PARTE 2: LA ÚLTIMA HERIDA.

La lluvia caía con fuerza sobre el rostro de Sofía.

Corría sin mirar atrás.

Cada paso la alejaba de la casa donde había perdido mucho más que un prometido.

Había perdido a su propia madre.

Su teléfono, con la pantalla rota, vibró débilmente por última vez.

Un mensaje apareció entre las grietas del cristal.

“No vuelvas. Tu madre ya tomó una decisión.”

El remitente era desconocido.

Sofía levantó la vista justo cuando un coche negro se detenía a pocos metros.

La puerta se abrió.

Una mujer de unos cincuenta años descendió lentamente.

—¿Eres Sofía?

Ella dio un paso atrás.

—¿Quién es usted?

La desconocida le entregó una carpeta impermeable.

—Tu padre me pidió que te la diera si algún día dejabas esa casa.

Sofía sintió un vuelco en el pecho.

—Mi padre murió hace diez años…

La mujer negó con tristeza.

—No murió creyendo que tu madre lo amaba.

Aquellas palabras la dejaron sin aliento.

Abrió la carpeta con manos temblorosas.

Dentro había fotografías antiguas.

Cartas escritas por su padre.

Y un contrato firmado por Elena y Carlos apenas dos meses antes.

Los ojos de Sofía recorrieron el documento una y otra vez.

Era un acuerdo prenupcial.

Pero no entre ella y Carlos.

Estaba firmado por su madre.

A cambio de una enorme suma de dinero, Elena se comprometía a convencer a su propia hija para casarse con él y transferirle la parte de la herencia que había recibido de su padre.

Sofía sintió que el mundo se desmoronaba.

Todo había sido un plan.

Las humillaciones.

El compromiso.

Incluso el silencio de su madre.

Nada era casualidad.

En ese instante sonó el teléfono de la mujer desconocida.

Contestó sin apartar la mirada de Sofía.

Después de unos segundos, palideció.

—Llegan demasiado pronto.

—¿Quiénes?

La mujer señaló la carretera.

Tres vehículos negros avanzaban a toda velocidad hacia ellas.

Sofía reconoció inmediatamente el coche de Carlos.

Pero lo que la dejó completamente paralizada fue ver a Elena sentada en el asiento del copiloto.

No estaba llorando.

No estaba preocupada.

Sonreía.

Y en su mano sostenía una carpeta idéntica a la que Sofía acababa de recibir.

La única diferencia era una nota escrita en la portada con tinta roja.

“Destruir antes de que ella descubra quién era realmente su padre.”

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