La oscuridad cubrió la mansión de golpe.
Zoe soltó un pequeño jadeo.
Yo no.
Después de veinte años sobreviviendo entre hombres que confundían poder con lealtad, había aprendido algo sencillo:
cuando las luces se apagan, no mires hacia la oscuridad; mira hacia la persona que sabía que ibas a estar allí.
Tomé a Zoe del brazo y la bajé del taburete.
—Escúchame.
Sus enormes ojos oscuros buscaron los míos.
—¿Hice algo malo?
—No.
Guardé su dibujo dentro de mi chaqueta.
—Acabas de hacer algo muy importante.
La llevé hasta el pequeño armario interior de la habitación.
—Quédate aquí con tu oso. No salgas hasta que escuches mi voz.
—¿Y mamá?
Aquello me detuvo.
Su madre seguía enferma en alguna habitación del ala del servicio.
Y quienquiera que estuviera afuera sabía que ambas estaban allí.
Saqué el teléfono.
Sin señal interna.
No era un apagón normal.
Habían bloqueado las comunicaciones.
Entonces escuché pasos.
Lentos.
Controlados.
Alguien avanzaba por el corredor.
Me coloqué detrás de la puerta.
La manija comenzó a bajar.
La puerta se abrió.
Una silueta apareció.
—Señor Romano.
Reconocí la voz.
Marco Bellini.
Mi jefe de seguridad durante siete años.
El hombre del dibujo.
—Creíamos que regresaría mañana —dijo.
No respondí.
Marco entró un paso más.
—¿Señor?
Encendí la pequeña lámpara de emergencia que guardábamos junto a la pared.
Su rostro quedó iluminado.
Pero mis ojos bajaron inmediatamente hacia su mano.
Llevaba un arma.
Marco siguió mi mirada.
—Hay un intruso en la propiedad.
—Curioso.
Me acerqué.
—Porque Zoe dice que el intruso eres tú.
Su expresión cambió durante menos de un segundo.
Fue suficiente.
—Es una niña de seis años.
—Precisamente.
Saqué el dibujo.
—Los niños pueden equivocarse con muchas cosas. Pero suelen recordar muy bien quién los asusta.
Marco guardó silencio.
Entonces escuché movimiento detrás de él.

No estaba solo.
Retrocedí.
—¿Cuántos hombres trajiste?
—Señor Romano, está interpretándolo mal.
—Entonces baja el arma.
No lo hizo.
Y esa fue su respuesta.
Desde el piso superior sonó un estruendo.
Luego un grito femenino.
La madre de Zoe.
La niña abrió el armario antes de que pudiera detenerla.
—¡Mamá!
Marco giró instintivamente.
Aproveché ese segundo.
Cuando terminó, su arma estaba en el suelo y él contra la pared.
No necesitaba hacerle más daño.
Sólo necesitaba una respuesta.
—¿Quién dio la orden?
Marco respiraba con dificultad.
—No entiende lo que está pasando.
—Ilumíname.
—Nueva York no terminó antes.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Lo hicieron regresar antes.
Sentí un frío distinto recorrerme.
Mi viaje había terminado tres días antes porque recibimos información de que nuestros rivales habían abandonado ciertas posiciones.
Información procedente de Chicago.
De mi propia organización.
Marco sonrió amargamente.
—Querían que estuviera aquí esta noche.
Escuché pasos arriba nuevamente.
Esta vez eran rápidos.
Tomé el arma del suelo y salí al corredor.
—Zoe, detrás de mí.
Subimos.
Encontré a Elena Williams, su madre, apoyada contra la pared de su pequeña habitación.
Estaba consciente, pero apenas podía mantenerse en pie por la fiebre.
Un hombre escapaba por la escalera secundaria.
No fui tras él.
Zoe y Elena eran más importantes.
—Señor Romano… —murmuró Elena al verme.
—¿Quién te hizo esto?
Su rostro se llenó de miedo.
—No puedo decirlo.
—Sí puedes.
—Nos matarán.
Miré a Zoe.
—Esta noche tu hija me salvó la vida.
Elena cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaba llorando.
—Encontré algo hace dos semanas.
—¿Qué?
—Estaba limpiando el despacho de su padre.
Mi respiración se detuvo.
El despacho de mi padre permanecía cerrado desde su muerte.
Sólo cuatro personas tenían llave.
Yo.
Mi hermano menor, Luca.
Nuestro abogado.
Y Marco.
Elena continuó:
—Había hombres reunidos allí. Escuché su nombre.
—¿Qué dijeron?
—Que usted nunca debía descubrir las cuentas.
Marco apareció detrás de nosotros.
No intentó escapar.
Eso me preocupó más.
—Cállate, Elena.
Zoe se aferró a su madre.
Me interpuse entre ambas y Marco.
—Habla.
Elena temblaba.
—Escuché que alguien había estado sacando dinero de las empresas durante años. Dijeron que cuando usted regresara de Nueva York, todo terminaría.
—¿Quién estaba en el despacho?
Ella miró a Marco.
Después me miró.
—Su hermano.
El mundo pareció quedarse completamente quieto.
Luca.
El niño al que había protegido desde que teníamos diez años.
El hombre al que había confiado nuestras cuentas mientras yo estaba fuera.
—No.
Marco soltó una risa seca.
—Eso mismo dije yo cuando descubrí la verdad.
Lo miré.
—¿Entonces por qué estabas afuera armado?
Su expresión cambió.
—Porque no estaba esperando para matarlo.
Silencio.
—Estaba esperando al hombre que venía a hacerlo.
El dibujo de Zoe mostraba a Marco con el arma.
Pero una niña de seis años sólo había entendido una parte de la conversación.
—¿Por qué apagaste las luces?
—Yo no lo hice.
En ese instante regresó la electricidad.
Todas las lámparas de la mansión se encendieron simultáneamente.
Mi teléfono recuperó señal.
Veintisiete llamadas perdidas.
La mayoría de mis hombres.
Pero había un mensaje.
Luca.
Lo abrí.
Bienvenido a casa, hermano. Baja al despacho de papá. Tenemos que hablar.
Miré hacia el corredor.
La puerta del despacho estaba abierta.
Una puerta que yo estaba seguro de haber visto cerrada cuando entré.
Le indiqué a Marco que permaneciera con Elena y Zoe.
Caminé solo.
Sobre el escritorio de mi padre había una carpeta.
Encima descansaba una fotografía tomada aquella misma noche.
Yo entrando por la puerta lateral.
Alguien había sabido exactamente cuándo llegaría.
Abrí la carpeta.
Había transferencias bancarias.
Empresas fantasma.
Millones desaparecidos.
Y al final, una copia del testamento de mi padre.
Una cláusula estaba marcada en rojo.
La leí dos veces.
Luego una tercera.
Mi padre no me había dejado el control absoluto del imperio Romano.
Había establecido una condición secreta.
Y si los documentos eran auténticos, alguien había pasado cinco años asegurándose de que jamás pudiera cumplirla.
Entonces escuché un aplauso lento detrás de mí.
Me giré.
Luca estaba en la puerta.
Pero no venía solo.
A su lado estaba el hombre cuya fotografía había permanecido durante veinte años sobre el escritorio de mi padre.
Un hombre al que yo había visto dentro de un ataúd cuando tenía diecisiete años.
Luca sonrió.
—Te dije que teníamos que hablar.
El desconocido dio un paso hacia la luz.
Y reconocí sus ojos.
Eran exactamente iguales a los míos.
—Hola, Adriano —dijo.
Sentí que se me helaba la sangre.
—Supongo que ya es hora de que sepas quién era realmente tu padre.