PARTE 2: LA CONFESIÓN DE ELENA REVELÓ EL CRIMEN QUE EL ABUELO HABÍA OCULTADO DURANTE TREINTA AÑOS

—Tu abuelo no es la víctima que tú crees.

Las palabras de Elena detuvieron incluso a los policías.

Mateo apretó el teléfono entre sus dedos.

—No intentes salvarte inventando mentiras.

La enfermera sonrió mientras uno de los agentes le sujetaba las muñecas.

—Pregúntale por el pabellón cerrado del antiguo Hospital San Gabriel.

El anciano levantó la cabeza de golpe.

El miedo apareció en sus ojos.

Mateo lo notó.

—Abuelo, ¿de qué está hablando?

El hombre abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

El director de la clínica se acercó a Elena.

—Ya has causado suficiente daño.

—Usted también debería guardar silencio —respondió ella—. Su padre trabajó allí.

El rostro del director cambió.

Los pacientes y familiares reunidos en el pasillo comenzaron a murmurar. Aquello ya no parecía la desesperada amenaza de una culpable.

Elena sabía algo.

—Registren mi casillero —dijo—. Encontrarán una carpeta roja.

Uno de los agentes ordenó revisar el vestuario del personal. Minutos después, una policía regresó con varios documentos y una grabadora antigua.

Mateo abrió la carpeta.

Había fotografías tomadas treinta años atrás.

En ellas aparecía su abuelo mucho más joven, vestido con una bata médica. A su lado estaban varios niños internados en una sala sin ventanas.

—Tú eras médico —susurró Mateo.

El anciano cerró los ojos.

—Hace mucho tiempo.

—Siempre dijiste que habías trabajado como contador.

—Porque necesitaba olvidar.

Elena soltó una carcajada amarga.

—No quería olvidar. Quería evitar la cárcel.

Mateo se acercó a ella.

—Habla de una vez.

—En aquel hospital realizaban tratamientos experimentales sin autorización. Elegían a familias pobres, les prometían atención gratuita y utilizaban a sus hijos como pruebas.

El pasillo quedó en silencio.

—Eso es imposible —dijo el director.

Elena señaló la grabadora.

—Escúchenla.

El agente pulsó el botón.

Una voz masculina llenó el lugar.

Era la voz del anciano.

“Si aumentamos la dosis, tendremos resultados antes de la inspección”.

Después se escuchó a una mujer llorando.

“Por favor, deténganse. Mi hija no puede respirar”.

La grabación terminó con gritos y una alarma.

Mateo retrocedió como si hubiera recibido un golpe.

—¿Eras tú?

El abuelo comenzó a llorar.

—Yo no sabía que llegaría tan lejos.

—¡Diste la orden!

—El hospital estaba al borde de la quiebra. Los directivos nos amenazaron. Dijeron que perderíamos todo.

Mateo miró a Elena.

—¿Qué relación tienes con aquello?

La enfermera dejó de sonreír.

—Mi hermana menor estaba en esa sala.

Su voz se quebró por primera vez.

—Tenía nueve años. Entró por una enfermedad leve y salió sin poder caminar. Murió meses después.

El anciano bajó la cabeza.

—Lo siento.

—¿Lo sientes? —gritó Elena—. Tú seguiste trabajando, cambiaste de nombre y viviste rodeado de tu familia. Mi madre murió esperando justicia.

La multitud comenzó a insultar al anciano.

Mateo se interpuso delante de su silla.

—Eso no justifica que lo dejaras sin comer ni que maltrataras a otros pacientes.

Elena lo miró con desprecio.

—Quería que sintiera la misma impotencia que sintió mi hermana.

—Pero abusaste de personas que no tenían nada que ver.

Aquella acusación la dejó sin respuesta.

Los videos demostraban que Elena había humillado a varios ancianos, no solo al abuelo de Mateo. Su deseo de venganza había terminado convirtiéndola en aquello que aseguraba odiar.

El director tomó una de las fotografías.

—Mi padre aparece aquí.

Era uno de los hombres situados junto al abuelo.

El anciano respiró profundamente.

—Él dirigía el programa.

—¿Mi padre daba las órdenes?

—Sí. Y cuando una niña murió durante una prueba, mandó incendiar parte del archivo.

El director sintió que las piernas le fallaban.

Durante años había construido su reputación sobre el supuesto legado humanitario de su padre.

Ahora descubría que la clínica familiar se había levantado sobre el sufrimiento de niños inocentes.

Los agentes esposaron a Elena y recogieron todos los documentos.

—Ella responderá por el maltrato —dijo el inspector—. Pero estos archivos también abrirán una investigación contra quienes participaron en el antiguo hospital.

Mateo miró a su abuelo.

—¿Cuántos niños fueron víctimas?

—Veintitrés.

—¿Y cuántos sobrevivieron?

El anciano tardó demasiado en responder.

—Siete.

Mateo sintió una profunda decepción.

Amaba a su abuelo, pero ya no podía verlo como antes.

—Tendrás que decir toda la verdad.

El hombre asintió.

—Lo haré.

Cuando Elena era conducida hacia la salida, se detuvo frente a Mateo.

—Todavía falta algo.

—¿Qué más?

—Yo no instalé las cámaras que grabaron los abusos.

Mateo frunció el ceño.

—Entonces, ¿quién lo hizo?

Elena miró al director.

—Él.

Todos giraron hacia el hombre.

El director negó con desesperación.

—Eso es falso.

Elena señaló el reloj situado sobre la puerta.

—La cámara transmite directamente a su oficina. Él sabía lo que ocurría y me dejó continuar porque quería que el anciano confesara dónde escondió los expedientes originales.

Los policías miraron al director.

Mateo recordó que aquel hombre había aparecido exactamente cuando la grabación fue mostrada.

No había llegado por casualidad.

—¿Dónde están esos expedientes? —preguntó Mateo.

El abuelo alzó la vista.

—Dentro de esta clínica.

El director retrocedió hacia la salida.

—No escuchen a un anciano confundido.

Pero ya era tarde.

Dos agentes bloquearon su camino.

El abuelo señaló la pared situada detrás de su cama.

—Cuando construyeron este edificio, trasladaron aquí los archivos del hospital antiguo. Están ocultos detrás de esa pared.

Los policías retiraron un cuadro y encontraron una pequeña cerradura.

Mateo utilizó la llave que colgaba del cuello de su abuelo.

Dentro había un compartimento lleno de carpetas.

Nombres.

Fotografías.

Informes médicos.

Y una lista de pagos realizados durante décadas para comprar el silencio de varias familias.

El último pago tenía una fecha reciente.

Había sido entregado apenas una semana antes.

El beneficiario era Mateo.

—Yo nunca recibí ese dinero —dijo él.

El inspector revisó el documento.

—La transferencia se hizo a una cuenta abierta con su identidad.

Mateo miró a su abuelo.

—¿Quién usó mi nombre?

El anciano palideció.

—Tu madre.

Mateo sintió que todo se derrumbaba.

Su madre había muerto cuando él era niño.

O al menos eso era lo que siempre le habían contado.

—Eso no puede ser.

El abuelo le apretó la mano.

—Tu madre sigue viva.

—¿Dónde está?

Antes de responder, una mujer apareció al fondo del pasillo.

Llevaba uniforme de limpieza y había observado toda la escena en silencio.

Se quitó lentamente la mascarilla.

Mateo reconoció los mismos ojos que veía cada mañana frente al espejo.

La mujer comenzó a llorar.

—Perdóname, hijo.

Elena había cometido actos imperdonables.

El abuelo había ocultado un crimen monstruoso.

Pero la persona que conocía toda la verdad llevaba años trabajando a pocos metros de Mateo sin atreverse a revelar quién era realmente.

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