Elena abrió lentamente los ojos.
Su respiración era entrecortada.
El cañón del arma seguía apuntando directamente a su pecho.
—Fue Víctor.
Las dos palabras hicieron que Alejandro frunciera el ceño.
—Estás desesperada. Mi tío jamás le haría daño a su propio hermano.
Elena negó con fuerza.
—Chen Juan descubrió que durante años Víctor desvió millones de la empresa familiar. Cuando intentó denunciarlo, él decidió eliminarlo.
Alejandro sintió un estremecimiento.
Era imposible.
O al menos eso quería creer.
—¿Y tú qué papel jugabas?
Las lágrimas volvieron a brotar.
—Me obligó a cambiar un frasco del laboratorio. Creí que solo era un medicamento para provocar una reacción leve y retrasar una reunión. Nunca imaginé que era veneno.
Alejandro apretó los dientes.
Toda su rabia comenzó a mezclarse con una duda insoportable.
En ese instante sonó el teléfono de Elena.
Los dos miraron la pantalla.
Un único nombre apareció iluminado.
Víctor.
Alejandro respondió sin decir una palabra.

Durante unos segundos solo se escuchó una respiración pausada.
Luego una voz grave rompió el silencio.
—¿Ya terminaste el trabajo?
Elena cerró los ojos.
Víctor continuó hablando.
—No puedes dejar testigos. Después de Alejandro, destruye todos los documentos del despacho y sal de la mansión.
El corazón de Alejandro dejó de latir por un instante.
La llamada terminó.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación.
El arma descendió lentamente.
Alejandro comprendió que había estado a punto de matar a la única persona capaz de demostrar quién era el verdadero asesino de su hermano.
Antes de que pudiera decir una palabra, todas las luces de la mansión se apagaron.
La oscuridad lo envolvió todo.
Se escuchó el estruendo de un vidrio rompiéndose.
Después, unos pasos.
Lentos.
Firmes.
Alguien acababa de entrar.
Una linterna iluminó fugazmente el pasillo.
Una figura vestida completamente de negro avanzaba hacia el salón con un silenciador en la mano.
No venía por Elena.
Tampoco por Alejandro.
Venía para asegurarse de que la verdad jamás saliera de aquella mansión.