PARTE 2: GISELLE DIJO QUE MI CAÍDA HABÍA SIDO UN ACCIDENTE, PERO NO SABÍA QUE ALGUIEN HABÍA GRABADO EL MOMENTO EN QUE EMPUJÓ A LA MADRE DEL HIJO DE RAYMOND.

Giselle alcanzó la puerta.

No llegó a tocarla.

Dos personas aparecieron al otro lado.

La primera era una mujer con traje oscuro y una carpeta bajo el brazo.

El segundo era un agente de policía.

Raymond me miró como si acabara de descubrir que llevaba horas dentro de una historia de la que sólo conocía la mitad.

—Serena, ¿qué está pasando?

Acomodé la manta alrededor de Hayden.

—Lo que debió pasar hace tres días.

Giselle retrocedió.

—Fue un accidente.

—Entonces no tendrás problema en explicarlo —respondió la mujer del traje.

Era Evelyn Hart, mi abogada.

La había llamado desde urgencias, antes incluso de saber si Hayden sobreviviría.

Evelyn dejó una carpeta sobre la mesa.

—El edificio donde ocurrió el incidente tiene cámaras de seguridad.

El rostro de Giselle cambió.

Ese pequeño movimiento fue suficiente para que Raymond lo notara.

—Me dijiste que Serena tropezó —murmuró.

—Eso ocurrió.

Evelyn abrió su computadora.

—No exactamente.

Yo no quise mirar la grabación otra vez.

Ya la había visto.

En ella aparecía yo entrando al vestíbulo con un sobre que contenía los estudios médicos y una copia de la prueba prenatal de paternidad.

Giselle salía del ascensor.

Discutíamos.

No había audio.

Pero las imágenes eran claras.

Intenté rodearla.

Ella me bloqueó.

Volví a intentarlo.

Entonces Giselle extendió ambas manos y me empujó.

Raymond se quedó mirando la pantalla.

Yo caí hacia atrás.

El sobre salió volando.

Segundos después aparecía en el suelo, protegiéndome el vientre mientras Giselle permanecía inmóvil.

Pero había algo peor.

Giselle no pidió ayuda inmediatamente.

Recogió el sobre.

Lo abrió.

Sacó los documentos.

Y leyó la primera página.

Raymond se acercó lentamente a la pantalla.

—¿Qué estaba leyendo?

Evelyn respondió:

—La confirmación de paternidad.

Silencio.

La doctora Albright cruzó los brazos.

—Eso significa que la señorita Giselle sabía que el bebé probablemente era suyo antes de abandonar el edificio.

Raymond giró hacia su prometida.

—¿Lo sabías?

—Raymond, escucha…

—¿SABÍAS QUE ERA MI HIJO?

Hayden se sobresaltó.

Raymond cerró la boca inmediatamente.

Por primera vez desde que había entrado, pareció recordar que estábamos en una unidad neonatal.

Giselle comenzó a llorar.

—Tenía miedo de perderte.

No sentí satisfacción.

Sólo cansancio.

—Yo tenía miedo de perder a mi hijo.

Ella me lanzó una mirada llena de odio.

—Tú apareciste justo antes de nuestra boda para destruirlo todo.

Evelyn cerró la computadora.

—La señora Palmer estaba intentando comunicar información médica relacionada con el padre de su hijo.

Entonces el agente habló.

—Señorita Giselle, necesito que venga conmigo para responder algunas preguntas sobre el incidente.

Raymond se interpuso.

—¿La van a arrestar?

—Eso dependerá de la investigación y de las pruebas.

Giselle agarró el brazo de Raymond.

—No permitas que me hagan esto.

Él bajó la mirada hacia su mano.

Y se apartó.

Aquello pareció herirla más que cualquier palabra.

—Raymond…

—Vete.

—Nuestra boda es mañana.

Raymond soltó una risa vacía.

—¿Todavía estás pensando en la boda?

El agente acompañó a Giselle fuera.

Cuando desapareció por el pasillo, Raymond se dejó caer en una silla.

Parecía diez años mayor.

Después levantó la vista hacia Hayden.

—Quiero conocerlo.

Instintivamente lo acerqué más a mi pecho.

—No.

Raymond parpadeó.

—Soy su padre.

—Biológicamente.

La palabra le dolió.

Lo vi.

Pero no me arrepentí.

—Serena, no sabía que había nacido.

—Porque me bloqueaste.

—Giselle dijo que estabas utilizando el embarazo para recuperarme.

—Y decidiste creerle.

No tuvo respuesta.

Evelyn sacó otra carpeta.

—Además, antes de que el señor Palmer tome decisiones respecto al menor, hay varios asuntos que debemos resolver.

Raymond la miró.

—¿Qué asuntos?

Ahora llegábamos a la razón por la que había abierto mis registros financieros después del parto.

Durante nuestro matrimonio, Raymond controlaba las cuentas principales.

Cada vez que preguntaba por dinero desaparecido, me decía que eran inversiones.

Cuando empezaron las complicaciones del embarazo, aseguró que nuestras finanzas estaban demasiado ajustadas para contratar ayuda médica adicional.

Yo le creí.

Hasta aquella madrugada.

Como contadora forense, sabía exactamente dónde buscar.

—Encontré las transferencias —dije.

Raymond se quedó inmóvil.

—¿Qué transferencias?

Deslicé varias páginas hacia él.

—Ciento ochenta y siete mil dólares durante ocho meses.

Sus ojos recorrieron las cifras.

Destinataria:

Giselle Laurent.

Había pagos de alquiler.

Joyas.

Viajes.

Restaurantes.

Y finalmente un depósito enorme para la boda que celebrarían al día siguiente.

Raymond levantó la cabeza.

—Ese dinero era mío.

—Parte sí.

Señalé tres movimientos.

—Esto no.

Su expresión cambió.

Durante nuestro matrimonio yo había recibido una herencia de mi abuela.

El acuerdo matrimonial establecía claramente que ese dinero era propiedad separada.

Sin embargo, meses antes del divorcio, parte había terminado en una cuenta conjunta temporal y después había desaparecido.

—No autoricé estas transferencias —dije.

—Tú firmaste.

—Eso creías.

Evelyn colocó una copia ampliada de una autorización bancaria sobre la mesa.

Mi supuesta firma estaba al final.

Raymond empezó a palidecer.

—Serena…

—No es mi firma.

—Yo no falsifiqué nada.

—Nunca dije que lo hicieras tú.

Se quedó callado.

Entonces comprendió.

Giselle había trabajado como asistente ejecutiva de Raymond durante cuatro años.

Tenía acceso a documentos.

Calendarios.

Contraseñas temporales.

Y durante un tiempo, incluso a nuestra correspondencia financiera.

Raymond se levantó bruscamente.

—¿Estás diciendo que ella robó el dinero?

—Estoy diciendo que alguien lo hizo.

Evelyn añadió:

—Y mañana por la mañana solicitaremos formalmente los registros completos.

Raymond comenzó a caminar por la habitación.

Su boda había desaparecido.

Su prometida estaba siendo interrogada.

Su hijo recién nacido estaba frente a él.

Y todavía faltaba algo.

—¿Por qué dijiste que tu venganza apenas comenzaba? —preguntó finalmente.

Lo miré.

—Porque esto no se trata sólo de Giselle.

Saqué una última hoja.

Raymond dejó de respirar.

Era un correo electrónico impreso.

Fecha: cinco meses atrás.

Remitente: Giselle.

Pero el destinatario no era Raymond.

Era Martin Palmer.

Su padre.

El hombre que había dirigido durante treinta años la empresa familiar y que había declarado bajo juramento durante nuestro divorcio que jamás había intervenido en nuestras finanzas.

Raymond leyó la primera línea.

Después la segunda.

Su rostro se volvió completamente blanco.

—¿De dónde sacaste esto?

—De una copia de seguridad que alguien olvidó borrar.

Raymond continuó leyendo.

El mensaje hablaba de transferencias, de mantenerme desinformada y de acelerar el divorcio antes de que naciera Hayden.

Pero la última línea era la que cambiaba todo.

“Cuando Serena firme, Raymond nunca tendrá que saber que el dinero salió de la cuenta de su hijo antes de llegar a Giselle.”

Raymond levantó lentamente la mirada.

—Mi padre…

No terminó.

La puerta volvió a abrirse.

Evelyn miró hacia el pasillo y después hacia mí.

—Serena, tenemos otro problema.

—¿Qué ocurrió?

Me entregó su teléfono.

En la pantalla aparecía una fotografía tomada minutos antes.

Martin Palmer acababa de entrar al hospital acompañado de dos abogados.

Y en sus manos llevaba una solicitud de emergencia.

No venía a defender a Raymond.

Venía a intentar obtener acceso legal a Hayden.

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