Parte 2: LA MUJER QUE DEJÓ DE ESPERAR

Cuando Alejandro abrió los ojos, lo primero que hizo fue mirar hacia la silla junto a la cama.

Estaba vacía.

Frunció el ceño.

Intentó incorporarse.

El dolor de la cirugía le arrancó un gemido.

Entró una enfermera.

—No se mueva, doctor.

—¿Dónde está mi esposa?

La enfermera guardó silencio un instante.

—La señora Renata ya no está en México.

Él sonrió con dificultad.

—Habrá ido a descansar.

Dígale que venga cuando despierte.

La enfermera bajó la mirada.

—Tomó un vuelo a París hace tres horas.

La expresión de Alejandro se congeló.

—¿Qué?

En ese momento entró su mejor amigo, Mauricio.

Llevaba el teléfono en la mano.

—Alejandro…

Creo que debes escuchar esto.

Reprodujo un audio.

Era su propia voz.

Débil.

Después de la cirugía.

“Renata… cuídame. Valeria no soporta la sangre.”

El silencio se hizo insoportable.

Cuando terminó la grabación, Mauricio preguntó con una calma que dolía más que un grito.

—¿De verdad le pediste a tu esposa que cuidara al hombre que casi muere por su amante?

Alejandro cerró los ojos.

Por primera vez comprendió cómo había sonado aquello.

No como una súplica.

Como una orden.

Como si Renata existiera únicamente para reparar los desastres que él provocaba.


Mientras tanto, el avión cruzaba el Atlántico.

Renata observaba las nubes desde la ventanilla.

No lloraba.

Ya había llorado demasiado durante seis años.

Recordó el día de su boda.

Alejandro prometiendo que siempre la elegiría.

El primer aniversario cancelado por una cirugía.

El segundo.

El tercero.

Después aparecieron las guardias interminables.

Los congresos.

Las cenas con Valeria.

Las fotografías donde “casualmente” siempre terminaban juntos.

Y ella…

Siempre esperando.

Hasta aquella noche.

La noche en que entendió que ni siquiera al borde de la muerte había pensado primero en ella.

Abrió su computadora portátil.

Entró a una carpeta llamada Proyecto Libertad.

Había estados de cuenta.

Escrituras.

Transferencias.

Y cientos de correos electrónicos.

Todo perfectamente organizado.

Su abogada ya trabajaba sobre ellos.


Tres días después, Alejandro recibió la visita de Adriana Ríos.

La abogada de Renata.

Dejó un sobre sobre la mesa.

—Vengo en representación de mi clienta.

Él intentó incorporarse.

—¿Dónde está Renata?

—En Francia.

—Quiero hablar con ella.

Adriana negó con la cabeza.

—Ella ya habló suficiente durante seis años.

Ahora le toca escuchar a usted.

Sacó varios documentos.

—Demanda de divorcio.

Solicitud de división patrimonial.

Investigación financiera.

Y una petición de auditoría interna al Hospital San Gabriel.

Alejandro abrió mucho los ojos.

—¿Auditoría?

Adriana asintió.

—Mi clienta descubrió movimientos financieros muy interesantes.

Consultorías inexistentes.

Viajes.

Regalos.

Gastos personales cargados como representación institucional.

El rostro de Alejandro perdió el color.

—Eso…

No es ilegal.

Ella sonrió apenas.

—Eso lo decidirá la autoridad correspondiente.


Aquella misma tarde, Valeria llegó al hospital con un ramo de flores.

Pero encontró dos agentes revisando archivos administrativos.

Uno de ellos pidió su identificación.

—¿Señorita Valeria Montes?

—Sí.

—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre varias autorizaciones de pago.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué pagos?

El agente mostró una carpeta.

—Todos los que fueron aprobados por el doctor Salvatierra… y terminaron financiando sus viajes, sus compras y su departamento.

Valeria retrocedió lentamente.

Comprendió que el problema ya no era el matrimonio de Alejandro.

Era mucho más grande.


Dos semanas después, Alejandro recibió el alta.

Llegó a la casa de la colonia Del Valle esperando encontrar alguna posibilidad de empezar de nuevo.

La puerta se abrió.

Pero dentro ya no quedaba nada.

Los cuadros habían desaparecido.

La ropa.

Los libros.

La vajilla que Renata había heredado de su madre.

Incluso las plantas del balcón.

Solo quedaba una caja de cartón sobre la mesa.

Dentro había una sola taza.

La misma con la que Renata le servía café cada mañana.

Y una carta.

La abrió con manos temblorosas.

“Durante seis años confundiste mi amor con obligación.”

“Confundiste paciencia con debilidad.”

“Y confundiste perdón con permiso para seguir haciéndome daño.”

“No me fui por Valeria.”

“Me fui porque un hombre que, al despertar de una cirugía, piensa primero en proteger a su amante antes que en pedir perdón a su esposa… hace mucho dejó de ser el hombre con quien me casé.”

“No te deseo el mal.”

“Solo deseo que algún día aprendas a vivir sin alguien que siempre esté limpiando las consecuencias de tus decisiones.”

No había firma.

No hacía falta.

Alejandro volvió a leer la carta una y otra vez.

Entonces sonó su teléfono.

Era el presidente del consejo del hospital.

Contestó inmediatamente.

—Doctor Salvatierra…

Después de revisar la auditoría extraordinaria…

El consejo ha decidido suspenderlo de manera inmediata.

Alejandro sintió que el mundo volvía a derrumbarse.

—¿Por cuánto tiempo?

Hubo un largo silencio.

Después llegó la respuesta.

—Eso dependerá de lo que encontremos en la cuenta secreta que la señora Renata descubrió hace ocho meses… una cuenta donde alguien desvió dinero del hospital durante años utilizando únicamente su firma electrónica.

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