Mateo sostuvo el sobre durante varios segundos sin atreverse a abrirlo.
—¿Por qué mi nombre?
Elena se acercó lentamente.
—Porque Julián sabía algo que nosotros todavía no sabemos.
Mateo abrió la caja de madera.
Dentro había tres carpetas antiguas, una llave pequeña, varias fotografías aéreas de La Encina y un cuaderno de tapas negras lleno de anotaciones.
Elena tomó la primera carpeta.
En la portada aparecía una fecha de hacía casi treinta años.
—Esto es anterior a que tu padre muriera —murmuró Mateo.
—No es de mi padre.
—Entonces, ¿de quién?
Elena levantó la mirada.
—De Julián.
Sacó el primer documento.
Era un informe geológico.
En una de las fotografías aparecía exactamente la ladera donde Julián había llevado a Mateo meses atrás.
Debajo de la imagen había una anotación manuscrita:
“Reserva subterránea. No comercializar sin autorización ambiental. La extracción intensiva alteraría el equilibrio de toda la finca.”
Mateo frunció el ceño.
—¿Agua?
Elena pasó varias páginas.
—No es simplemente un manantial. Hay un acuífero debajo de esa zona.
Mateo recordó las palabras del anciano.
La gente codiciosa solo mira lo que puede vender mañana. Aprende a mirar lo que puede sostenerte durante treinta años.
—Por eso nunca quiso vender la finca.
Elena asintió.
Pero entonces encontró algo más.
Un contrato.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
Su rostro cambió.
—Mateo…
—¿Qué?
—Tu padre tenía razón en preocuparse.
El documento era un acuerdo preliminar entre una empresa llamada Serrano Gourmet y una sociedad que Elena no conocía.
Su padre.
Arturo Serrano.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Qué hace el nombre de tu padre aquí?
Elena continuó leyendo.
El contrato proponía utilizar parte de los terrenos de La Encina para construir una planta de embotellado.
Y había una cláusula especialmente extraña.
Exclusividad de cinco años.
Si el propietario de La Encina aceptaba el acuerdo, no podría vender, arrendar ni negociar el uso del manantial con ninguna otra empresa durante ese período.
—Esto es imposible —susurró Mateo.
—No.
Elena señaló una fecha.
—Mira cuándo se redactó.
Mateo se inclinó.
El documento había sido preparado cuatro meses antes de la muerte de Julián.
—Mi padre ni siquiera conocía esta finca.
—Quizá conocía a Julián.
Los dos guardaron silencio.
Entonces Elena recordó algo.
Una conversación que había escuchado accidentalmente años atrás.
Su padre hablando por teléfono.
“Ese viejo no venderá mientras siga respirando.”
En aquel momento ella no había entendido de qué hablaba.
Ahora sí.
—Mi padre llevaba años intentando conseguir el agua.
Mateo cerró los ojos.
—Y Julián se negó.
—Hasta que murió.
La pieza que faltaba apareció en el cuaderno negro.
Julián había registrado visitas, nombres, llamadas y ofertas.
Y en la última página había escrito:
“Arturo Serrano no quiere la finca. Quiere el manantial. Si no puede comprarlo, intentará controlar al propietario.”
Elena sintió un escalofrío.
—Mateo, tenemos que revisar todo.
Durante los siguientes días no hicieron otra cosa.
Elena convirtió la pequeña cocina de la finca en una oficina improvisada.
Revisó contratos.
Facturas.
Permisos.
Correspondencia.
Registros de propiedad.
Mateo recorrió los terrenos con un técnico independiente que Julián había recomendado en una carta.
El resultado confirmó sus sospechas.
El manantial era mucho más importante de lo que parecía.
Pero también había un problema.
Una empresa vinculada indirectamente a Serrano Gourmet había comenzado a comprar terrenos alrededor de La Encina.
No habían comprado la finca.
Habían comprado el perímetro.
—Están rodeándonos —dijo Mateo.
—Sí.
—¿Y para qué?
Elena señaló el mapa.
—Para obligarte a negociar.
Mateo se pasó una mano por el rostro.
—Mi padre me dijo que no vendiera.
—Y tenía una razón.
La razón apareció catorce días después.
A las dos de la tarde, un coche negro entró por el camino principal.
Elena reconoció al hombre que bajó.
Arturo Serrano.
Su padre.
No había llamado.
No había avisado.
Simplemente apareció con un abogado y una carpeta de cuero.
Mateo salió a recibirlos.
Elena permaneció a su lado.
Arturo miró la finca con una mezcla de desprecio y cálculo.
—Hija.
—Papá.
—Me alegra verte.
—No parece que hayas venido a visitarme.
Arturo ignoró el comentario.
Miró a Mateo.
—Supongo que ya recibiste el testamento.
—Sí.
—Julián era un hombre sentimental. Cometió errores al final de su vida.
Mateo respondió con calma.
—No creo que haya sido un error.
Arturo abrió la carpeta.
—Te propongo una solución.
Elena reconoció inmediatamente el encabezado.
Serrano Gourmet.
—No —dijo.
Su padre la miró.
—Ni siquiera sabes qué voy a ofrecer.
—Sí lo sé.
Arturo frunció el ceño.
—Entonces deberías entender que es una oportunidad extraordinaria.
Extendió el contrato.
—Compramos los derechos de explotación durante cinco años. Tú conservas la propiedad de la finca. Recibes dinero suficiente para vivir cómodamente durante décadas.
Mateo ni siquiera tocó el documento.
—No.
Arturo sonrió.
—¿Cuánto quieres?
—No está en venta.
La sonrisa desapareció.
—No seas ingenuo.
—No lo soy.
Arturo miró a Elena.
—¿Tú le estás llenando la cabeza?
—No necesita que yo le diga qué hacer.
—Claro. Después de todo, ahora eres la gran defensora del jornalero.
Mateo permaneció tranquilo.
Elena, en cambio, sintió que algo dentro de ella se endurecía.
—Vete, papá.
Arturo la miró sorprendido.
—¿Qué?
—Vete.
Él dejó escapar una pequeña risa.
—No puedes hablarme así.
—Sí puedo.
Elena tomó el contrato y lo levantó.
—Porque ya sé qué hay aquí.
Su padre se quedó inmóvil.
—¿Qué sabes?
—Que quieres el manantial.
Silencio.
—Y que llevas años intentando conseguirlo.
Arturo cambió de expresión.
—No sabes de qué estás hablando.
—Entonces podemos preguntárselo a tus abogados.
Elena abrió una segunda carpeta.
Dentro estaban las fotografías del informe geológico de Julián.
—¿Te suena?
Su padre no respondió.
—Julián escribió que tú intentaste comprar la finca varias veces.
Arturo miró a Mateo.
—Ese hombre estaba obsesionado.
—Quizá —respondió Mateo—. Pero dejó documentos.
Arturo dio un paso hacia él.
—Escúchame. Si rechazas esta oferta, vas a lamentarlo.
Mateo no se movió.
—Eso suena a amenaza.
—Es un consejo.
—Entonces gracias.
Arturo cerró la carpeta.
—Tienes una semana.
Se marchó.
Elena observó el coche desaparecer.
—No va a esperar una semana.
Mateo asintió.
—Yo tampoco creo.
Tenían razón.
Tres días después, llegaron inspectores.

Después apareció una reclamación sobre los límites de la finca.
Luego un proveedor dejó de entregar alimento para el ganado.
Una compañía canceló un contrato.
Un banco pidió documentación adicional.
Todo parecía casual.
Nada lo era.
Elena empezó a unir las piezas.
—No quieren comprarte.
—¿Entonces?
—Quieren asfixiarte.
Mateo la miró.
—¿Cuánto tiempo?
Elena revisó los documentos.
—Cuatro meses.
—¿Qué ocurre en cuatro meses?
Ella señaló una fecha en el calendario.
—El contrato de distribución de tu padre termina en septiembre. Si logra controlar el manantial antes, podrá lanzar su nueva línea de agua y utilizarla para renegociar varios préstamos.
Mateo entendió.
—Si no consigue el manantial…
—Su negocio queda expuesto.
Pero Elena todavía no le había contado algo.
Tres semanas antes había encontrado un informe.
Un informe que había solicitado en secreto a un antiguo laboratorio ambiental.
El resultado era contundente.
La planta que Serrano Gourmet planeaba construir en la zona prevista no cumplía con las condiciones necesarias para proteger el acuífero.
Si comenzaban la extracción a la escala proyectada, podrían contaminar las reservas subterráneas y alterar el suministro de agua de varias propiedades agrícolas.
Y había algo todavía peor.
El permiso que Arturo planeaba utilizar tenía información incorrecta.
—Tengo el informe —dijo Elena finalmente.
Mateo la miró.
—¿Qué informe?
—El que puede detenerlo.
Sacó una memoria USB.
—Lo encargué hace semanas. No quería decirte nada hasta estar segura.
Mateo guardó silencio.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque si mi padre descubría que lo teníamos, intentaría quitárnoslo.
Mateo tomó la memoria.
—¿Qué dice?
—Que su proyecto no puede ejecutarse como está diseñado.
—¿Y eso significa…?
—Que si presentamos este informe ante las autoridades ambientales, la autorización puede quedar suspendida.
Mateo respiró lentamente.
—Entonces podemos detenerlo.
Elena negó con la cabeza.
—No solo eso.
Abrió el último documento.
Era un contrato antiguo.
—Si demostramos que tu padre de alguna manera utilizó información privilegiada sobre el manantial para negociar con terceros antes de que tú recibieras legalmente la finca, podemos demostrar que el intento de comprarte no es una operación comercial normal.
Mateo la miró.
—¿Y tú quieres enfrentarte a tu propio padre?
Elena bajó los ojos.
Durante años había pensado que su padre era duro.
Exigente.
Orgulloso.
Pero nunca había imaginado que pudiera destruir deliberadamente el lugar donde ella había encontrado paz.
—Ya me enfrenté a él el día que decidió no llevarme al altar.
Mateo tomó su mano.
—No tienes que hacer esto por mí.
Ella negó.
—No lo hago por ti.
Levantó la mirada.
—Lo hago porque estoy cansada de que mi familia decida cuánto vale la vida de otras personas.
Al día siguiente presentaron el informe.
Las autoridades suspendieron temporalmente cualquier autorización relacionada con la extracción.
La noticia llegó a los medios locales.
Serrano Gourmet perdió dos contratos importantes.
Y las acciones de la empresa comenzaron a caer.
A las dos de la tarde del viernes, Arturo volvió a llamar.
Esta vez no había arrogancia en su voz.
—Elena.
—¿Sí?
—Necesito hablar contigo.
—Ya hablamos.
—No entiendes lo que está pasando.
—Creo que sí.
Hubo un largo silencio.
Entonces Arturo dijo:
—La empresa tiene treinta y ocho empleados.
Elena cerró los ojos.
—Lo sé.
—Si todo se viene abajo, treinta y ocho familias sufrirán.
Era exactamente la frase que esperaba.
—Papá.
—¿Sí?
—No uses a tus empleados para justificar lo que tú hiciste.
Silencio.
—Quiero una reunión.
—¿Para qué?
—Para hacerte una nueva propuesta.
Elena miró a Mateo.
Él negó con la cabeza.
Ella sonrió ligeramente.
—Está bien.
—¿Mañana?
—No.
—¿Cuándo?
—Hoy.
—¿Dónde?
Elena miró el reloj.
Las 14:00.
—En la oficina de Serrano Gourmet.
Colgó.
Mateo la observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Qué vas a hacer?
Elena tomó el informe del manantial y lo guardó en su bolso.
—Voy a descubrir cuánto está dispuesto a perder mi padre para conseguir lo que quiere.
No sabía que aquella reunión iba a cambiarlo todo.
Porque cuando entró en la oficina de Arturo, encontró sobre la mesa un nuevo contrato.
Esta vez no hablaba de cinco años.
Hablaba de diez.
Y en la última página había una firma que Elena reconoció inmediatamente.
La de Clara.
Su prima.
Elena levantó lentamente la mirada.
—¿Qué hace ella aquí?
Arturo no respondió.
Clara sonrió desde el otro lado de la mesa.
—Porque, prima, hay algo que todavía no sabes sobre la finca La Encina.
Elena sintió que el aire se volvía pesado.
Clara deslizó un documento hacia ella.
—Julián no dejó toda la propiedad a Mateo.
Pausa.
—Dejó una parte a alguien más.
Elena miró el documento.
Y cuando leyó el segundo nombre del testamento, comprendió que el verdadero secreto de Julián no estaba enterrado bajo el manantial.
Estaba en la propia familia Serrano.