PARTE 2: EL PRECIO DE SEGUIR VIVO.

Sentí que las piernas dejaban de responderme.

La fotografía de mis hijos había sido tomada hacía apenas unos segundos.

Se veía claramente la entrada de la escuela.

Un hombre con gorra permanecía apoyado contra una camioneta negra.

Mateo sonrió al notar mi terror.

—Ahora entiendes por qué no puedes arruinar mi nueva vida.

Respiré hondo para no derrumbarme.

—¿Cómo puedes usar a tus propios hijos para amenazarme?

Él no respondió.

Simplemente cerró el maletín lleno de dinero y lo empujó hacia mí.

—Firma los documentos del seguro y desapareceré para siempre.

Lo miré con desprecio.

Aquel hombre ya no era el esposo del que me había enamorado.

Era un completo desconocido.

En ese momento, la mujer rica salió al pasillo.

—¿Qué ocurre aquí?

Mateo cambió de expresión de inmediato.

Volvió a sonreír con ternura.

—Nada, cariño. Solo es una exempleada que está confundida.

Ella me observó de arriba abajo.

Después fijó la vista en mis ojos llenos de lágrimas.

—¿Usted lo conoce?

Mateo respondió antes que yo.

—Está desequilibrada. Lleva días acosándome porque cree que soy otra persona.

La mujer parecía convencida.

Pero entonces reparó en algo.

Colgando de mi cuello llevaba una sencilla cadena de plata.

Su mirada descendió hasta la muñeca de Mateo.

Él seguía usando, sin darse cuenta, la pulsera tejida que mis hijos le regalaron el último Día del Padre.

La mujer frunció el ceño.

—¿No dijiste que esa pulsera era un regalo mío?

Mateo retiró la mano con rapidez.

Por primera vez perdió el control.

Aproveché aquel instante.

Saqué discretamente mi teléfono y activé la grabación de voz.

—Dime otra vez lo que quieres que haga.

Mateo, convencido de que ya me tenía dominada, respondió sin sospechar.

—Solo firma que reconociste mi cadáver y cobra el seguro. Después dirás que te mudarás con los niños al extranjero.

Cada palabra quedó registrada.

—Así nadie volverá a buscar a un muerto.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Ya tenía la confesión que necesitaba.

Pero Mateo también escuchó el pequeño sonido que hizo mi teléfono al guardar la grabación.

Sus ojos cambiaron de inmediato.

Se lanzó sobre mí para arrebatármelo.

El móvil resbaló de mis manos y cayó al brillante suelo de mármol.

La pantalla permaneció encendida.

Justo en ese momento, la mujer rica alcanzó a leer el nombre que aparecía en la aplicación de grabación.

“Confesión de Mateo.”

Ella levantó lentamente la vista.

—¿Mateo?

Su voz tembló.

—Pero tú me dijiste que te llamabas Daniel… y que nunca habías estado casado.

El pasillo quedó en absoluto silencio.

Mateo comprendió que su mentira acababa de romperse.

Y aún ignoraba que, detrás de la puerta de la suite, dos agentes de la policía judicial acababan de escuchar toda la conversación.

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