A la mañana siguiente desperté en una suite del Grant Hotel con treinta y siete llamadas perdidas.
Veintinueve eran de Ethan.
Cinco de mi suegra.
Tres de números desconocidos.
No respondí ninguna.
A las nueve, mi editora me envió la dirección de Grant Industries y una sola frase:
—Alexander Grant canceló toda su agenda para verte.
Aquello sí consiguió llamar mi atención.
A las diez entré en un edificio de cristal de cincuenta pisos.
La recepcionista comprobó mi nombre.
—Señora Parker, el señor Grant la espera.
—Natalie Reed —la corregí—. Parker dejará de ser mi apellido pronto.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el último piso, un hombre alto de traje oscuro me esperaba junto a la sala de juntas.
Alexander Grant tendría unos cuarenta años.
No sonrió.
Tampoco perdió tiempo.
—North.
Me detuve.
—Muy pocas personas conocen ese nombre.
—Por eso necesitaba conocerla.
Sobre la mesa había tres de mis libros llenos de notas adhesivas.
Alexander señaló el último.
Cien verdades sobre las relaciones.
—Quiero contratarla como asesora.
—¿Para qué?
Deslizó una carpeta hacia mí.
Grant Industries estaba preparando la adquisición de una empresa editorial y necesitaba revisar una serie de contratos, conflictos internos y posibles fraudes.
Entonces vi el nombre de una subsidiaria.
Parker & Lowe Consulting.
Mi respiración se detuvo.
Era la empresa donde trabajaba Ethan.
Alexander lo notó.
—¿Hay algún problema?
—Mi esposo trabaja allí.
Hice una pausa.
—Mi futuro exesposo.
Alexander cerró la carpeta.
—Entonces debo enseñarle algo antes de continuar.
Sacó varios informes.
Había pagos duplicados, facturas sospechosas y gastos personales registrados como reuniones con clientes.
Reconocí inmediatamente un nombre.
Ethan Parker.
Hotel Carlton.
Restaurantes.
Joyas.
Incluso la clínica donde Sophia había acudido.
Ethan no sólo me había engañado. Parte de aquellos gastos aparentemente había sido cargada a su empresa.
—¿Cuándo descubrieron esto?
—Hace una semana.
Sentí una ironía amarga.
Ethan había pasado meses diciéndome que yo no entendía cómo funcionaba “el mundo real”.
Ahora ese mundo estaba revisando sus cuentas.
—No puedo participar en una investigación relacionada directamente con él —dije—. Sería un conflicto.
Por primera vez Alexander sonrió ligeramente.
—Esa respuesta es exactamente la razón por la que quería contratarla.
Dos horas después salí con una propuesta profesional que valía más que el salario anual de Ethan.

Entonces mi teléfono volvió a sonar.
Mi suegra.
Esta vez respondí.
—Natalie, ¿qué hiciste?
—Buenos días, señora Parker.
—Ethan me dijo que pediste el divorcio por una tontería.
—¿Sophia todavía lleva mi camisón?
Silencio.
Luego escuché:
—Estoy en el apartamento.
Sonreí.
—Entonces ya conoce la respuesta.
Su voz bajó.
—Ethan dice que te vas a quedar sin nada.
—Eso también es asunto mío.
—Natalie, el matrimonio requiere tolerancia.
Miré los rascacielos detrás del cristal.
—Curioso. Nunca le dijo eso a Ethan cuando llevó a otra mujer a nuestra cama.
Colgué.
Aquella tarde, Ethan finalmente firmó.
Probablemente lo hizo porque todavía pensaba que había ganado.
Se quedó con el apartamento.
El automóvil.
La mitad de los ahorros conjuntos.
Yo no discutí por ninguno.
Dos días después recibí la confirmación judicial.
Nuestro matrimonio había terminado.
Pero los problemas de Ethan apenas empezaban.
El lunes siguiente, Parker & Lowe lo llamó a una reunión extraordinaria.
Yo lo supe porque, veinte minutos después, recibí su primera llamada desesperada.
—Natalie, ¿conoces a Alexander Grant?
Permanecí en silencio.
—Te hice una pregunta.
—Y ya no soy tu esposa. No tienes derecho a exigirme respuestas.
—Grant Industries está auditándonos.
—Entonces deberías hablar con tus abogados.
—Me suspendieron.
Aquellas dos palabras salieron casi como un susurro.
—Dicen que encontraron gastos irregulares.
—Qué mala suerte.
—¡No juegues conmigo!
Aparté el teléfono del oído.
—Ethan, yo no falsifiqué tus informes.
Silencio.
Eso bastó.
Tres días después lo despidieron.
Sophia desapareció casi inmediatamente.
El collar de treinta mil dólares resultó ser mucho menos romántico cuando Ethan necesitó devolver gastos corporativos.
Y entonces ocurrió algo que yo no esperaba.
Sophia me llamó.
—Necesito verte.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Su voz temblaba.
—Ethan te está mintiendo sobre algo mucho más grande.
Acepté encontrarla en una cafetería pública.
Llegó sin maquillaje y dejó un sobre sobre la mesa.
—No estoy embarazada.
Recordé la clínica.
—Entonces ¿por qué fueron a obstetricia?
Sophia apretó las manos.
—Porque Ethan quería que tú pensaras que podía tener un hijo conmigo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Para que firmaras el divorcio rápidamente.
Sentí frío.
—Eso no tiene sentido. Él ni siquiera sabía que yo preparaba los papeles.
Sophia negó lentamente.
—Sí lo sabía.
Sacó su teléfono.
Había fotografías de documentos.
Mis borradores del acuerdo de divorcio.
Alguien los había fotografiado dentro de mi despacho semanas antes.
—¿Quién tomó esto?
—Ethan.
Mi estómago se cerró.
Sophia continuó:
—Sabía que querías marcharte. Y también sabía que escondías dinero.
Casi me reí.
—Ethan pensaba que ganaba dos mil dólares mensuales.
—Eso decía delante de ti.
La miré fijamente.
Sophia deslizó otro documento.
Era una búsqueda de propiedad intelectual.
Mi seudónimo aparecía marcado.
NORTH.
—Descubrió esto hace meses —dijo—. No sabía cuánto ganabas, pero sabía que North podía ser tú.
Entonces comprendí.
La infidelidad.
Las provocaciones.
La facilidad con la que había aceptado conservar el apartamento.
Quizá Ethan nunca había pensado que estaba ganando un divorcio.
Quizá estaba intentando conseguir algo después del divorcio.
Mi teléfono vibró.
Alexander Grant.
—Natalie, necesito que vengas inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Nuestros abogados encontraron una solicitud presentada esta mañana.
Sentí que Sophia me observaba.
—¿Qué solicitud?
Alexander guardó silencio un instante.
—Ethan Parker está intentando reclamar derechos sobre las regalías de North argumentando que los libros fueron creados durante vuestro matrimonio.
Cerré los ojos.
Así que ése era su plan.
No quería el apartamento.
Quería mi verdadera fortuna.
Pero Ethan había cometido un error.
Uno enorme.
Abrí mi bolso y saqué la copia de un documento que llevaba años guardando.
Sophia lo miró.
—¿Qué es eso?
Sonreí.
—La razón por la que Ethan acaba de destruirse solo.
Porque North existía legalmente dos años antes de que yo conociera a Ethan Parker.
Y había algo todavía mejor.
Todos mis derechos editoriales pertenecían a una sociedad que jamás había formado parte de nuestro patrimonio matrimonial.
Me levanté.
Pero antes de marcharme, Sophia pronunció seis palabras que me hicieron detenerme.
—Natalie, todavía no lo entiendes.
La miré.
Su rostro estaba completamente serio.
—Ethan no descubrió quién era North por casualidad.
—¿Entonces cómo?
Sophia tragó saliva.
—Alguien de tu editorial se lo dijo.