto?
—No exactamente.
La mujer me miró.
—Buscaba a su madre.
Caleb se quedó inmóvil.
—Mi mamá murió.
Walter palideció de una manera que no pude ignorar.
Giré hacia él.
—¿Qué sabes?
—Nada.
—Walter.
—Dije que nada.
Pero estaba mintiendo.
Lo reconocí inmediatamente.
Había construido mi vida interrogando hombres que mentían.
La mujer empezó a reír.
—Míralo, Reaper.
Walter apretó la mandíbula.
—Cállese.
—Díselo.
—¡Cállese!
Caleb miró a su abuelo.
—Abuelo, ¿qué pasa?
Walter parecía a punto de derrumbarse.
Entonces la mujer pronunció un nombre.
—Elena Vale.
Dejé de respirar.
Hacía diez años que no escuchaba ese nombre.
Elena.
Mi hermana menor.
La mujer que había desaparecido sin dejar rastro.
La persona que Dominic y yo habíamos buscado durante años antes de aceptar que probablemente estaba muerta.
Miré a Caleb.
Nueve años.
Cabello oscuro.
Ojos marrones.
De repente vi algo que antes no había querido ver.
Los mismos ojos de mi padre.
—Walter —dije—, ¿quién era la madre de Caleb?
El anciano cerró los ojos.
Caleb empezó a llorar.
—Abuelo…
Walter lo abrazó.
Después me miró.
—Su nombre no era Morgan.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Entonces dime quién era.
Walter abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Vincent sonó.
Miró la pantalla.
Su rostro cambió.
—Reaper.
—¿Qué?
Me mostró el mensaje.
Era una fotografía tomada apenas segundos antes.
Nos mostraba a todos en aquel pasillo.
A mí.
A Walter.
A Caleb.
Alguien seguía observándonos desde dentro del hospital.
Debajo de la fotografía había una sola frase:
“Pregúntale al viejo quién es realmente el padre del niño.”