PARTE 2: EL ADN QUE HIZO TEMBLAR AL IMPERIO

Las puertas automáticas del hospital se abrieron con violencia.

—¡Ayúdenla, por favor!

La voz de Mateo quebró el silencio de la sala de urgencias mientras corría con Elena entre los brazos.

Su camisa estaba empapada de sangre.

La de ella también.

Dos enfermeros acudieron de inmediato con una camilla.

—¿Cuántas semanas de embarazo?

—Treinta y dos… —respondió Mateo sin dejar de sostener la mano de su esposa—. Por favor… salven a mi esposa.

Los médicos desaparecieron con Elena tras las puertas del quirófano.

Mateo quedó solo en el pasillo.

Con las manos cubiertas de sangre.

Con el corazón destrozado.


Cuarenta minutos después, la familia llegó al hospital.

La matriarca caminó al frente.

Su rostro seguía firme, pero sus manos no dejaban de temblar.

Nadie se atrevía a hablar.

Los tíos y primos permanecían a varios pasos de distancia.

Por primera vez en muchos años, el dinero de la familia parecía incapaz de controlar el miedo.

Mateo levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban completamente enrojecidos.

—No se acerquen.

Su madre dio un paso al frente.

—Hijo…

—No me llames hijo.

El pasillo quedó en silencio.

—Si a Elena o a mi bebé les ocurre algo…

Respiró con dificultad.

—No volverás a verme jamás.

Aquellas palabras golpearon a la anciana mucho más que cualquier grito.


En ese mismo instante…

Un sedán negro se detuvo frente al hospital.

Del asiento trasero descendió un hombre de cabello canoso impecablemente peinado.

Traje oscuro.

Guantes de cuero.

Y un portafolio metálico sujeto con firmeza.

Era el mismo hombre que había observado la escena desde el jardín.

A su lado caminaba una mujer elegante de unos cincuenta años.

—¿Está segura? —preguntó él.

Ella miró hacia la entrada del hospital.

—Después de veintiséis años buscándola…

Su voz se quebró apenas.

—No pienso llegar tarde otra vez.


Mientras tanto, en la bolsa de valores…

Las acciones del grupo empresarial de la matriarca comenzaron a desplomarse.

Cinco por ciento.

Ocho por ciento.

Doce por ciento.

Los teléfonos no dejaban de sonar.

—¡Están vendiendo miles de acciones!

—¿Quién está comprando?

—No lo sabemos.

—¡Hay órdenes desde varias sociedades extranjeras!

Los directivos se miraban sin comprender.

Nunca habían visto un ataque financiero tan coordinado.


En el hospital…

Un médico salió finalmente del quirófano.

Mateo se puso de pie de inmediato.

—Doctor…

El hombre retiró lentamente la mascarilla.

—Su esposa está estable.

Mateo cerró los ojos de alivio.

—¿Y el bebé?

El médico bajó la mirada.

—Seguimos luchando por él.

El corazón de Mateo volvió a hundirse.


En ese momento, una voz femenina resonó detrás de todos.

—¿Dónde está Elena Vargas?

Todos se giraron.

La elegante mujer acababa de entrar acompañada por el hombre del portafolio y varios escoltas discretos.

La madre de Mateo frunció el ceño.

—¿Quién es usted?

La desconocida ni siquiera la miró.

Solo volvió a preguntar:

—¿Dónde está mi hija?

El pasillo entero quedó paralizado.

Mateo sintió un escalofrío.

—¿Su… hija?

La mujer asintió lentamente.

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

—Sí.

Sacó una fotografía antigua del bolso.

En ella aparecía una niña de cuatro años con el mismo lunar junto al cuello que tenía Elena.

El mismo.

Sin posibilidad de error.

El hombre del portafolio abrió entonces la carpeta metálica.

Extrajo un documento sellado.

Lo colocó frente a Mateo.

En la primera página podía leerse claramente:

RESULTADO DE PRUEBA DE ADN

Probabilidad de parentesco biológico: 99,9999 %.

La mujer apenas pudo contener el llanto.

—Hace veintiséis años secuestraron a mi hija durante un viaje.

La buscamos por todo el país.

Nunca dejamos de buscarla.

Miró hacia las puertas del quirófano.

—Y hoy… por fin la encontramos.

La madre de Mateo sintió que las piernas le fallaban.

Porque acababa de comprender que la mujer a la que había humillado llamándola “extranjera sin familia”…

No solo tenía una familia.

Era la única heredera del grupo empresarial que durante décadas había sido el mayor rival de su propio imperio.

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